En una pequeña comunidad donde los seres comparten la esencia viva de las flores y la botánica, vivía una joven de carácter bondadoso y cabello formado por gruesas y relucientes pencas de sábila. Por años, acudió al invernadero de Doña Roble, una sofisticada estilista conocida por su peinado de hojas frondosas y modales refinados.
La anciana siempre insistía en quedarse con los recortes tras cada sesión, asegurando con fingida inocencia que eran mero desecho sin valor. La joven, que junto a su esposo llevaba siete años rezando por la bendición de tener un hijo, agradecía las atenciones gratuitas con sincera devoción.
Sin embargo, el secreto de Doña Roble no tardó en brotar. Aprovechando el vigor sobrenatural del cabello de su clienta, plantaba en secreto cada esqueje al atardecer, cosechando decenas de ejemplares únicos que vendía en el mercado clandestino con enormes ganancias. La codicia cegó a la comerciante hasta el día en que la joven descubrió el sembradío clandestino tras la cortina.
Entre reproches, rechazos de sobornos y cajas metálicas derribadas por el dolor de la traición, un destello verdoso interrumpió la discusión. En el centro del huerto, una de las plantas comenzó a resplandecer bajo la luz de la luna. De su núcleo no surgió un vegetal ordinario, sino una pequeña vida que abrió sus ojos para llamar a la joven por su verdadero título: madre. La avaricia se quedó con el dinero en el suelo, mientras que la nobleza de espíritu cosechó el mayor regalo del destino




