Sé que llegaste hasta aquí porque la historia te atrapó y necesitabas saber cómo termina esta impactante revelación.
El aroma a jazmines frescos inundaba el pasillo de la antigua casona, un perfume que, apenas unos minutos antes, Elena habría descrito como el olor de la felicidad absoluta. Su vestido, una obra maestra de encaje francés y seda, pesaba sobre sus hombros, pero no tanto como el silencio repentino que se apoderó de sus pulmones al escuchar aquella voz. Era la voz de Julián, el hombre que en menos de una hora se convertiría en su esposo ante Dios y ante todos sus seres queridos.
Elena se detuvo en seco, con la mano suspendida a centímetros del picaporte de la suite nupcial. Había regresado por su labial, escapando un momento del bullicio de las damas de honor, pero lo que encontró fue un puñal de palabras que atravesó su pecho con una precisión quirúrgica.
— No seas dramático, Marco —decía Julián, con un tono de voz que Elena jamás le había escuchado. No era el tono dulce y protector que usaba con ella; era una voz fría, pragmática, casi empresarial—. Ya te lo dije, esto no tiene nada que ver con el amor. Elena es una mujer maravillosa, sí, pero es un trámite. Mi padre fue muy claro: si quiero heredar la dirección de la constructora, necesito estabilidad. Y qué mejor estabilidad que la hija del socio principal de la firma.
El corazón de Elena dio un vuelco violento. Se apoyó contra la pared fría, sintiendo cómo el sudor frío empezaba a arruinar su maquillaje perfecto. «Un trámite», había dicho. Sus manos empezaron a temblar, y el ramo de peonías que sostenía pareció marchitarse en ese mismo instante.
— ¿Y qué hay de Lucía? —preguntó Marco, el mejor amigo de Julián y su padrino de bodas. Su voz sonaba cargada de incredulidad—. Julián, vas a jurarle amor eterno a una mujer mientras sigues viendo a Lucía los fines de semana en el departamento de la playa. Esto es una locura, te vas a arruinar la vida y se la vas a arruinar a ella.
— Elena no tiene por qué enterarse nunca —respondió Julián con un cinismo que le revolvió el estómago a la novia—. Ella vive en su burbuja de cuentos de hadas, planeando centros de mesa y eligiendo cortinas. Se sentirá la mujer más feliz del mundo mientras yo tenga la chequera que mi padre me prometió. Además, el contrato prenupcial es bastante generoso si nos divorciamos después de cinco años. Para entonces, yo ya tendré el control total de la empresa. Es un negocio, Marco. El negocio más importante de mi carrera.
Elena sintió que el aire se le escapaba. Cada palabra era un golpe seco en su dignidad. Recordó todas las noches que pasaron planeando este día, todas las veces que él le dijo que era la luz de sus ojos, todas las promesas de una vejez compartida frente al mar. Todo era una mentira meticulosamente diseñada para obtener un puesto ejecutivo.
La rabia, una rabia volcánica y pura, comenzó a sustituir al dolor. No era una mujer débil, aunque Julián hubiera creído que su dulzura era sinónimo de ingenuidad. Su padre siempre le había dicho que ella tenía el instinto de un halcón, y en ese momento, el halcón acababa de despertar.
Miró su reflejo en un espejo antiguo del pasillo. Sus ojos, antes brillantes de ilusión, ahora estaban oscuros, fijos en un objetivo. Se arregló el velo con una calma aterradora. No iba a llorar. No iba a permitir que una sola lágrima de dolor manchara la seda de su vestido.
Con un movimiento decidido, Elena empujó la puerta de la suite. El sonido del picaporte golpeando la pared fue como un disparo en la habitación. Julián y Marco saltaron, separándose bruscamente. El rostro de Julián pasó de la suficiencia al terror absoluto en una fracción de segundo.
— ¿Elena? —balbuceó Julián, intentando forzar una sonrisa que no llegó a sus ojos—. Mi amor, ¿qué haces aquí? Se supone que no debes ver al novio antes de la ceremonia, trae mala suerte…
Elena caminó hacia él con una parsimonia que lo dejó petrificado. El silencio en la habitación era tan denso que se podía escuchar el tictac del reloj de oro que ella misma le había regalado a Julián por su compromiso.
— Tienes razón, Julián —dijo ella, con una voz tan suave que resultaba escalofriante—. La mala suerte ya llegó. Pero no por el vestido, sino por tu boca.
Marco, sin saber dónde meterse, murmuró una excusa y salió de la habitación casi corriendo, dejando a la pareja frente a frente. Julián intentó dar un paso hacia ella, extendiendo las manos en un gesto de súplica que Elena rechazó con una mirada de desprecio.
— Elena, lo que escuchaste… fue una broma, una tontería de hombres, estábamos bromeando sobre el estrés de la boda… —las mentiras salían de su boca como una cascada desesperada.
— No insultes mi inteligencia, Julián. Eso duele más que tu traición —lo interrumpió ella—. Te escuché perfectamente. El negocio de tu vida, ¿verdad? La estabilidad para heredar la constructora. Lucía en el departamento de la playa.
Julián se quedó mudo. Su fachada de galán de película se desmoronó, revelando a un hombre pequeño y asustado. Elena se acercó hasta quedar a pocos centímetros de él. Podía oler su loción, la misma que ella había elegido.
— Estás acabado —le susurró al oído—. Pero no voy a cancelar la boda ahora. No así.
— ¿De qué hablas? —preguntó él, con un rayo de esperanza absurda en los ojos—. Si quieres perdonarme, podemos empezar de cero, yo puedo dejar a Lucía…
Elena soltó una carcajada seca que no tenía ni una gota de alegría.
— ¿Perdonarte? No me conoces en absoluto. La ceremonia empieza en quince minutos. Vas a salir de aquí, vas a caminar hasta el altar y me vas a esperar allí. Vas a sonreír a los fotógrafos y vas a saludar a mi padre como si fueras el yerno perfecto.
— Elena, si me vas a dejar, hazlo ahora, no me hagas pasar por eso —suplicó Julián, dándose cuenta de que el juego había cambiado de manos.
— Harás lo que yo diga —sentenció ella, agarrándolo de la corbata con una fuerza que lo obligó a agachar la cabeza—. Porque si no sales a ese altar, en este mismo instante llamo a tu padre y le cuento que has estado usando los fondos de reserva de la empresa para pagar los lujos de tu amante. Sé lo de las facturas infladas, Julián. No soy solo una cara bonita que elige cortinas. Soy la contadora que revisa los libros de mi padre cada mes.
Julián palideció hasta quedar del color de la pared. El pánico real se instaló en sus ojos. Elena lo soltó con asco y se dio la vuelta, caminando hacia la puerta con la cabeza en alto.
— Nos vemos en el altar, «mi amor». Trata de no temblar demasiado frente al cura.
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