Continuamos con la historia justo en el momento en que la tragedia parecía inevitable…
Don Mateo se quedó parado en medio de la carretera, bajo la lluvia inclemente, viendo cómo los puntos rojos de la camioneta de Julián se hacían cada vez más pequeños. El trabajador de mantenimiento vial no era un hombre de carrera, ni tenía títulos universitarios, pero conocía la montaña como la palma de su mano. Sabía que, a la velocidad que iba ese muchacho, le tomaría menos de tres minutos llegar al «Corte del Diablo», como llamaban los lugareños a ese tramo del puente sobre el río Negro.
«Dios mío, protégelo de su propia estupidez», rezó en silencio, mientras empezaba a correr.
Sus piernas viejas y cansadas no podían competir con los trescientos caballos de fuerza del motor alemán, pero la adrenalina le dio una energía que no sabía que aún poseía. Corría por la orilla, saltando charcos y esquivando ramas caídas, con la esperanza de que algo, cualquier cosa, hiciera que el conductor frenara antes del vacío.
Mientras tanto, dentro de la camioneta, Julián golpeaba el volante con ritmo frenético. La música electrónica sonaba a todo volumen, tratando de ahogar el sonido de la lluvia que golpeaba el techo como si miles de piedras cayeran sobre él. Estaba furioso. Odiaba los retrasos, odiaba la lluvia y, sobre todo, odiaba a la gente que intentaba decirle qué hacer.
—Viejos ignorantes… —masrfullaba Julián—. Se creen dueños de la carretera solo porque tienen un chaleco fluorescente. Mañana mismo pongo una queja en el ministerio. Ese tipo no vuelve a trabajar aquí.
Julián pisó el acelerador a fondo. La camioneta respondió con una suavidad aterradora. En su mente, ya estaba sentado en el restaurante de lujo, pidiendo un vino caro y cerrando el negocio que lo haría ascender a la vicepresidencia de su empresa. Para él, Don Mateo no era más que un obstáculo, un inconveniente en su camino al éxito.
De repente, la carretera hizo una curva cerrada hacia la derecha. Julián la tomó con maestría, pero al salir de ella, sus luces altas iluminaron algo que no debería estar ahí. O mejor dicho, iluminaron la ausencia de algo.
Donde debería haber una cinta de asfalto gris, solo había oscuridad. Una oscuridad profunda, absoluta y rugiente.
El puente no estaba.
El corazón de Julián se detuvo. Sus manos se congelaron sobre el cuero del volante. Durante una fracción de segundo, su cerebro se negó a procesar lo que veía. No podía ser cierto. El «viejo» tenía razón.
—¡Mierda! —gritó, hundiendo el pedal del freno con toda la fuerza de su pierna derecha.
Los frenos ABS empezaron a trabajar, produciendo un sonido metálico de golpeteo mientras los neumáticos luchaban por encontrar tracción en el asfalto mojado y cubierto de lodo. La camioneta empezó a derrapar, la parte trasera se ladeó violentamente hacia la izquierda. Julián sentía que el tiempo se dilataba. Podía ver las gotas de lluvia suspendidas en el aire frente a sus faros.
El vehículo se deslizaba como un trineo hacia el borde. El rugido del río, que antes era un murmullo lejano, ahora era un trueno ensordecedor que subía desde el abismo. Julián cerró los ojos y gritó. No gritó como el hombre poderoso que creía ser; gritó como un niño asustado que sabe que no tiene escapatoria.
La camioneta se detuvo con un sacudón violento.
Hubo un silencio sepulcral, solo interrumpido por el «tic-tic-tic» del motor caliente y el latido desbocado de su propio corazón. Julián no se atrevía a abrir los ojos. Sentía que el coche se balanceaba ligeramente.
Cuando finalmente se atrevió a mirar, se le heló la sangre. El frente de su lujosa camioneta estaba suspendido en el aire. Las ruedas delanteras habían pasado el borde del asfalto roto y giraban lentamente sobre la nada. Unos centímetros más, solo un suspiro de distancia, y habría caído al vacío de cincuenta metros hacia las rocas y el agua furiosa.
Estaba atrapado. Si se movía demasiado, el peso del motor podría inclinar la balanza y mandarlo al fondo. El pánico, ese frío paralizante que te quita el aliento, se apoderó de él. Sus manos temblaban tanto que no podía soltar el volante.
—Ayuda… —susurró, con la voz quebrada—. Por favor, que alguien me ayude.
En ese momento, un golpe rítmico sonó en la ventana del lado del conductor. Julián giró la cabeza lentamente, temiendo que cualquier movimiento brusco fuera el último.
Allí, bajo la lluvia torrencial, estaba Don Mateo. Su rostro estaba rojo por el esfuerzo, su chaleco naranja estaba cubierto de barro y su respiración era un silbido pesado. El trabajador no gritaba, no se burlaba, no decía «te lo dije». Simplemente lo miraba con una mezcla de lástima y alivio.
Don Mateo hizo una señal con la mano, indicándole que mantuviera la calma. Luego, se movió hacia la parte trasera de la camioneta, donde el peso era necesario para mantener el equilibrio.
—¡No se mueva, joven! —gritó Mateo por encima del ruido del río—. ¡Quédese muy quieto! ¡Voy a sacarlo de aquí!
Julián, el hombre que hace diez minutos lo había insultado y despreciado, ahora lo miraba como si fuera un ángel bajado del cielo. Sus ojos, llenos de lágrimas, suplicaban por una vida que hace un momento despreciaba.
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