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Lazos de Familia

El último abrazo de un soldado: El secreto que el viento de la montaña guardaba para Doña Elena

5 min de lectura

Continuamos con la historia donde la dejamos, mientras la felicidad de Elena está a punto de enfrentarse a un giro devastador…

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Doña Elena se movía por la cocina con una agilidad que no había mostrado en décadas. El sonido de los platos chocando entre sí y el chisporroteo de la leña en el fogón creaban una sinfonía de hogar que hacía meses se había apagado.

Cortaba las verduras con precisión, pensando en todas las preguntas que quería hacerle a Mateo cuando despertara.

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¿Había conocido el mar? ¿Había hecho amigos leales? ¿Había alguna muchacha que le hubiera robado el suspiro en esos pueblos lejanos donde lo mandaron a patrullar?

De vez en cuando, la anciana se asomaba al pasillo que conducía a la habitación de su hijo. Todo estaba en absoluto silencio.

«Pobre mi niño», pensaba ella con una sonrisa materna. «Debe estar tan agotado que ni el ruido de los platos lo despierta».

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Sin embargo, una extraña sensación empezó a filtrarse por las grietas de su alegría. El ambiente dentro de la casa se sentía denso, y el frío que antes atribuyó al atardecer parecía ahora concentrarse en el aire que respiraba.

De repente, el sonido de un motor rompió la calma del valle. Era un ruido ronco, pesado, que no pertenecía a la paz de la montaña.

Elena se secó las manos en su delantal y salió al porche, protegiéndose los ojos con la mano para ver quién se acercaba.

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Un camión militar, cubierto de polvo y con las marcas del rigor del terreno, se detuvo justo frente a su cerca de madera.

El corazón de Elena dio un vuelco. «¿Serán sus compañeros? ¿Vendrán a buscarlo tan pronto?», se preguntó con una mezcla de molestia y temor.

Del vehículo descendieron dos hombres. Uno de ellos, un sargento de rostro curtido y expresión solemne, se quitó la gorra antes de cruzar la pequeña puerta de entrada.

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El otro soldado, más joven, llevaba algo entre las manos, envuelto con un cuidado casi sagrado.

Elena sintió que el aire se le escapaba de los pulmones. Esa escena la había visto en las películas, en las historias que contaban en el pueblo sobre las madres que nunca volvían a ver a sus hijos.

Pero su hijo estaba ahí. Estaba durmiendo en su cama. Ella misma lo había abrazado hacía menos de una hora.

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—Buenas tardes, señora —dijo el sargento con una voz que cargaba el peso de mil noticias tristes—. ¿Es usted la madre del cabo Mateo García?

Elena asintió lentamente, sintiendo que sus piernas se volvían de trapo.

—Sí, soy yo. Pero mi hijo ya llegó. Él está adentro descansando. Llegó hace un ratito, pobre, venía muy cansado —dijo ella, intentando sonreír, esperando que los oficiales compartieran su alivio.

Los dos militares se miraron entre sí. El sargento palideció, y el soldado joven bajó la mirada, incapaz de sostenerle la vista a la anciana.

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—Señora… —empezó el sargento, con un nudo evidente en la garganta—. Creo que hay una confusión. Nosotros… nosotros venimos directamente desde la base de operaciones en la frontera.

Elena sintió un escalofrío que le recorrió la columna vertebral. El silencio que siguió fue tan profundo que podía escucharse el latido de su propio corazón, acelerado y errático.

—No entiendo —insistió ella, dando un paso hacia atrás—. Les digo que él está en su cuarto. Pasen, pasen y vean. Él mismo me abrazó. Sentí su uniforme, sentí su cara… ¡Él está aquí!

El sargento suspiró profundamente, cerrando los ojos por un segundo como si estuviera buscando fuerzas en un lugar muy lejano.

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—Señora Elena, mi más sentido pésame —dijo finalmente, con una voz quebrada—. El cabo Mateo García cayó en cumplimiento de su deber anoche, a las diez de la noche, durante una emboscada en el sector norte.

La anciana se quedó petrificada. Las palabras del oficial golpeaban sus oídos pero su mente se negaba a procesarlas.

—Eso es mentira —susurró ella—. ¡Es mentira! Él llegó hoy. Me habló. Me dijo que tenía sueño.

El sargento le hizo una señal al soldado joven, quien dio un paso al frente y extendió sus manos.

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Sobre ellas, perfectamente doblado, reposaba el uniforme de gala de Mateo. Encima, estaba su gorra y una bandera doblada en forma de triángulo.

—Traemos sus pertenencias personales y el informe oficial, señora. Fue una muerte instantánea. No sufrió. Murió como un héroe protegiendo a su unidad.

Elena sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. El mundo se volvió borroso, una mezcla de colores grises y sonidos distorsionados.

—No puede ser… —sollozó, cayendo de rodillas sobre la tierra del porche—. Si yo lo toqué… Yo lo sentí… Él estaba aquí conmigo…

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Los soldados se apresuraron a sostenerla, pero ella, con una fuerza que no parecía propia de su edad, se soltó y se puso en pie.

—¡Vengan! —gritó con desesperación—. ¡Vengan y vean que mi hijo está en su cama!

Corrió hacia el interior de la casa, seguida de cerca por los dos uniformados que se miraban con una mezcla de miedo y compasión.

Elena llegó a la puerta del dormitorio de Mateo y la abrió de par en par, esperando ver la figura de su hijo durmiendo plácidamente bajo las mantas.

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