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Cuentos con Moraleja

El ángel de la chaqueta de cuero: La súplica desesperada que unió a dos desconocidos frente al peligro

7 min de lectura

Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión alcanza su punto máximo…

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El silencio que siguió a las palabras de Esteban fue tan denso que se podía escuchar el tictac del reloj de pared en la cocina. El hombre del traje gris no retrocedió, a pesar de la imponente figura del motociclista. Había algo en su postura, una confianza nacida no de la fuerza física, sino del poder y la impunidad.

—No tienes idea de en qué te estás metiendo, amigo —dijo el hombre, bajando el tono de voz hasta que fue apenas un susurro peligroso—. Esta mujer no es quien crees. Ella tiene algo que me pertenece, algo que vale mucho más que tu patética vida y esa chatarra que tienes estacionada afuera.

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Esteban no parpadeó. Su mente trabajaba a mil por hora. Sabía que en esos pueblos de carretera, la justicia a veces tardaba en llegar, o peor aún, a veces estaba en el bolsillo de hombres como el que tenía enfrente. Miró de reojo a Elena. Ella seguía sentada, con los hombros hundidos, pero al escuchar que Esteban la defendía, algo pareció cambiar en ella. Levantó un poco la cabeza, y por primera vez, Esteban vio un destello de esperanza en sus ojos empañados.

—No me importa lo que digas —replicó Esteban, cerrando sus puños—. Lo que veo es a una mujer aterrorizada y a un tipo que cree que puede pasar por encima de cualquiera. En mi mundo, eso se resuelve de una sola forma.

El hombre del traje sacó la mano del bolsillo. No tenía un arma, al menos no todavía. Sostenía un teléfono celular de última generación. Marcó un número rápido sin dejar de mirar a Esteban.

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—Traigan el auto al frente. Ahora —ordenó a quien estuviera del otro lado de la línea. Luego, guardó el teléfono y volvió a sonreír, pero esta vez fue una sonrisa de victoria anticipada—. Tienes cinco minutos para quitarte del medio. Si para cuando mis hombres lleguen sigues aquí, no solo ella vendrá conmigo. Tú también tendrás un viaje largo, pero en el maletero.

La mesera, una mujer mayor llamada Doña Rosa que conocía a Esteban de sus paradas habituales, se acercó temblando.

—Esteban… por favor… no busques problemas —suplicó ella con voz quebrada—. Ese hombre es de los que mandan en la ciudad vecina. Llama a la policía, haz algo, pero no te enfrentes a él así.

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Esteban miró a Doña Rosa y luego a Elena. Si llamaba a la policía, tardarían al menos veinte minutos en llegar. En ese tiempo, cualquier cosa podía pasar. Si dejaba que se llevaran a la mujer, sabía que nunca volvería a verla. Y algo en su interior, una vieja promesa que le hizo a su propia madre en su lecho de muerte —una promesa de proteger a los débiles que él mismo no pudo cumplir en el pasado—, se activó como un resorte.

—Doña Rosa, entre a la cocina y cierre la puerta con llave —dijo Esteban con una calma que asustaba—. Y usted, «señor», puede llamar a todo su ejército si quiere. Yo no me muevo de aquí.

Elena finalmente habló. Se puso de pie, tambaleándose un poco, y se colocó detrás de la espalda de Esteban, usándolo como un escudo humano. Su voz, aunque temblorosa, tenía una nueva firmeza.

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—No tengo lo que buscas, Ricardo —dijo ella, dirigiéndose al hombre del traje—. Ya te lo dije. Mi esposo se llevó ese secreto a la tumba. Déjame en paz. Ya me quitaste todo. Mi casa, mi dignidad… ¿qué más quieres?

—Quiero lo que es mío, Elena. Y sabes perfectamente que no me detendré hasta obtenerlo —respondió Ricardo, dando un paso lateral para intentar verla, pero Esteban se movió con él, bloqueándole el paso nuevamente.

En ese momento, dos camionetas negras de vidrios polarizados frenaron bruscamente frente al local, levantando una nube de polvo. De ellas bajaron cuatro hombres fornidos, vestidos con uniformes tácticos oscuros. No eran simples matones; eran profesionales. El miedo regresó al rostro de Elena con una fuerza renovada. Se aferró a la chaqueta de Esteban, sollozando.

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—Vete, por favor —le suplicó Elena al oído—. Te van a matar por mi culpa. No valgo tanto, de verdad. Corre mientras puedas.

Esteban sintió el peso de la situación. Estaba superado en número y en armamento. Pero entonces, recordó algo que llevaba en el bolsillo interior de su chaqueta. Un objeto pequeño, de metal pesado, que le recordaba quién era antes de decidir que el camino era su único hogar.

—No me voy a ir, mamá —dijo Esteban, acentuando la palabra con una ternura que contrastaba con la violencia del momento—. Te prometí que tomaríamos ese café juntos, y eso es lo que vamos a hacer.

Ricardo hizo una señal con la mano a los hombres que acababan de entrar al local. Los cuatro sujetos se desplegaron en abanico, rodeando la mesa. La tensión era tal que el aire parecía vibrar. Los clientes restantes salieron huyendo por la puerta trasera, dejando a Esteban, Elena y los agresores en un escenario de confrontación inminente.

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—Última oportunidad, motociclista —dijo Ricardo, cruzando los brazos sobre el pecho—. Apártate y vive para ver el amanecer. Quédate, y este café será lo último que pruebes en tu vida.

Esteban metió la mano en su chaqueta. Los hombres de negro pusieron sus manos en sus cinturas, listos para desenfundar. El tiempo pareció detenerse. Esteban no sacó un arma. Sacó una placa de metal plateada y la puso sobre la mesa con un golpe seco que resonó como un disparo.

—Ex capitán de la Policía Federal, fuerzas especiales —dijo Esteban, con una voz gélida que hizo que incluso los matones vacilaran—. Y si creen que cuatro niños con juguetes nuevos me asustan, es que no han estado en los lugares donde yo he estado.

Ricardo miró la placa y luego a Esteban. Sus ojos se abrieron un poco más. La situación acababa de cambiar por completo. Esteban no era solo un motociclista errante; era un hombre con un pasado oscuro y habilidades que ellos no habían previsto.

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—Una placa vieja no te da superpoderes —escupió Ricardo, aunque su voz había perdido parte de su seguridad—. Estás retirado. Aquí no tienes jurisdicción.

—No necesito jurisdicción para defender a mi familia —replicó Esteban, dando un paso hacia adelante, invadiendo ahora él el espacio de Ricardo—. Y ella dijo que soy su hijo. ¿Quieres probar qué tan rápido puedo volver a mis viejos hábitos?

El líder de los hombres de negro miró a Ricardo, esperando una orden. El sudor comenzó a perlar la frente del hombre del traje. Sabía que, incluso si lograban someter a Esteban, el escándalo de matar a un ex oficial de alto rango atraería una atención que sus negocios no podían permitirse.

Pero Ricardo era un hombre impulsivo, cegado por la codicia.

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—Mátenlo —susurró—. Hagan que parezca un asalto. Pero tráiganme a la mujer viva.

Los cuatro hombres se abalanzaron al mismo tiempo.

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