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Veinte dólares por su cabello

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En el cuarto donde vivía Valeria hacía tanto frío que el vidrio de la ventana amanecía escarchado. Su mamá, doña Mercedes, llevaba dos semanas en cama con una tos que no se le quitaba. No había calefacción, no había mantas suficientes y casi no había dinero para la medicina.

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Lo único valioso que tenía Valeria era su cabello. Plateado, brillante, tan largo que le arrastraba por el suelo. Desde niña la gente se paraba en la calle a mirarlo. Una vecina le dijo que en la tienda de pelucas del centro pagaban bien por un cabello así, que podía valer trescientos dólares.

Esa tarde Valeria se lavó la cara en la fuente de la plaza, se secó las lágrimas y caminó hasta la tienda.

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El lugar parecía un palacio. Candelabros de cristal, espejos con marcos dorados y estantes llenos de pelucas rubias, rojas y castañas. Detrás del mostrador de vidrio estaba don Octavio Pimentel, el dueño, con su traje de terciopelo verde, chaleco dorado y un reloj de oro que brillaba con cada gesto.

Valeria puso la punta de su cabello sobre la bandeja de terciopelo.

—Señor, vendo mi cabello. Dicen que vale trescientos dólares.

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Al fondo del mostrador, Rosaura Ibarra, la ayudante, levantó su lupa de joyero y miró el cabello de cerca. Se le abrieron los ojos. No dijo nada.

Don Octavio se echó a reír.

—¿Trescientos? Te doy veinte por esa greña.

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—Yo sé lo que vale —respondió Valeria, con la barbilla en alto.

Él se inclinó sobre el vidrio y la miró de arriba abajo, desde las botas gastadas hasta la túnica remendada.

—Veinte es más de lo que vale tu vida.

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A Valeria se le llenaron los ojos de lágrimas.

—Por favor, señor. Mi mamá está enferma y no tenemos calefacción.

Don Octavio no la dejó terminar. De un manotazo barrió su bolsa de lona del mostrador. La bolsa voló por el piso de mármol y se abrió. Las pocas monedas que Valeria había juntado rodaron bajo los sillones de terciopelo. La bufanda de su madre y el frasquito de medicina se deslizaron lejos. Un espejo de mano cayó y se hizo pedazos.

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—Pues véndeselo a otro. Fuera de mi tienda.

Valeria no contestó. Se secó una lágrima con el dorso de la mano, recogió sus cosas una por una y salió sin mirar atrás.

Lo que don Octavio no sabía era que el edificio donde estaba su tienda tiene dueño. Y ese dueño es el padrino de Valeria.

Parte 2: lo que el padrino de Valeria le hizo a don Octavio

A la mañana siguiente, la tienda abrió como siempre. Don Octavio tomaba café detrás del mostrador cuando la campanita de la puerta sonó.

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Entró Valeria. Detrás de ella, un hombre mayor de abrigo azul marino, guantes blancos y lentes redondos. Era don Aurelio Sandoval, el mismo señor que el día anterior la había visto llorar en la fuente de la plaza. Y el dueño del edificio.

Don Octavio lo reconoció de inmediato. Se puso de pie tan rápido que tiró la taza.

—Don Aurelio, qué honor. ¿En qué le puedo servir?

—En nada. Vengo a preguntarle algo. ¿Cuánto le ofreció ayer a mi ahijada por su cabello?

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Don Octavio empezó a sudar. Buscó una excusa y no la encontró.

Entonces Rosaura, la ayudante, dio un paso al frente con su lupa en la mano.

—Veinte dólares, señor. Y yo lo revisé. Ese cabello es natural, sin tinte, de un plateado que casi no existe. Una peluca hecha con él se vende en miles. Él lo sabía.

El silencio en la tienda fue total. Las dos clientas que tomaban té en los sillones de terciopelo dejaron las tazas en la mesa.

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Don Aurelio sacó un sobre de su abrigo y lo puso sobre el mostrador de vidrio.

—Este es el aviso de que no le renuevo el contrato. Tiene treinta días para desocupar.

—Don Aurelio, por favor, fue un malentendido —suplicó don Octavio, con la voz temblando.

Valeria lo miró a los ojos. Era la misma frase que ella le había dicho a él, pero no le contestó con una burla. Solo dijo:

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—Ayer usted me dijo que veinte dólares valían más que mi vida. Hoy aprendió lo que vale la de usted.

Don Aurelio se volvió hacia Rosaura.

—Usted tuvo el valor de decir la verdad. El local va a necesitar a alguien honesto al frente. Si quiere, es suyo.

Rosaura no pudo hablar. Solo asintió, con los ojos llenos de lágrimas.

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Esa misma tarde, en el cuarto frío de doña Mercedes, instalaron un calentador nuevo. Llegó un médico, llegó la medicina y llegaron mantas de lana. Valeria se sentó al lado de la cama de su madre con el cabello plateado intacto, cayendo hasta el suelo.

No tuvo que venderlo.

Lo que nos deja esta historia

Don Octavio midió a Valeria por sus botas gastadas y su ropa remendada. Nunca se preguntó quién era ni de dónde venía. Pensó que nadie la iba a defender, y por eso se atrevió a humillarla.

La vida da muchas vueltas. Hoy desprecias a alguien que parece no tener nada, y mañana descubres que esa persona tenía todo lo que importa: dignidad, gente que la quiere y la verdad de su lado.

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¿Qué hubieras hecho tú en el lugar de Valeria? ¿Y en el de Rosaura? Déjanos tu respuesta en los comentarios y comparte esta historia con alguien que necesite recordar que nadie vale por lo que lleva puesto.

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