Sé que te quedaste con el corazón en un hilo viendo cómo ese conductor ignoraba las advertencias, y por eso estás aquí para saber qué pasó después.
Don Mateo sintió que el frío de la lluvia le calaba hasta los huesos, pero no era el clima lo que lo hacía temblar. Era la impotencia. Sus manos, curtidas por décadas de colocar asfalto y cargar bultos de cemento, apretaban con fuerza la vara de madera que sostenía el trapo rojo, ahora empapado y pesado.
«Por favor, joven, deténgase», murmuró para sí mismo, aunque sabía que sus palabras se perdían en el estruendo de la tormenta.
Frente a él, los faros LED de aquella camioneta de lujo lo cegaban. Eran dos ojos blancos y soberbios que parecían burlarse de su chaleco naranja desgastado y de su humilde linterna de pilas gastadas. Don Mateo vio cómo el vidrio eléctrico descendía apenas unos centímetros, lo suficiente para dejar salir el humo de un cigarrillo caro y una voz cargada de veneno.
—¡Quítate de una vez, viejo estorboso! —gritó el hombre al volante, un tipo joven, de unos treinta años, con el cabello perfectamente peinado a pesar del caos climático—. Tengo una cena en la ciudad y ya voy media hora tarde por culpa de este camino de porquería.
Don Mateo se acercó a la ventanilla, tratando de ignorar el insulto. Sus botas de caucho se hundían en el lodo, y el agua le corría por la frente, nublándole la vista.
—Señor, escúcheme bien —dijo Don Mateo, su voz era ronca pero firme—. El puente que está a dos kilómetros… la creciente del río se lo llevó hace diez minutos. No hay paso. Si sigue adelante, no va a llegar a ninguna cena.
El joven, a quien llamaremos Julián, soltó una carcajada seca, llena de una arrogancia que solo el dinero y la ignorancia pueden construir. Miró su reloj de pulsera, una pieza que seguramente costaba más que la casa de Don Mateo, y luego miró al trabajador con un desprecio absoluto.
—¿Y tú qué vas a saber? —escupió Julián—. Ustedes siempre dicen lo mismo para que uno les dé una propina por «ayudar». Conozco este truco, abuelo. Quieres que me dé la vuelta para que me hospede en el hostal de algún pariente tuyo, ¿verdad?
Don Mateo sintió una puntada en el pecho. No era orgullo herido, era miedo por la vida de aquel desconocido. En sus treinta años de servicio en las carreteras de la sierra, había visto demasiadas cruces blancas a la orilla del camino. No quería poner una más.
—No busco su dinero, patrón —respondió Mateo, bajando el tono, casi suplicante—. Busco que regrese a casa con su familia. El asfalto se cortó como si fuera papel. No hay nada del otro lado más que un abismo.
Julián ni siquiera terminó de escucharlo. Con un gesto violento, subió la ventanilla, dejando a Don Mateo con la palabra en la boca. El motor de la camioneta rugió, un sonido potente que hizo vibrar el suelo embarrado.
Don Mateo se paró frente al vehículo, extendiendo los brazos, ofreciendo su propio cuerpo como última barrera. Estaba dispuesto a ser arrollado antes de permitir que aquel hombre se suicidara por pura soberbia.
—¡Apártate o te paso por encima! —se escuchó el grito sordo desde el interior del vehículo.
El joven aceleró un poco, haciendo que la camioneta avanzara unos centímetros, golpeando suavemente las rodillas de Don Mateo. Fue una advertencia clara. Julián no estaba jugando. Estaba dispuesto a todo con tal de no perder su valioso tiempo.
Don Mateo miró a través del parabrisas. Vio los ojos de Julián: estaban inyectados en sangre, nublados por el estrés y una ambición ciega. En ese momento, el trabajador comprendió que no estaba lidiando con un hombre razonable, sino con alguien que creía que las leyes de la naturaleza, al igual que las de los hombres, no aplicaban para él.
Con un suspiro de derrota y el corazón latiendo en la garganta, Don Mateo dio un paso al costado. El barro chapoteó bajo sus pies mientras veía cómo el vehículo aceleraba, levantando una cortina de agua sucia que lo empapó por completo.
—¡Se va a matar! —gritó Mateo al viento, pero solo obtuvo como respuesta el eco rojo de las luces traseras perdiéndose en la neblina.
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