Estás en la parte 2: la historia continúa y la tensión es insoportable…
El sonido de la cremallera terminando su recorrido fue como el disparo de salida para una tragedia.
Mateo sacó el objeto de su bolso. No era un arma de fuego, no en el sentido convencional, pero para Elena y su amante, lo que Mateo sostenía tenía el mismo poder destructor que una bala directo al corazón.
Era un arma, sí. Pero era un arma cargada de verdad.
Mateo sacó una pequeña cámara de alta resolución y un fajo de fotografías que arrojó sobre la cama, sobre los cuerpos desnudos de quienes lo habían traicionado.
Elena bajó la vista y soltó un grito ahogado. En las fotos no aparecía el hombre que estaba con ella en ese momento. Aparecían otros. Tres hombres distintos en diferentes hoteles de la ciudad, en diferentes fechas.
—¿Pensaste que era un tonto, Elena? —preguntó Mateo, y esta vez su voz no tembló—. Pensaste que un hombre que levantó una multinacional desde la nada no iba a notar que las cuentas no cuadraban, que tus historias tenían agujeros y que tu perfume siempre olía a una culpa que intentabas lavar con mi dinero.
El joven amante, al ver que no era una pistola, sintió un breve alivio que se esfumó de inmediato cuando Mateo lo miró fijamente.
—Tú no eres más que el entretenimiento de hoy —le dijo Mateo con un desprecio infinito—. Ella no te quiere a ti, ni quería a los de las fotos. Ella solo quiere lo que yo puedo comprar. Y lo que es peor, tú eres tan insignificante que ni siquiera apareces en mis reportes.
Elena estaba pálida. El juego se había acabado. Ya no podía fingir arrepentimiento porque la evidencia de que su traición no era un desliz, sino un estilo de vida, estaba esparcida sobre sus piernas.
—Mateo, yo… puedo explicarlo. Esos hombres no significan nada, yo estaba sola, tú siempre trabajabas… —intentó defenderse ella, usando la vieja táctica de culpar a la víctima.
—¿Trabajaba? —Mateo dio un golpe en la mesa de noche que hizo saltar la lámpara de cristal—. Trabajaba para que no te faltara nada. Trabajaba para que tus padres tuvieran la mejor atención médica. Trabajaba para construir un futuro. Pero me olvidé de que no se puede construir un futuro sobre una base de lodo.
Mateo se sentó en un sillón individual, frente a la cama. Cruzó las piernas con una elegancia que contrastaba con el caos de la situación.
En ese momento, sacó un segundo objeto de su bolso. Esta vez sí era un arma. Una pequeña pistola negra, reluciente, que descansó sobre su regazo.
El pánico regresó multiplicado por mil. El amante de Elena se puso a llorar abiertamente, pidiendo clemencia, jurando que no sabía que ella estaba casada, una mentira que nadie creyó.
—Tranquilos —dijo Mateo, acariciando el cañón del arma—. No voy a manchar mis alfombras con sangre tan barata. No valen los años de cárcel que me darían. Pero eso no significa que vayan a salir de aquí ilesos.
Mateo comenzó a relatar, con un detalle escalofriante, cómo había seguido cada uno de sus movimientos durante los últimos seis meses.
Les contó cómo había instalado cámaras ocultas no solo en la casa, sino en los lugares que ella frecuentaba.
Les describió conversaciones íntimas que Elena había tenido, donde se burlaba de la «ingenuidad» de Mateo y de cómo planeaba quitarle la mitad de su fortuna en un divorcio bien orquestado.
—Lo tenías todo planeado, ¿verdad, Elena? El abogado, las falsas denuncias de maltrato psicológico que ibas a inventar, los testigos pagados… —Mateo sonrió con amargura—. Pero cometiste un error. Olvidaste que yo siempre voy tres pasos por delante.
Elena ya no lloraba. Su rostro se transformó. La máscara de víctima se cayó y dejó ver a una mujer fría y calculadora.
—¿Y qué vas a hacer? —escupió ella con odio—. Si me matas, te pudres en la cárcel. Si me echas, la ley me protege. Me corresponde la mitad de todo esto, Mateo. Así que guarda tu juguetito y acepta que perdiste.
Esa era la Elena real. La que Mateo se había negado a ver por tanto tiempo. La mujer que amaba el poder más que a las personas.
Mateo se levantó lentamente. El arma seguía en su mano, pero su dedo no estaba en el gatillo. Se acercó a la ventana y miró hacia el jardín iluminado.
—Tienes razón, Elena. La ley te protegería… si estuviéramos en un escenario normal —dijo él sin darse la vuelta—. Pero resulta que este bolso cruzado no solo guarda una cámara y un arma. También guarda los documentos que firmaste hace tres años, cuando te puse como socia de la empresa para «protegerte».
Elena frunció el ceño, confundida.
—Documentos que, gracias a tus propios movimientos fraudulentos para desviar dinero a tus amantes, ahora te vinculan con delitos fiscales de los que yo soy la principal víctima —continuó Mateo—. En este momento, afuera no solo está el silencio de la noche. Están llegando las autoridades.
El color desapareció por completo del rostro de Elena. El amante, viendo su oportunidad, intentó correr hacia la puerta, pero Mateo levantó el arma y disparó.
El estruendo fue ensordecedor. El proyectil no impactó en el hombre, sino en el marco de la puerta, a escasos centímetros de su cabeza. El joven cayó al suelo, orinándose del miedo.
—Nadie sale de aquí hasta que yo lo diga —sentenció Mateo con una frialdad que helaba la sangre.
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