El aroma a mantequilla y especias llenaba el pequeño departamento de Daniel y Valentina. En la estufa, el sartén chillaba mientras Daniel movía la espátula con destreza de cocinero aficionado.
—Amor, se nos acabó la salsa roja —dijo Daniel sin quitar la vista de la sartén—. Ve con José, el vecino del 12B, y pídele tantita.
Valentina se cruzó de brazos, apoyada contra el marco de la cocina con gesto de molestia.
—¿Otra vez yo, mi amor? Tú cocinando y yo de tu mandadera, siempre es igual.
—Ándale, no te quejes que ya casi están listos los tacos y se van a enfriar.
Con un suspiro largo, Valentina salió al pasillo iluminado por luces tenues de cortesía. Se detuvo frente a la puerta de madera oscura marcada con el número 12B y dio tres golpes firmes con los nudillos.
—Solo la salsa, entras y sales —se repitió a sí misma en voz baja, ajustándose la blusa negra—. Es el vecino, nada más.
La puerta se abrió casi al instante. José apareció en el umbral luciendo una playera negra y una sonrisa confiada.
—Mira nada más a quién tengo aquí parada —dijo José, apoyando una mano en el marco e inclinándose un poco hacia adelante—. Pásale, güerita, que aquí adentro te la doy bien a gusto.
—Nada más tantita, ¿eh? Que Mateo me está esperando con los tacos en la estufa.
—Los tacos no se van a enfriar tan rápido, mi reina, pero aquí las cosas se calientan de volada. Pásale, no te hagas.
Valentina dudó un segundo en el borde del tapete de bienvenida, pero finalmente dio el paso hacia el interior. Tras un largo silencio, la escena cambió a la penumbra de la recámara de José, donde sobre el buró descansaba una botella de licor y un fajo grueso de billetes sobre las sábanas.
—Ya ves, ni dolió —dijo José recostado contra la cabecera, empujando el dinero hacia ella con fingida generosidad—. Toma, para tu salsita y para que vuelvas cuando se te antoje.
Valentina recogió el fajo y lo guardó apresuradamente dentro de su bolso de mano, evitando mantenerle la mirada.
—Esto no pasó, José. Nunca pasó, ¿me oíste?
—Como tú digas, reina. Yo aquí sigo para la próxima.
Minutos más tarde, Valentina regresaba a la cocina fingiendo total normalidad, colocando el frasco de vidrio rojo junto a la estufa caliente.
—Ya llegó tu salsa, mi amor. José me tuvo un buen rato platicando, ya sabes lo encajoso que es.
—Ese vecino nomás no se calla nunca, ¿verdad? —respondió él rodeándole la cintura con cariño para abrazarla antes de servir la comida—. Bien que valió la vuelta.
—Sí, mi vida.
Semanas después, en la frialdad del baño iluminado por el sol matutino, la calma fingida se pulverizó en un segundo. Vestida con su pijama a rayas rosas, Valentina sostenía dos varillas de plástico con las manos temblorosas.
—No, no, no… ¡dos rayitas! —exclamó con la voz rota frente al lavabo—. Las dos salieron con dos rayitas. ¿Y ahora de quién chingados es? Valentina, ¿en qué te acabas de meter?
El silencio del departamento solo fue roto por los pasos lejanos de su pareja acercándose por el pasillo.



