Sé que el corazón te dio un vuelco al ver cómo la rodeaban y que no podías quedarte con la duda de qué pasó cuando esas sombras se abalanzaron sobre ella.
«Uno, dos, tres pares de botas», pensó Elena sin dejar de frotar aquella bandeja de metal oxidado. El agua helada le entumecía los dedos, pero el calor que empezaba a subirle por la nuca no era por el vapor de los lavaderos. Era puro instinto. Elena sabía que en un lugar como este, el silencio se paga caro y la soledad se huele como la sangre fresca en un estanque de tiburones.
No necesitaba verlas para saber quiénes eran. El olor a tabaco barato y a ese perfume empalagoso que «La Flaca» usaba para ocultar el rastro del miedo la delataba a leguas. Eran las dueñas del pabellón B, o al menos eso creían ellas. Tres mujeres que habían hecho de la intimidación su única moneda de cambio, y Elena, con su mirada baja y sus labios sellados, parecía el cajero automático perfecto para cobrar una deuda de poder que ella ni siquiera había contraído.
—¿Te gusta mucho el agua, calladita? —la voz de La Flaca retumbó en las paredes de azulejos descascarados, arrastrando las palabras con esa arrogancia de quien se sabe respaldada—. Porque hoy vas a tragar más de la que puedes aguantar.
Elena no respondió. Sus manos, cubiertas de espuma grisácea, se detuvieron un segundo. En su mente, un mapa táctico se desplegaba con la precisión de un reloj suizo. Sabía que la que hablaba estaba a su espalda, a un metro y medio. Las otras dos, «La Mole» y «La Chispa», se movían por los flancos, cerrando el ángulo de escape hacia la puerta de salida que custodiaba un guardia que, casualmente, acababa de irse a «fumar un cigarrillo».
—Míranos cuando te hablamos, rata de alcantarilla —escupió La Chispa, acercándose tanto que Elena podía sentir su aliento caliente en la oreja derecha.
Elena cerró los ojos un instante. Recordó las palabras de su abuelo, aquel viejo coronel que le enseñó que el cuerpo es un arma, pero la mente es el gatillo. «Elena, el que golpea primero tiene la ventaja, pero el que sabe recibir y devolver tiene la victoria», le decía mientras entrenaban en el patio de tierra bajo el sol abrasador. En ese momento, en la penumbra de la lavandería, aquel recuerdo no era nostalgia, era una orden.
La Flaca estiró la mano para agarrarla del cabello, con la intención de estampar su cara contra el borde de acero del fregadero. Era un movimiento previsible, tosco, cargado de una confianza excesiva. Elena sintió el roce de los dedos de la otra en su nuca y, en ese preciso milisegundo, la mujer que todos creían una víctima desapareció.
Su cuerpo reaccionó con una fluidez aterradora. En lugar de resistirse al tirón, Elena se dejó llevar por la inercia, girando sobre sus talones con una velocidad que dejó a sus atacantes congeladas por una fracción de segundo. El agua jabonosa voló por el aire como una cortina de cristal.
—¿Querían jugar? —susurró Elena, y por primera vez en seis meses, sus ojos se encontraron con los de La Flaca. No había miedo en ellos. Había una frialdad técnica que helaba la sangre.
La Flaca no tuvo tiempo de procesar el cambio. Antes de que pudiera cerrar el puño, Elena ya había atrapado su muñeca. Con un movimiento seco y preciso, giró el brazo de la líder hacia afuera, aplicando una palanca que hizo que los huesos de la otra crujieran de forma audible en el silencio sepulcral de la estancia.
Un grito desgarrador, agudo como un clavo oxidado, escapó de la garganta de La Flaca. Pero Elena no se detuvo. Esto no era una pelea de patio; era una cuestión de supervivencia. Si no las terminaba ahora, no dormiría tranquila nunca más.
La Mole, una mujer que le doblaba el peso y cuya única estrategia era la fuerza bruta, reaccionó al ver a su jefa sometida. Lanzó un golpe de derecha que habría derribado a un muro, pero Elena ya no estaba allí. Se agachó, dejando que el puño de la gigante pasara de largo, y en un movimiento continuo, lanzó un golpe ascendente con la palma de la mano directo a la barbilla de la atacante.
El impacto fue seco. La cabeza de La Mole rebotó hacia atrás, sus ojos se pusieron en blanco y sus rodillas cedieron como si fueran de papel. El estruendo de su cuerpo cayendo contra el suelo mojado resonó como un trueno.
Solo quedaba La Chispa, que se había quedado paralizada con un trozo de vidrio afilado en la mano. Sus ojos iban de su jefa retorciéndose de dolor a su compañera inconsciente en el suelo. El sudor empezó a perlar su frente. La ventaja numérica se había evaporado en menos de diez segundos.
—Tú… tú eres un demonio —balbuceó La Chispa, retrocediendo hacia la pared.
Elena dio un paso al frente. El agua de los lavaderos seguía corriendo, creando un sonido ambiente que hacía la escena aún más irreal. Su postura era perfecta: equilibrada, letal, tranquila.
—No soy un demonio —dijo Elena con una voz que parecía venir de lo más profundo de la tierra—. Soy la mujer que decidieron molestar el día equivocado.
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