El eco de los pasos firmes de Don Mateo resonaba con severidad en el sendero de adoquines de la residencia principal. Apenas faltaban minutos para que su automóvil particular lo trasladara al centro financiero, cuando una figura menuda interrumpió su trayecto con timidez.
—Oiga, señor Cabrera… disculpe el atrevimiento antes de que suba al carro —susurró Valeria, apretando el dobladillo de su mandil gastado—. Necesito pedirle un favor muy grande. Quería ver si me da permiso de faltar mañana.
El magnate se detuvo en seco, mirándola con curiosidad pero sin perder la compostura.
—¿Permiso para qué, Valeria? Sabes que mañana hay una recepción diplomática importante en el club.
—Es que… mañana se casa mi hermana menor. Y le juré a mi difunta madre en su lecho que jamás faltaría a una fecha sagrada de la familia.
Mateo frunció el ceño. Sabía de sobra los desplantes que esa muchacha soportaba en silencio, pero el trasfondo era aún más siniestro.
—¿Tu hermana? ¿La misma que hace seis meses te quitó a tu prometido y te echó a la calle sin un solo peso?
—Sí, jefe —respondió ella agachando la cabeza, sintiendo cómo se le anudaba la garganta—. Ella misma. Se casa con Marcelo. Sé perfectamente que me mandaron la invitación solo para verme entrar con mis zapatos rotos y burlarse de mí delante de todos los invitados ricos. Quieren que los vea felices.
Mateo apretó la mandíbula. Había construido un imperio enfrentando a tiburones corporativos, pero detestaba con fervor la vileza de quienes pisoteaban a los inocentes.
—No vas a ir a esa boda a poner la otra mejilla, Valeria. No voy a permitir que esos dos infelices se regodeen en tu dolor ni un solo segundo más.
—Es mi palabra, don Mateo. Aunque tenga que ponerme este vestido desteñido, tengo que ir.
El empresario no discutió. Caminó con paso decidido hacia la puerta trasera de su vehículo, tomó una caja de terciopelo que acababa de llegar de Milán y sacó con delicadeza un vestido de seda escarlata que resplandecía bajo la luz matutina. Lo colocó firmemente en los brazos de la joven.
—Mañana no vas a ir de criada, Valeria. Mañana vas a llegar como la dueña de la noche. Yo mismo seré tu chofer, seré tu pareja y nos sentaremos en la primera fila. Vamos a ver si tu hermana y ese cobarde son capaces de sostenerte la mirada cuando la iglesia entera se ponga de pie para verte entrar.




