Sé que te quedaste sin aliento con ese primer encuentro, y esa curiosidad por saber qué sigue es lo que te ha traído al lugar donde todas las piezas encajan.
¿Cómo es posible que el destino juegue con nosotros de una manera tan retorcida y, a la vez, tan poéticamente perfecta?
Beatriz sintió que el aire se le escapaba de los pulmones, dejando un vacío helado en su pecho.
Frente a ella, Elena, la joven que apenas llevaba tres meses trabajando en la limpieza de la mansión, sostenía una bandeja de plata con manos temblorosas.
Pero Beatriz ya no veía la bandeja, ni las tazas de porcelana, ni el vapor del té.
Sus ojos estaban clavados, casi con violencia, en el cuello de la muchacha.
Allí, colgando de una cadena de oro fino, brillaba una esmeralda tallada en forma de gota, rodeada por un patrón de diamantes diminutos que formaban una estrella.
No era una joya parecida. No era una imitación de alta gama.
Era «El Suspiro del Ángel».
Una pieza única en el mundo, diseñada por el tatarabuelo de Beatriz hace casi un siglo.
Solo existían dos joyas con ese diseño exacto: una estaba bajo llave en la caja fuerte de su habitación.
La otra… la otra debía estar bajo tierra, en un pequeño ataúd blanco, desde hacía veintidós años.
—Elena —la voz de Beatriz salió como un susurro roto, apenas audible—. Detente. Suelta eso ahora mismo.
La joven, asustada por el tono gélido de su patrona, dejó la bandeja sobre la mesa auxiliar con un estrépito metálico.
—¿Hice algo malo, señora Beatriz? —preguntó Elena, bajando la mirada—. Perdone si el té está muy caliente, yo solo…
—¿De dónde sacaste eso? —interrumpió Beatriz, dando un paso hacia ella, ignorando las normas de etiqueta que siempre habían regido su vida.
Elena llevó instintivamente su mano al cuello, cubriendo la esmeralda como si temiera que se la arrebataran.
—¿Esto? Es… es mío, señora.
—No me mientas —rugió Beatriz, y sus ojos se llenaron de unas lágrimas que no lograba comprender—. Esa joya no puede ser tuya. Es imposible. ¿La robaste? ¿Entraste a mi habitación?
Elena retrocedió hasta chocar con la pared, con el rostro pálido y los ojos humedecidos.
—¡No, señora! ¡Jamás! Yo no soy una ladrona. Lo juro por lo más sagrado.
Beatriz sentía que el suelo se movía bajo sus pies.
Se acercó más, obligando a la joven a retirar la mano de su cuello.
Con dedos temblorosos, Beatriz tomó la esmeralda. El frío de la piedra contrastaba con el calor de la piel de Elena.
Al darle la vuelta, el corazón de la mujer se detuvo por un segundo completo.
En el reverso, casi imperceptible, estaban grabadas las iniciales: M.S. 1999.
Eran las iniciales de su hija, Mariana Sandoval, y el año en que nació.
—Dime la verdad —suplicó Beatriz, cambiando la ira por una desesperación desgarradora—. Elena, por favor. Necesito saber quién te dio esto.
Elena comenzó a sollozar, confundida por la intensidad de la mujer que siempre se había mostrado distante y autoritaria.
—Me la dio la madre Superiora, señora. En el orfanato de San Judas.
Beatriz sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral.
El orfanato de San Judas era el mismo lugar donde ella había hecho donaciones millonarias durante años, tratando de acallar el dolor de haber perdido a su propia bebé en aquel fatídico incendio hospitalario.
—¿La madre Superiora? —repitió Beatriz, apenas respirando—. ¿Te refieres a la hermana Marta?
—Sí, la hermana Marta —respondió Elena con voz entrecortada—. Ella me cuidó desde que era un bebé. Me dijo que esto era lo único que traía puesto cuando llegué a sus manos. Me pidió que nunca me la quitara, que era mi único vínculo con mi pasado.
Beatriz sintió que el mundo se desvanecía.
El recuerdo de aquella noche de 1999 regresó como una bofetada de realidad.
El hospital en llamas, los gritos, el humo negro que lo cubría todo.
Los médicos le habían dicho que la zona de neonatos había sido consumida por completo.
Le entregaron una urna pequeña, cenizas y un certificado de defunción.
Su esposo, Ricardo, había sido quien la sostuvo en sus brazos mientras ella se desmoronaba.
Pero ahora, veintidós años después, la joya que ella misma le había puesto a su hija en el cuello antes de que se la llevaran a la revisión nocturna, estaba allí.
Brillando contra la piel de la muchacha que limpiaba sus pisos.
—Elena… —dijo Beatriz, mirando fijamente el rostro de la joven, buscando rasgos, buscando una señal—. ¿Qué edad tienes?
—Tengo veintidós años, señora. Cumplo veintitrés en diciembre.
La fecha exacta. El mes exacto.
Beatriz sintió que sus piernas fallaban y se desplomó en el sofá de terciopelo, con la cabeza entre las manos.
Elena, a pesar del miedo, se acercó a ella.
—¿Se siente bien, señora? ¿Quiere que llame al señor Ricardo?
—¡No! —gritó Beatriz con una fuerza inesperada—. A él no. Todavía no.
En ese momento, una sospecha oscura y viscosa comenzó a reptar por la mente de Beatriz.
Si su hija estaba viva, ¿quién se había encargado de que ella creyera que estaba muerta?
¿Cómo llegó un bebé recién nacido de un hospital de lujo a un orfanato humilde con una joya de miles de dólares al cuello?
Beatriz miró a Elena a los ojos y, por primera vez, no vio a una empleada.
Vio la forma de sus cejas, la curva de su nariz, el pequeño lunar cerca de la oreja que era idéntico al de su propio padre.
—Elena, necesito que me escuches con mucha atención —dijo Beatriz, tomando las manos de la joven entre las suyas—. Vamos a ir a un lugar. Ahora mismo.
—¿A dónde, señora? Tengo que terminar de limpiar el salón principal.
—Olvida la limpieza —sentenció Beatriz con una determinación de hierro—. Vamos a buscar a la hermana Marta. Y luego, vamos a descubrir quién nos robó la vida.
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