Sabías que esto no podía terminar así, y aquí es donde la verdad comienza a doler.
¿Alguna vez has sentido que el mundo entero se pone de acuerdo para humillarte solo por cómo te ves? Mateo lo sentía en ese momento, con la mejilla casi rozando el cemento caliente del estacionamiento de la universidad.
Él no era como los demás. Mientras sus compañeros bajaban de autos deportivos con ropa de marca que gritaba «dinero de papá», Mateo llegaba caminando, con unas botas de trabajo manchadas de tierra fértil y una camisa de cuadros gastada por el sol.
Para Valeria, la chica más popular y arrogante de la facultad de administración, la presencia de Mateo era un insulto personal. Ella, que siempre vestía como si fuera a desfilar en una pasarela de Milán, no podía tolerar que alguien «con olor a campo» compartiera el mismo aire que ella.
—Mírate, qué asco das —escupió Valeria, mientras sus amigas se tapaban la nariz con gestos exagerados—. Este es un campus de prestigio, no un establo. Deberías estar allá afuera, recogiendo basura, no intentando estudiar con nosotros.
Mateo no respondió de inmediato. Se agachó a recoger su viejo cuaderno, cuyas hojas se habían desparramado por el suelo tras el empujón que Valeria le acabara de dar. Sus manos, callosas y fuertes, contrastaban con la manicura perfecta y costosa de la joven que lo miraba con desprecio.
—La educación no depende de la ropa, Valeria —dijo Mateo con una voz sorprendentemente calmada, una voz que tenía la profundidad de quien ha visto muchos amaneceres—. Vine aquí a aprender, igual que tú.
—¡No vuelvas a decir mi nombre con esa boca sucia! —gritó ella, perdiendo los estribos—. Mis zapatos valen más que toda tu vida y la de tu familia de campesinos hambrientos.
Valeria levantó su pie y, con una crueldad que dejó mudos a los pocos testigos que se habían acercado, pisó con fuerza el cuaderno de Mateo, hundiendo el tacón en las notas que tanto esfuerzo le habían costado tomar. No satisfecha con eso, pateó el morral del joven hacia un charco de agua estancada cercano.
—Lárgate de aquí antes de que llame a seguridad para que saquen la basura —sentenció ella, mientras sus amigas soltaban risitas nerviosas.
Mateo se quedó en silencio, mirando su cuaderno arruinado. En su interior, no había odio, sino una profunda tristeza. Recordó las palabras de su abuelo: «Mateo, el que humilla al que cree débil, solo está mostrando su propia fragilidad».
Él sabía quién era. Sabía que esa mañana, a las cuatro de la madrugada, había estado supervisando la cosecha en la hacienda más grande de la región. Sabía que esas botas manchadas de tierra eran el símbolo del trabajo honesto que sostenía la economía de miles de familias. Pero decidió no decir nada. Quería ver hasta dónde llegaba la soberbia de la gente.
—¿Te quedaste mudo, muerto de hambre? —insistió Valeria, acercándose tanto que su perfume caro inundó el espacio de Mateo—. ¿O acaso necesitas que te tire unas monedas para que te compres un poco de dignidad?
En ese momento, el rugido de un motor potente interrumpió la escena. Una camioneta negra, inmensa, con el logo de «Hacienda La Esperanza» grabado en las puertas, entró al estacionamiento a una velocidad considerable. Era un vehículo de trabajo, pero de esos que cuestan una pequeña fortuna, imponente y cubierto por una ligera capa de polvo del camino.
Valeria cambió su expresión de inmediato. Sus ojos brillaron con un orgullo mal sano.
—Mira bien, infeliz —dijo ella, señalando la camioneta—. Ahí llega mi papá. Él es el administrador principal de la hacienda más rica de este país. Él sí es un hombre de importancia, no un gusano como tú. Prepárate, porque le voy a decir que te eche de este campus ahora mismo.
Mateo levantó la vista y vio la camioneta. Reconoció el vehículo perfectamente. Era el que él mismo había autorizado comprar el mes pasado para las labores de supervisión.
La puerta del conductor se abrió y un hombre robusto, vestido con traje pero con sombrero de campo, bajó apresuradamente. Era Don Rodrigo, un hombre que Mateo conocía desde que era un niño. Rodrigo se veía tenso, limpiándose el sudor de la frente con un pañuelo.
Valeria corrió hacia él, haciendo un berrinche digno de una niña consentida.
—¡Papá! ¡Qué bueno que llegas! Tienes que ayudarme. Este tipo me faltó al respeto, me ensució el paso y me insultó. ¡Dile quién eres! ¡Dile que si quiere puede terminar en la calle hoy mismo!
Don Rodrigo, cegado por el sol y por las quejas de su hija, caminó hacia Mateo con paso firme, dispuesto a defender el honor de su «princesa». Pero a medida que se acercaba, sus ojos empezaron a abrirse con un terror que le robó el color del rostro.
Mateo seguía allí, de pie, con su cuaderno pisoteado en la mano y la mirada tranquila, esperando el momento en que la realidad golpeara con toda su fuerza.
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