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Lazos de Familia

El último abrazo de un soldado: El secreto que el viento de la montaña guardaba para Doña Elena

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Ya viste cómo el destino los unió en ese camino de tierra, pero la verdadera razón de este encuentro está por revelarse. Aquí continúa la historia.

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El corazón de Doña Elena latía con una fuerza que no conocía desde hacía años, un galope frenético que parecía querer escaparse de su pecho cansado.

Allí estaba él. No era un sueño provocado por la fiebre o por la soledad de las noches de invierno en la montaña.

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Mateo, su único hijo, su orgullo vestido de camuflaje, estaba de pie frente a ella, bajo el sol tibio de la tarde que empezaba a caer sobre el valle.

El joven soldado no dijo nada al principio; solo la miró con esos ojos profundos que tanto le recordaban a su difunto esposo.

Doña Elena, con las manos temblorosas y manchadas por la tierra del huerto, se acercó lentamente, temiendo que si caminaba muy rápido, la imagen se desvanecería como el humo del fogón.

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Cuando finalmente sus dedos rozaron la tela áspera de la chaqueta militar, soltó un sollozo que se había quedado atorado en su garganta durante meses.

—¡Mi’jito! ¡Mi niño! —exclamó ella, envolviéndolo en un abrazo que contenía toda la angustia de las oraciones nocturnas y el miedo a las noticias de la radio.

Mateo la recibió en sus brazos con una suavidad extraña. El olor que desprendía no era el habitual de los pinos y el jabón de tierra; olía a una mezcla de pólvora, metal y una frescura que recordaba a la lluvia antes de caer.

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La anciana hundió su rostro en el pecho de su hijo, escuchando el silencio del campo, sintiendo que por fin, después de tanta espera, la paz regresaba a su pequeño rancho.

—Madre, ya estoy aquí —susurró Mateo con una voz que sonaba lejana, como si viniera del otro lado de la colina, pero cargada de una ternura infinita.

Elena se separó un poco para mirarlo a la cara. Notó que su hijo estaba impecable, a pesar de que el camino hacia la vereda era largo y polvoriento.

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Su uniforme no tenía ni una mancha de barro, y sus botas, aunque desgastadas, brillaban bajo la luz dorada del atardecer.

—Estás tan pálido, mi cielo —dijo ella, acariciándole las mejillas—. ¿Te han dado de comer bien allá en el cuartel? Te ves cansado, tienes los ojos como si no hubieras dormido en una eternidad.

Mateo sonrió, pero fue una sonrisa triste, una de esas que duelen en el alma de quien las recibe.

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—He caminado mucho, mamá. Mucho más de lo que puedes imaginar. Pero lo único que quería era llegar a tiempo para verte.

Doña Elena lo tomó de la mano, sintiendo que la piel de su hijo estaba inusualmente fría, a pesar del calor que todavía reinaba en el ambiente.

—Ven, entra a la casa. Voy a prender el fuego y te haré ese caldo de gallina que tanto te gusta. Tienes que recuperar fuerzas.

Caminaron juntos hacia la pequeña construcción de adobe y teja. Cada paso que daba Elena lo sentía ligero, como si los años se le hubieran caído de encima de repente.

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Sin embargo, al llegar al umbral de la puerta, Mateo se detuvo. Miró hacia el horizonte, donde el sol se ocultaba tras los picos más altos, tiñendo el cielo de un rojo intenso, casi como el color de la sangre.

—No tengo hambre, mamá —dijo él suavemente—. Solo quiero descansar. Mi cuerpo pesa como si estuviera cargando toda la montaña sobre los hombros.

Elena asintió con comprensión. Sabía que la guerra agotaba no solo los músculos, sino también el espíritu de los hombres jóvenes.

—Entra entonces a tu cuarto. He mantenido tus sábanas limpias y el aroma de la lavanda que tanto te gustaba. Duerme, hijo mío. Mañana será otro día y tendremos todo el tiempo del mundo para platicar.

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Mateo la miró por última vez antes de cruzar el umbral. Sus ojos brillaron con una intensidad que Elena no supo interpretar en ese momento.

—Gracias por esperarme, vieja. Gracias por nunca dejar de rezar por mí —susurró el joven antes de internarse en la penumbra de la habitación.

Elena se quedó en la cocina, con el corazón rebosante de alegría. Empezó a tararear una vieja canción de cuna mientras buscaba los ingredientes para la cena, convencida de que el milagro que tanto pidió se había cumplido.

No sabía que, a pocos kilómetros de ahí, un vehículo militar avanzaba pesadamente por el camino de piedra, trayendo consigo una realidad que destrozaría su mundo.

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