Sé que llegaste hasta aquí porque tu corazón no podía quedarse con la duda y necesitabas saber qué pasó después de ese portazo.
A veces, la vida nos pone a prueba de las formas más crueles, justo cuando creemos que ya no podemos soportar una herida más en el alma.
Mateo se quedó de pie, paralizado, en medio del pasillo del hospital San Judas.
El eco de los gritos de Don Aurelio todavía resonaba en sus oídos, golpeando su pecho como si fueran martillazos.
—¡Fuera de aquí! ¡No quiero volver a ver tu cara de hipócrita! —le había gritado el anciano con la poca fuerza que le quedaba en los pulmones.
El joven sentía que el suelo se hundía bajo sus pies mientras las enfermeras pasaban de largo, evitando mirarlo.
Hacía apenas unos minutos, Mateo había entrado a esa habitación con el corazón lleno de esperanza y una pequeña bolsa de manzanas, las favoritas de Don Aurelio.
Pero no encontró al hombre dulce que lo había criado tras la muerte de sus propios padres.
En su lugar, vio a un hombre amargado, consumido por la enfermedad y, sobre todo, por el veneno que otros habían sembrado en su mente.
Mateo apretó los puños, sintiendo el frío del metal de las barandillas del pasillo.
No podía entender cómo habían llegado a esto.
Él no era el hijo de sangre de Aurelio, era «el hijo del jardinero», el muchacho que creció corriendo por los pasillos de la gran hacienda.
Sin embargo, cuando la tragedia golpeó la vida de Mateo, Aurelio lo tomó bajo su ala y lo quiso como a un heredero.
O al menos eso era lo que Mateo creía hasta esa tarde.
—¿Todavía sigues aquí, muerto de hambre? —una voz chillona y arrogante lo sacó de sus pensamientos.
Era Sergio, el hijo biológico de Aurelio, que venía caminando por el pasillo con un traje impecable y una sonrisa de suficiencia.
Sergio nunca había perdonado que su padre quisiera a Mateo.
Para él, Mateo no era más que un estorbo, una boca más que alimentar y, lo peor de todo, alguien que podría arrebatarle una parte de la herencia.
—Tu padre no está bien, Sergio. Está confundido —alcanzó a decir Mateo con la voz quebrada.
Sergio soltó una carcajada seca que hizo que un par de pacientes se asomaran por las puertas de sus habitaciones.
—Mi padre finalmente abrió los ojos. Ya sabe que solo estabas con él por su dinero.
—¡Eso no es cierto! Tú sabes mejor que nadie que yo nunca le he pedido ni un centavo —respondió Mateo, dando un paso al frente.
—Dile eso al juez cuando le mostremos las facturas que «desaparecieron» de la administración de la empresa —mintió Sergio, acercándose al oído de Mateo—. Ya logré que te odiara. Ahora, lárgate antes de que llame a seguridad.
Mateo sintió una rabia impotente quemándole las entrañas.
Sabía que Sergio y su hermana Elena habían estado manipulando las cuentas para culparlo a él.
Habían aprovechado la debilidad de Aurelio para susurrarle mentiras noche tras noche.
Le habían dicho que Mateo estaba esperando que él muriera para quedarse con todo.
Mateo miró a través de la pequeña ventana de la habitación 402.
Ahí estaba Aurelio, conectado a mil cables, con el rostro pálido y los ojos cerrados.
El hombre que le enseñó a montar a caballo, el que pagó sus estudios de arquitectura, el que lo abrazó cuando se sintió solo… ahora lo despreciaba.
—No me voy por miedo a ti, Sergio —dijo Mateo con una calma que no sentía—. Me voy porque él necesita descansar.
—Vete a donde quieras, pero no vuelvas. Mañana es la cirugía y no queremos que contamines el aire de este hospital.
Mateo caminó hacia la salida, sintiendo el peso de las lágrimas que se negaba a soltar frente a su enemigo.
Al llegar a la recepción, se detuvo un momento.
Suspiró profundamente y se limpió el rostro con el dorso de la mano.
No se dirigió a la salida principal.
En lugar de eso, caminó hacia el ascensor y marcó el piso 5: el área de nefrología y cirugía especializada.
Allí, en una oficina pequeña y apartada, lo esperaba el Dr. Mendoza.
El doctor levantó la vista de unos papeles y ajustó sus lentes al ver entrar al joven.
—Llegas tarde, Mateo. Pensé que te habías arrepentido —dijo el médico con un tono serio pero compasivo.
—Nunca me arrepentiría de esto, doctor. Es lo único que puedo hacer por él.
—¿Estás seguro? Es una intervención mayor. Y dadas las circunstancias…
—Estoy más seguro que nunca —interrumpió Mateo, sentándose frente al escritorio—. Solo tengo una condición, y necesito que me jure por su honor que la cumplirá.
El Dr. Mendoza asintió lentamente, sabiendo lo que vendría.
—Don Aurelio no puede saber que soy yo. Ni él, ni sus hijos, ni nadie.
—Mateo, él tiene derecho a saber quién le está devolviendo la vida. Sus hijos se negaron a hacerse las pruebas, alegando riesgos de salud inexistentes…
—Lo sé —dijo Mateo con una sonrisa triste—. Por eso mismo debe ser secreto. Si él sabe que el riñón viene de mí, no lo aceptará. Su orgullo es más grande que su enfermedad.
El doctor suspiró, conmovido por la nobleza del joven que acababa de ser humillado.
—Haremos los preparativos para mañana a primera hora. Serás el «donante anónimo 412».
Mateo asintió y firmó los documentos con mano firme.
Al salir de la oficina, volvió a pasar por el cuarto piso, pero esta vez no se detuvo.
Vio a Sergio y Elena hablando por teléfono, probablemente discutiendo qué coche se quedarían cada uno.
Mateo sintió una extraña paz en medio del dolor.
Ellos se quedarían con el dinero, con los coches y con las casas.
Pero él… él le daría a Aurelio lo único que el dinero no podía comprar: el tiempo.
Aunque ese tiempo Aurelio lo usara para seguir odiándolo, Mateo sabía que valía la pena.
Caminó hacia la salida del hospital mientras la lluvia empezaba a caer sobre la ciudad.
Mañana, su vida cambiaría para siempre.
Mañana, una parte de él viviría dentro del hombre que lo llamó hijo, aunque hoy lo hubiera llamado traidor.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




