Sé que esa escena te dejó con el corazón en un hilo y con ganas de gritar, pero la verdadera historia empieza justo ahora.
«Tía Matilde, querida, no te muevas, que el escalón está un poco más adelante… déjame ayudarte, que ya sabes que sin mis ojos podrías lastimarte», dijo Ricardo con esa voz melosa que, para cualquier extraño, habría sonado como la cumbre de la devoción familiar.
Matilde, con sus gafas oscuras cubriéndole la mitad del rostro y las manos temblorosas aferradas a un bastón de plata, asintió con una fragilidad que partía el alma.
«Eres un buen muchacho, Ricardo. No sé qué sería de esta pobre vieja sin ti y sin la buena de Elena», susurró ella, dejando que su sobrino la guiara hacia el gran sillón de terciopelo en la biblioteca.
Elena, la asistente personal que Ricardo había «recomendado» meses atrás, esperaba en la habitación con una sonrisa ensayada que no llegaba a sus ojos.
Era una mujer joven, de movimientos felinos y una frialdad que escondía tras un uniforme impecable.
«Aquí tiene su té, señora Matilde. Está justo a la temperatura que le gusta. Déjeme acomodarle la manta, que hoy el aire está un poco pesado», intervino Elena, rozando el brazo de la anciana con una familiaridad fingida.
Matilde se dejó hacer. Se dejó cuidar. Se dejó compadecer.
En la penumbra de aquella mansión que olía a madera antigua, cera de abejas y a una soledad acumulada durante décadas, los tres formaban una estampa casi pictórica de caridad cristiana.
Pero en cuanto Matilde se acomodó y fijó su vista en un punto muerto en la pared, el ambiente en la habitación cambió de forma radical.
Ricardo y Elena se miraron. Ya no había ternura en sus rostros, sino una impaciencia eléctrica, una codicia que les deformaba las facciones.
Creyendo que la «pobre ciega» estaba sumida en su mundo de sombras, Ricardo le hizo una señal con la cabeza a Elena.
Él se acercó al gran cuadro al óleo que colgaba detrás del escritorio, un retrato del difunto esposo de Matilde que parecía vigilar la sala con ojos severos.
Elena, por su parte, se quedó de pie junto a Matilde, observándola fijamente para asegurarse de que la anciana no se moviera ni sospechara nada.
«¿Está todo bien, tía? Te noto muy callada», preguntó Ricardo, mientras sus dedos ya buscaban el borde del marco del cuadro.
«Solo estoy pensando, hijo… pensando en lo rápido que pasa el tiempo y en lo afortunada que soy de tenerlos», respondió Matilde con una voz que apenas era un hilo.
Ricardo soltó una risita silenciosa, una mueca de desprecio que Matilde no «podía» ver.
«Sí, tía. La suerte es algo muy curioso», murmuró él, mientras deslizaba el cuadro hacia un lado, revelando la pesada puerta de acero de la caja fuerte empotrada.
El sonido del dial girando fue casi imperceptible para un oído normal, pero en el silencio sepulcral de la biblioteca, cada clic sonaba como una sentencia.
Matilde apretó ligeramente el mango de su bastón, pero no cambió su expresión de vacío.
Elena, mientras tanto, comenzó a revisar los cajones del escritorio, buscando documentos, joyas pequeñas, cualquier cosa que pudiera meterse en los bolsillos sin que hiciera bulto.
«No te preocupes por nada, tía», dijo Elena con un tono burlón que ya ni siquiera se esforzaba en ocultar del todo. «Nosotros nos estamos encargando de que todo esté en orden en esta casa».
La hipocresía flotaba en el aire como un humo denso y asfixiante.
Ricardo sudaba. La combinación de la caja fuerte era larga, y sus manos temblaban, no de miedo, sino de la excitación pura de saberse a segundos de una fortuna que no le pertenecía.
Él siempre se había sentido el heredero legítimo, el que merecía el brillo y el oro, no esa anciana que se negaba a morir y que gastaba el dinero en obras de caridad y en mantener una casa que ya le quedaba grande.
«Casi está…», susurró Ricardo para sí mismo, con los ojos inyectados en sangre por la avaricia.
Matilde suspiró profundamente, un suspiro que pareció recorrer toda la estancia.
«¿Te pasa algo, tía?», preguntó Elena, acercándose un poco más, invadiendo el espacio personal de la anciana con una falta de respeto total.
«Solo un presentimiento, querida… como si algo estuviera a punto de cambiar para siempre», respondió Matilde, y por un microsegundo, una chispa de inteligencia demasiado viva cruzó sus ojos tras los cristales oscuros.
Pero Elena no lo notó. Estaba demasiado ocupada imaginando su nueva vida lejos de esa «vieja decrépita».
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