Lo que viste antes fue solo el chispazo de una mecha que ya estaba encendida, y ahora vas a conocer el incendio completo.
El estruendo del metal retorciéndose seguía vibrando en los oídos de Julián Valente. El olor a ozono de las bolsas de aire desplegadas y el aroma agrio del refrigerante derramado inundaban la cabina de su Porsche 911.
Pero Julián no era un hombre que se quedara paralizado por el miedo. A sus cuarenta y cinco años, había construido un imperio financiero basándose en una sola regla: nunca dejes que el enemigo dé el segundo golpe.
Con un movimiento brusco, apartó la bolsa de aire que le estorbaba la visión. Tenía la frente empapada de un sudor frío y un hilo de sangre le bajaba por la sien, pero sus ojos, oscuros y afilados como cuchillos, estaban fijos en la parte trasera del SUV negro que se alejaba a toda velocidad.
—¿Crees que puedes golpearme y simplemente irte? —susurró con una voz que no parecía humana, sino un rugido contenido.
Sus manos, expertas en cerrar tratos de millones de dólares, se movieron con una agilidad aterradora. Abrió la guantera con un golpe seco. Allí, oculta bajo unos documentos de propiedad, descansaba su «seguro de vida»: una Sig Sauer de 9 milímetros, fría y letal.
El peso del arma en su mano pareció devolverle la calma, esa calma peligrosa que precede a las tormentas que lo arrasan todo. Julián no llamó a la policía. No llamó a su seguro. Sabía que este choque no había sido un error de un conductor distraído.
Había reconocido la forma en que el SUV se había cruzado, el ángulo preciso del impacto para inmovilizar su motor sin matarlo. Era un mensaje. Y Julián Valente siempre respondía sus mensajes de inmediato.
Afortunadamente, el motor del Porsche, una maravilla de la ingeniería alemana, todavía rugía. El impacto lateral había destrozado la puerta del copiloto y parte del chasis, pero el corazón de la máquina seguía vivo.
Puso la primera marcha y el neumático trasero derecho, medio destrozado, chilló contra el asfalto. El auto se sacudió, pero avanzó. Julián apretó los dientes, ignorando el dolor punzante en sus costillas.
La persecución comenzó en las calles más exclusivas de la ciudad, donde las luces de neón se reflejaban en el capó abollado del auto de lujo. El SUV negro conducía con una confianza suicida, zigzagueando entre los pocos autos que circulaban a esa hora de la noche.
—No te vas a escapar, infeliz —gruñó Julián, hundiendo el acelerador hasta el fondo.
Su mente volaba tan rápido como el auto. ¿Quién era? ¿Los socios de la licitación en el puerto? ¿O acaso los fantasmas de su pasado en el barrio, esos que pensó haber enterrado bajo montañas de billetes?
Cada vez que el SUV giraba en una esquina, Julián sentía que el rompecabezas se armaba en su cabeza. No lo estaban intentando perder. Lo estaban guiando.
Lo estaban llevando lejos de las cámaras de seguridad, lejos de las patrullas, hacia la zona industrial abandonada, donde los gritos se pierden entre el eco de los galpones vacíos.
El viento entraba por la ventana rota, despeinando su cabello canoso y perfecto. Julián soltó una carcajada amarga. Hacía años que no se sentía tan vivo. La adrenalina era un veneno dulce que le hacía olvidar que era un hombre de negocios respetado. En ese momento, volvía a ser el muchacho que sobrevivió a las calles más duras antes de usar traje y corbata.
De pronto, el SUV frenó en seco al final de una calle sin salida, justo frente a una vieja maderera que había quebrado hacía décadas. El polvo se levantó como una cortina gris.
Julián detuvo el Porsche a pocos metros. El silencio que siguió fue más aterrador que el ruido del choque. El motor de su auto humeaba, dando sus últimos suspiros de vida.
Él bajó del vehículo con el arma pegada al cuerpo, ocultándola tras su pierna. El frío de la noche le caló los huesos, pero su sangre hervía.
La puerta del conductor del SUV se abrió lentamente. Un hombre alto, vestido con una chaqueta de cuero desgastada, bajó con una parsimonia que solo tienen aquellos que no temen a la muerte.
Julián levantó el arma, apuntando directamente al pecho del desconocido.
—¡Date la vuelta! ¡Ahora mismo o te juro que no llegas a ver el amanecer! —gritó Julián, su voz resonando en el vacío del lugar.
El hombre no se inmutó. Se tomó su tiempo para cerrar la puerta y, con una lentitud exasperante, comenzó a girar. Cuando la luz de una farola parpadeante iluminó su rostro, el arma de Julián tembló por primera vez en su vida.
—¿Tú? —susurró Julián, sintiendo que el suelo desaparecía bajo sus pies—. No es posible… te enterré hace diez años.
El hombre sonrió, una sonrisa carente de alegría, llena de cicatrices y de una furia antigua.
—Los muertos no olvidan, Julián. Y menos cuando los dejan bajo tierra con una deuda pendiente.
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