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Segundas oportunidades

El secreto del abismo: Lo que Elena encontró en la orilla no era una salvación, sino su destino

5 min de lectura

Estás en la parte 2: la historia continúa exactamente donde el miedo se convirtió en silencio…

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El pánico que Elena sintió en ese momento fue mucho peor que el miedo a la criatura.

Era la terrorífica comprensión de que ya no era dueña de su propia estructura biológica.

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Sus ojos estaban abiertos, fijos en una grieta de la roca, pero no podía parpadear.

Sus pulmones se movían por inercia, pero no sentía el paso del aire por su garganta.

Detrás de ella, escuchó el sonido de pasos pesados y húmedos sobre la arena, acercándose lentamente.

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Cada paso sonaba como un «shhh» húmedo que le recorría la columna vertebral de abajo hacia arriba.

—Te dije que el mundo de arriba era ruidoso —susurró la criatura, ahora justo detrás de su oreja.

Elena podía olerlo: era un aroma a ozono, a algas descompuestas y a una profundidad abismal.

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Sintió algo frío y viscoso rozando la piel de su cuello, moviéndose con la delicadeza de una caricia letal.

Era un dedo de la criatura, trazando una línea desde su oreja hasta su hombro, dejando un rastro de luz tenue.

—Has rechazado mi regalo —dijo el ser, y ahora su voz ya no era mental, sino un susurro ronco y físico—. Y ahora, te quedarás conmigo, pero no como mi reina.

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Elena quería gritar, quería suplicar, quería decirle que cambiaría de opinión con tal de recuperar el movimiento.

Pero su lengua era un trozo de madera muerta en su boca, y sus cuerdas vocales estaban selladas por un hechizo que no comprendía.

La criatura caminó hasta quedar frente a ella, obligándola a ver su rostro de cerca.

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De cerca, la piel del monstruo no era lisa; estaba cubierta de pequeñas escamas casi microscópicas que vibraban.

—¿Sabes por qué te elegí a ti, Elena? —preguntó él, acercando su rostro al de ella hasta que sus alientos se mezclaron.

El aliento de la criatura era frío, como el viento que sale de una cueva de hielo.

—No fue por tu belleza, ni por tu tristeza —continuó, mientras sus ojos orbes comenzaban a girar lentamente—. Fue por lo que llevas dentro y no sabes que tienes.

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Elena sintió una presión en su pecho, justo donde está el esternón, como si una mano invisible estuviera apretando su corazón.

La criatura cerró sus ojos y empezó a entonar un canto monótono, una melodía que parecía venir de las fosas más profundas del Atlántico.

Con cada nota, Elena sentía que sus recuerdos se iban desvaneciendo, volviéndose borrosos como fotos bajo el agua.

Vio la cara de su padre, pero sus rasgos se disolvieron en burbujas.

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Vio su habitación de la infancia, y las paredes se transformaron en arrecifes oscuros.

Estaba perdiendo su identidad, su humanidad, centímetro a centímetro, bajo el poder de esa hipnosis marina.

El monstruo extendió ambas manos y rodeó la cabeza de Elena, sin llegar a tocarla, creando un campo de energía estática.

—Olvidarás el sol —sentenció la criatura—. Olvidarás el fuego. Olvidarás el nombre de los que te amaron.

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Elena luchaba internamente con todas sus fuerzas, aferrándose a un solo pensamiento: su propio nombre.

«Me llamo Elena. Me llamo Elena», repetía en su mente como un mantra sagrado.

Pero la canción del abismo era una marea imparable que lo cubría todo con una capa de olvido gris.

De repente, la criatura se detuvo y soltó un gruñido de insatisfacción.

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Algo en el interior de Elena se resistía, una chispa de fuego que el agua no podía apagar.

El ser la miró con una mezcla de curiosidad y rabia, sus ojos brillando con una intensidad cegadora.

—Eres persistente —gruñó—. Pero la persistencia solo prolonga la agonía del naufragio.

En ese momento, el monstruo hizo algo que Elena jamás habría esperado.

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Dejó de prestarle atención a ella y miró hacia el horizonte, donde la luna estaba en su punto más alto.

Elena sintió que la parálisis cedía un milímetro, lo suficiente para que una lágrima se escapara de su ojo derecho.

Esa lágrima recorrió su mejilla y cayó sobre la mano de la criatura que aún estaba cerca de ella.

Al contacto con la lágrima humana, la piel del monstruo soltó un pequeño hilo de humo, como si fuera ácido.

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Él retrocedió, siseando de dolor, mirando su mano con una expresión de absoluto asco.

—Tu dolor todavía tiene sal de vida —dijo él, recuperando la compostura—. Debo drenar eso primero.

La criatura se irguió en toda su altura, extendiendo sus brazos hacia el cielo nocturno.

Las nubes empezaron a arremolinarse sobre la playa, creando un embudo de oscuridad que parecía conectar el cielo con el mar.

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Elena sintió que la gravedad cambiaba; sus pies ya no presionaban la arena, sino que empezaba a levitar unos centímetros.

Estaba atrapada en el centro de un ritual que no solo pretendía llevarse su cuerpo, sino su esencia misma.

El monstruo volvió a mirarla, pero esta vez, su mirada cruzó la frontera de lo físico.

Elena sintió que él estaba leyendo cada uno de sus miedos, cada una de sus inseguridades, usándolas como armas en su contra.

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«Nadie vendrá a buscarte», decía la voz en su cabeza. «Para el mundo, ya eres solo otra desaparecida en la costa».

La desesperación de Elena alcanzó su punto máximo, y en ese vacío de esperanza, algo dentro de ella se rompió… o se despertó.

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