Estás en la parte 2: la historia continúa y las máscaras finalmente se caen por completo…
Valeria dio un paso hacia adelante, entrando por fin en el círculo de luz de la sala. Sus tacones resonaron contra el suelo con una cadencia militar. Cada paso parecía marcar el fin de una era. Ricardo retrocedió instintivamente, hasta que sus piernas chocaron contra el sofá donde todavía se encontraba Elena, tratando de hacerse pequeña, de desaparecer entre las sombras del mobiliario de lujo.
—¿Hacer de cuenta que nada pasó? —preguntó Valeria, con una sonrisa amarga dibujándose en sus labios perfectamente pintados de carmín—. Qué poca memoria tienes, Ricardo. O quizá, qué poco me conoces después de todo este tiempo.
Se acercó a la mesa de centro y, con una elegancia que rayaba en lo cruel, tomó la copa de vino que Ricardo había estado compartiendo con la empleada. La observó a la luz, viendo los restos del líquido rojo. Luego, sin apartar la vista de su marido, dejó caer la copa. El cristal se hizo añicos contra el mármol, y el vino se extendió como una mancha de sangre fresca.
Elena soltó un pequeño grito de sorpresa. Ricardo se quedó mudo.
—Así está mi confianza en este momento, Ricardo —dijo ella, señalando los fragmentos rotos—. Puedes intentar pegarla, puedes intentar limpiar la mancha, pero el cristal nunca volverá a ser el mismo y el mármol quedará marcado para siempre.
—Valeria, por favor… —insistió él, intentando tomarla del brazo.
Ella se apartó con un movimiento rápido, como si el contacto con él le quemara la piel. La mirada de Valeria se dirigió entonces a Elena. La joven bajó la cabeza, incapaz de sostenerle el escrutinio. Valeria no sentía odio por ella; sentía una lástima infinita. Elena era joven, probablemente deslumbrada por el dinero y el poder de Ricardo, sin entender que un hombre que traiciona a su esposa con la ayuda, nunca respetará a ninguna de las dos.
—Tú —dijo Valeria, dirigiéndose a la empleada—. Ve a tu habitación. Recoge tus cosas. Tienes diez minutos para salir de esta casa. No quiero que te lleves nada que no hayas traído tú misma el primer día. Y no te preocupes por el pago de este mes; considera que el «bono» que recibiste hoy cubre cualquier deuda.
Elena no esperó una segunda orden. Se levantó y salió corriendo de la sala, sollozando, dejando tras de sí un rastro de vergüenza y el silencio sepulcral que de nuevo se apoderó del lugar.
Ahora solo quedaban ellos dos. El matrimonio perfecto. La pareja que todos envidiaban en las galas benéficas.
—Valeria, no puedes echarla así, es ilegal… —intentó defenderse Ricardo, buscando cualquier resquicio de control.
—¿Ilegal? ¿Me vas a hablar de leyes tú? —Valeria soltó una carcajada seca, carente de humor—. Es curioso que menciones las leyes justo ahora. Porque, verás, Ricardo, yo no solo fui de compras esta tarde.
Ricardo frunció el ceño, confundido. El miedo volvió a asomar por sus ojos, esta vez con más fuerza. Él sabía que cuando Valeria usaba ese tono pausado, algo grande estaba por suceder.
—¿De qué estás hablando? Fuiste por las cortinas… me dijiste que estarías en el centro comercial toda la tarde.
—Eso fue lo que te dije para que te sintieras lo suficientemente cómodo como para traer a tu «insignificancia» a mi sala —respondió ella, caminando hacia una de las bolsas que se habían caído al suelo.
Metió la mano en una de las bolsas de una boutique de lujo, pero no sacó un vestido ni un accesorio. Sacó un sobre de manila grueso, impecable, que contrastaba con el desorden de la habitación. Lo sostuvo en el aire por un momento, disfrutando del momento en que Ricardo comprendió que su mundo estaba a punto de colapsar.
—Hace semanas que el olor a mentira en esta casa me estaba provocando alergia, Ricardo. Pensaste que eras muy listo, que tus «viajes de negocios» y tus «reuniones hasta tarde» me tenían engañada. Pero se te olvidó un detalle fundamental: yo construí este imperio contigo. Yo sé leer los números, y también sé leer a las personas.
Valeria abrió el sobre con una calma exasperante. Sacó un fajo de papeles y los extendió sobre la mesa de centro, justo encima de donde los restos del vino todavía se expandían. Eran fotografías. Docenas de ellas. Ricardo con Elena en restaurantes discretos. Ricardo entrando a hoteles de paso. Ricardo comprándole joyas con la tarjeta de crédito corporativa que Valeria supervisaba.
—Este es el reporte del investigador privado que contraté el mes pasado —explicó ella, con voz firme—. Y esto… —sacó otro fajo de documentos— es la auditoría interna que mandé a hacer a la empresa. ¿De verdad creíste que no me daría cuenta de que estabas desviando fondos para tus «gastos personales»?
Ricardo cayó sentado en el sofá, como si le hubieran propinado un golpe físico. La arrogancia se había evaporado por completo. Estaba desnudo, no solo físicamente bajo esa manta, sino moralmente ante la mujer que lo había hecho todo por él.
—Valeria… yo… no sabía… —balbuceó.
—No sabías que yo era más inteligente que tú. Ese fue tu gran error. Me subestimaste. Pensaste que por ser tu esposa me conformaría con las migajas de tu atención y los lujos que tú creías que me regalabas, sin recordar que todo esto —ella señaló con un brazo la inmensidad de la mansión— es mío por derecho, por contrato y por inteligencia.
Se acercó a él, inclinándose ligeramente. El aroma de su perfume, caro y decidido, inundó los sentidos de Ricardo, recordándole todo lo que estaba perdiendo.
—¿Sabes qué es lo más gracioso? —continuó ella en un susurro—. Que hoy era nuestro aniversario. Tenía planeado darte una sorpresa. Una oportunidad para empezar de nuevo en otro país, un nuevo proyecto que nos daría paz. Pero la sorpresa me la diste tú a mí. Y te lo agradezco.
—¿Me lo agradeces? —preguntó él, sin entender.
—Sí. Me agradezco a mí misma por no haber esperado un día más para abrir los ojos. Me agradezco por haberme recordado quién soy yo y quién eres tú en realidad.
Valeria sacó un último documento del sobre. Era un fajo de papeles engrapados, con sellos legales y una firma que ya estaba estampada en la última página: la suya.
—Estos son los papeles del divorcio, Ricardo. Y no son unos papeles cualquiera.
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