Continuamos con la historia donde la dejamos, justo cuando la arrogancia está a punto de chocar de frente con la realidad…
Julián llegó a la sede corporativa de la empresa con el pecho inflado. El edificio de cristal y acero reflejaba su propia imagen, y eso le encantaba. Entró a la recepción como si fuera el dueño del lugar, ignorando el saludo cordial de la recepcionista.
— Quiero hablar con el gerente de zona. Ahora mismo —exigió, golpeando el mostrador de mármol con sus llaves.
— ¿Tiene una cita, señor? —preguntó la joven con paciencia profesional.
— No necesito cita. Soy Julián Valdés, tengo el contrato de alquiler Platinum. Y acabo de ser insultado en uno de sus talleres por un viejo mugriento que se hace pasar por mecánico.
La recepcionista cambió su expresión. No fue miedo lo que Julián vio en sus ojos, sino una especie de curiosidad extraña, casi como si estuviera viendo un choque de trenes a cámara lenta.
— Por supuesto, señor Valdés. El señor Rodrigo lo atenderá de inmediato. Pase a la sala de juntas del piso 12.
Julián subió por el ascensor panorámico, admirando la ciudad. Se sentía poderoso. En su mente, ya estaba redactando el post de Instagram: «Hoy tuve que poner orden en mi empresa de confianza. La excelencia no negocia con la mediocridad».
Al entrar en la sala de juntas, se encontró con Rodrigo, un hombre de unos cuarenta años, vestido con un traje impecable, que parecía estar revisando unos documentos con nerviosismo.
— ¡Rodrigo! —exclamó Julián—. Tienes un problema grave en el taller de la calle 5. Un viejo llamado Mateo, o algo así. Un tipo grosero, sucio, que se atrevió a decirme que mi auto estaba mal y que yo era un arrogante. Quiero que lo despidas hoy mismo.
Rodrigo levantó la vista. Estaba pálido.
— Señor Valdés… —empezó Rodrigo, pero su voz se quebró—. ¿Usted le dijo eso a Mateo?
— ¡Y mucho más! El tipo es una vergüenza para la imagen de Luxury Rental. Huele a grasa a kilómetros. No entiendo cómo permiten que gente así toque estos autos.
En ese momento, la puerta de la sala de juntas se abrió.
No entró un guardia de seguridad, ni otra secretaria. Entró un hombre joven, de unos treinta años, vestido con un traje negro de corte italiano que costaba más que todo el guardarropa de Julián. Llevaba un maletín de cuero y una expresión de absoluta seriedad. Era Esteban, el asistente personal de la presidencia del grupo.
— Rodrigo, ¿está todo listo? —preguntó Esteban, ignorando por completo a Julián.
— Sí, Esteban. Pero el señor Valdés está aquí para… para poner una queja —tartamudeó Rodrigo.
Esteban giró la cabeza y miró a Julián como si fuera un insecto interesante bajo un microscopio.
— ¿Una queja? —preguntó Esteban—. Qué coincidencia. Yo también vengo a entregar algo relacionado con el señor Valdés.
Esteban abrió su maletín y sacó una carpeta roja. Julián, sintiendo que recuperaba el control de la situación, intervino.
— Exacto. Supongo que vienes a darme alguna compensación por el mal rato. Ese mecánico es un desastre.
Esteban soltó un suspiro corto y miró a Rodrigo.
— Rodrigo, ¿le has explicado al señor Valdés quién es Mateo?
Rodrigo negó con la cabeza, incapaz de articular palabra.
— Verá, señor Valdés —dijo Esteban, caminando hacia la ventana—. La empresa «Luxury Rental & Sales» es solo una pequeña parte de un holding internacional llamado «M.S. Industrial». ¿Sabe qué significan las iniciales M.S.?
Julián frunció el ceño. No le gustaba el rumbo que estaba tomando la conversación.
— No tengo idea y no me interesa. Solo quiero que despidan al mecánico.
— M.S. significa «Mateo Santillán» —dijo Esteban, dándose la vuelta con una sonrisa gélida—. El «viejo mugriento» al que usted humilló esta mañana es el fundador, dueño y presidente de esta corporación. Y de este edificio. Y de ese Ferrari que usted ni siquiera ha terminado de pagar en el contrato de alquiler.
El silencio que siguió fue tan pesado que Julián sintió que el aire se escapaba de la habitación. Su boca se abrió, pero no salió ningún sonido. Sus manos empezaron a temblar ligeramente.
— Eso… eso es imposible —logró balbucear Julián—. El tipo estaba cubierto de aceite. Estaba limpiando el piso…
— Don Mateo limpia el piso de sus talleres porque dice que un líder debe conocer la base de su negocio —explicó Esteban con calma—. Él diseña los motores de alta competición que usted presume en sus redes sociales. Él prefiere pasar sus mañanas en el taller, donde se siente útil, que en esta oficina llena de gente como usted.
Julián sintió un frío helado recorrerle la espalda. Recordó las palabras de Mateo: «La vida da muchas vueltas».
— Pero… yo soy un cliente importante —intentó defenderse Julián, aunque su voz sonaba pequeña, casi ridícula.
— Usted ERA un cliente —corrigió Esteban, extendiendo un documento—. Don Mateo me llamó hace diez minutos desde su teléfono personal. Me pidió que le entregara esto. Es la rescisión inmediata de todos sus contratos con nosotros.
— ¿Qué? ¡No pueden hacer eso! Tengo un evento esta noche, necesito el auto.
— El contrato tiene una cláusula de «conducta y respeto» —dijo Esteban, señalando un párrafo subrayado—. Humillar al personal de la empresa, incluido el dueño, es causa de terminación inmediata sin devolución del depósito.
En ese momento, el teléfono de la sala de juntas sonó. Rodrigo contestó, escuchó un momento y colgó.
— El Ferrari acaba de ser inmovilizado por GPS —dijo Rodrigo, mirando a Julián con una mezcla de lástima e ironía—. Y la grúa ya está en camino para recogerlo donde sea que lo haya dejado estacionado en la puerta.
Julián se dejó caer en una de las sillas de cuero. Su mundo de apariencias se estaba desmoronando. Pero lo peor estaba por venir.
— Oh, y una cosa más —añadió Esteban mientras recogía sus papeles—. Don Mateo dice que, si quiere recuperar sus pertenencias personales que quedaron dentro del auto, tendrá que ir a buscarlas personalmente al taller.
— ¿Al taller? —preguntó Julián con horror.
— Sí. Él lo está esperando. Dice que todavía tienen que terminar la conversación sobre el sonido de la biela.
Julián sintió que el estómago se le revolvía. La idea de volver a enfrentarse a aquel hombre, ahora sabiendo quién era realmente, era la humillación final. Pero no tenía opción. Sus llaves de casa, su billetera secundaria y su laptop estaban en el asiento del pasajero del Ferrari.
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