Sé que te quedaste con el corazón en la mano, y no podías dejarla sola en ese pasillo frío donde todo parecía estar perdido. Aquí comienza la verdadera historia.
El eco de las botas pesadas contra el concreto no era algo nuevo para Elena. En los tres años que llevaba encerrada en la Unidad de Máxima Seguridad, había aprendido a distinguir cada sonido, cada vibración del suelo, cada intención escondida tras un suspiro. Pero ese día, el silencio que precedía al ruido era diferente. Era un silencio denso, cargado de una electricidad que te eriza los vellos de la nuca.
No era una ronda de rutina. Elena lo supo en el momento en que las luces del Pasillo 4 parpadearon dos veces antes de apagarse por completo, dejando solo el resplandor rojizo de las luces de emergencia. Ese tono carmesí bañaba las paredes de metal, haciendo que todo pareciera una escena sacada de una pesadilla. Ella se detuvo en seco, con las manos esposadas al frente, pero con la espalda recta, como quien no le debe nada a la vida.
Frente a ella, seis guardias. No eran los novatos que solían temblar cuando ella los miraba a los ojos. Estos hombres llevaban equipo táctico completo, rostros cubiertos por caretas de policarbonato y una postura que gritaba «ejecución». No venían a escoltarla a la enfermería, ni a llevarla al patio. Venían a borrarla del mapa.
El sargento Vargas, un hombre cuya crueldad era leyenda en la prisión, dio un paso al frente. El sonido de su bota chocando contra el suelo resonó como un disparo. En su mano derecha no portaba una porra reglamentaria, sino un arma de choque modificada que soltaba chispas azules en la penumbra.
—Se acabó el camino para ti, Rossi —dijo Vargas, con una voz que parecía venir desde el fondo de una tumba—. Hoy el informe dirá que intentaste escapar y que no tuvimos otra opción. Una tragedia lamentable para una mujer tan talentosa.
Elena no respondió de inmediato. Bajó la mirada hacia sus manos, observando las cicatrices en sus nudillos, marcas de una vida pasada que muchos querían olvidar. Ella no era simplemente una reclusa. Antes de que la traicionaran, antes de que el sistema la escupiera y la encerrara bajo siete llaves, Elena Rossi había sido la mejor operativa de inteligencia del continente. Una «fantasma» que resolvía problemas que nadie más quería tocar.
—Vargas —dijo ella, con una calma que resultaba insultante para los hombres armados—, te daré una oportunidad. Abre esa puerta al final del pasillo, retírate con tus hombres y diremos que esto fue un malentendido. No quiero ensuciar este uniforme más de lo necesario.
Una carcajada ronca se escapó de detrás de las máscaras. Los guardias se acercaron un paso más, cerrando el ángulo, formando una pared de carne y acero que parecía imposible de flanquear. El pasillo tenía apenas dos metros de ancho. Estaba atrapada. Aislada. Sin armas. Con las manos encadenadas.
Pero lo que ellos no sabían era que Elena nunca estaba desarmada. Su cuerpo era el arma. Su mente era el gatillo. Y en ese momento, el gatillo acababa de ser presionado.
El aire se volvió pesado. Elena cerró los ojos por un microsegundo, visualizando la anatomía de cada hombre frente a ella: puntos de presión, articulaciones vulnerables, el peso muerto de su equipo. Recordó las palabras de su mentor hace quince años: «En un espacio cerrado, el número de enemigos no es una desventaja, es un estorbo para ellos mismos».
Vargas levantó el arma de choque, apuntando directamente al cuello de Elena. El zumbido del aparato era el único sonido que competía con los latidos desbocados de los guardias, que aunque se sabían superiores en número, sentían un miedo instintivo que no lograban explicar.
—Últimas palabras, Rossi —sentenció Vargas, su dedo tensándose sobre el interruptor.
Elena levantó la cabeza. Una pequeña sonrisa, casi imperceptible, se dibujó en sus labios. No era una sonrisa de alegría, sino de liberación. La bestia que había mantenido dormida durante mil días de encierro finalmente tenía permiso para despertar.
—Solo una —susurró ella, mientras sus músculos se tensaban como resortes de acero—. Gracias.
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