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Segundas oportunidades

El secreto del abismo: Lo que Elena encontró en la orilla no era una salvación, sino su destino

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Sé que no pudiste cerrar la ventana sin saber qué pasaba después de ese primer encuentro en la arena; hiciste bien en venir a descubrir la verdad completa.

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¿Alguna vez has sentido que el aire se vuelve tan pesado que tus pulmones simplemente olvidan cómo procesarlo?

Elena sentía exactamente eso mientras sus pies se hundían en la arena húmeda y fría.

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Frente a ella, la silueta no se parecía a nada que hubiera visto en los documentales de National Geographic.

Era imponente, de casi dos metros de altura, con una piel que brillaba con un matiz violáceo bajo la luz de la luna.

Sus ojos, dos orbes inmensos y carentes de pupilas, parecían contener el peso de mil naufragios.

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—No tienes por qué temerme, pequeña —dijo la criatura, y su voz no era un sonido, sino una vibración que Elena sentía directamente en sus huesos.

Ella retrocedió un paso, pero el acantilado a sus espaldas le recordaba que no tenía hacia dónde escapar.

La marea estaba subiendo rápidamente, rodeando sus tobillos con una espuma blanca que parecía hervir.

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—¿Qué… qué eres? —logró articular Elena, con la voz quebrada por el salitre y el pánico.

La criatura ladeó la cabeza, un movimiento fluido y antinatural, como si no tuviera vértebras.

—Soy el final de tu soledad, Elena —respondió él, conociendo su nombre sin que ella lo hubiera pronunciado.

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Elena sintió un escalofrío que no tenía nada que ver con el viento gélido de la costa.

El ser extendió una mano larga, con membranas translúcidas entre los dedos que goteaban una sustancia luminiscente.

—El mundo de arriba es cruel, está lleno de ruido, de traiciones y de finales tristes —continuó la voz en su mente—. Yo te ofrezco el silencio.

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Elena miró hacia la carretera, allá arriba, donde las luces de los autos se veían como hormigas distantes.

Se sintió pequeña, olvidada por un mundo que siempre le había exigido demasiado.

—¿Protección? —susurró ella, casi tentada por la idea de dejar de luchar contra la corriente de su propia vida.

—Protección eterna —aseguró el humanoide, dando un paso más hacia ella—. En el abismo no hay tiempo, no hay dolor, no hay despedidas.

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La criatura le mostraba imágenes mentales de ciudades sumergidas hechas de coral y luz fría.

Elena vio rostros que parecían en paz, flotando en una danza eterna bajo el peso de las olas.

Por un segundo, su corazón se calmó y la idea de rendirse pareció la opción más dulce del mundo.

Pero entonces, notó algo en la mirada de aquel ser que no encajaba con sus palabras de paz.

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Había un hambre antigua, una necesidad de posesión que iba más allá de la simple compañía.

Elena recordó el calor del sol en su cara, el sabor del café por la mañana y el abrazo de su madre.

Esas cosas eran imperfectas, sí, pero eran reales, eran suyas.

—No —dijo ella, esta vez con más firmeza, apretando los puños a los costados.

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La criatura se detuvo en seco, y el brillo de sus ojos cambió de un azul suave a un verde eléctrico.

—¿No? —la vibración en el aire se volvió áspera, como el roce de dos rocas submarinas—. ¿Prefieres morir sola en la superficie que reinar conmigo en la profundidad?

—Prefiero mi libertad, por muy dolorosa que sea —respondió Elena, sintiendo cómo el coraje le devolvía el calor al cuerpo.

Ella sabía que quedarse allí era caer en una trampa de seda y promesas falsas.

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Miró hacia un costado, buscando una grieta en las rocas del acantilado por donde pudiera escalar.

El monstruo soltó un sonido que podría haber sido una carcajada o un lamento fúnebre.

—La libertad es una ilusión de los que caminan sobre la tierra, Elena. Aquí abajo, solo existe la voluntad del mar.

Elena no esperó a escuchar más; dio media vuelta con toda la intención de correr hacia la oscuridad de las rocas.

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Sentía el peso de la mirada de la criatura clavada en su nuca, como si fuera un arpón invisible.

Cada paso en la arena era una agonía, sus piernas pesaban como si estuviera corriendo a través de melaza.

«Solo un poco más, llega a las rocas», se decía a sí misma, con el corazón martilleando contra sus costillas.

Pero justo cuando sus dedos rozaron la piedra fría del acantilado, el aire a su alrededor se congeló.

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Un silencio absoluto descendió sobre la playa, apagando incluso el rugido eterno del océano.

Elena intentó dar otro paso, pero sus músculos dejaron de responderle de forma súbita.

Era como si su conexión con su propio cuerpo se hubiera cortado con una tijera invisible.

Se quedó allí, con una mano extendida hacia la salvación, petrificada en una posición imposible.

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