Muchos pasaron de largo ignorando el ruido del impacto, pero tú sentiste que algo no estaba bien y quisiste llegar hasta el fondo de esta historia. Continuemos.
Elena se quedó petrificada, con la mano cubriéndose la boca y los ojos fijos en el suelo de mármol del lobby. El eco del golpe seco todavía resonaba en las paredes de cristal de la Gran Torre Empresarial. No podía creer lo que acababa de presenciar. Apenas unos segundos antes, el ambiente era el habitual: el murmullo de los tacones, el aroma a café caro y el sonido de los teléfonos. Pero ahora, el silencio era absoluto, roto solo por la respiración agitada de Julián, el flamante Director de Operaciones.
Julián no se movía. Se limitaba a observar sus zapatos italianos, ahora manchados con un poco de agua jabonosa, con una expresión de asco infinito. A sus pies, Don Samuel, el conserje que llevaba más de veinte años cuidando cada rincón de ese edificio, intentaba incorporarse. Sus manos viejas y callosas resbalaban en el suelo mojado, y su gorra de uniforme había volado un par de metros más allá.
—¡Maldito viejo estúpido! —rugió Julián, y su voz, cargada de un odio innecesario, pareció hacer vibrar los cristales—. Mira lo que has hecho. Estos zapatos valen más de lo que tú vas a ganar en los próximos tres años limpiando baños.
Don Samuel, con un quejido sordo, logró apoyar una rodilla. Sus ojos, nublados por la edad pero llenos de una dignidad que Julián jamás entendería, buscaron la mirada de su agresor. No había miedo en ellos, sino una especie de tristeza profunda, casi como si estuviera viendo a un niño malcriado tener un berrinche en lugar de a un ejecutivo de alto rango.
—Lo siento, señor Julián… el piso estaba recién encerado, puse el cartel de precaución… —alcanzó a decir el anciano con voz temblorosa.
—¡Me importa un bledo tu cartel! —interrumpió Julián, dando un paso hacia adelante. Elena pensó por un momento que volvería a golpearlo—. Deberías estar agradecido de que no te haga pagar la limpieza de mi traje ahora mismo. Eres un estorbo, Samuel. Gente como tú es la que detiene el progreso de esta empresa. Viejos inservibles que solo saben estorbar el paso de quienes de verdad producimos dinero.
Elena, que apenas era una asistente administrativa de nivel básico, sintió que la sangre le hervía. Miró a su alrededor. Otros ejecutivos se habían detenido, pero la mayoría simplemente desviaban la mirada, temerosos de contrariar al hombre que tenía el poder de despedirlos con un chasquido de dedos. Julián era conocido por su temperamento volátil, pero esto cruzaba todos los límites.
—Señor Julián… —se atrevió a decir Elena, dando un paso al frente con las piernas temblando—. Don Samuel solo estaba haciendo su trabajo. El piso realmente estaba resbaladizo.
Julián giró la cabeza lentamente hacia ella, con una sonrisa cínica dibujándose en su rostro perfectamente afeitado. —Vaya, la justicia ha llegado en forma de una empleada que ni siquiera sé cómo se llama. ¿Quieres acompañarlo a la calle, preciosa? Porque si tienes tanto tiempo para defender a este despojo humano, asumo que tu carga de trabajo es nula.
Elena tragó saliva. El miedo la atenazó, pero no apartó la vista. Don Samuel, mientras tanto, finalmente se puso de pie. Se sacudió el polvo del uniforme azul con parsimonia, recogió su gorra y se la colocó con cuidado. No se quejó del dolor en su cadera, ni del moretón que seguramente ya se estaba formando en su brazo.
—No se preocupe, señorita Elena —dijo Don Samuel con una suavidad que desarmó la tensión por un instante—. Hay personas que confunden el valor de las cosas con el precio de las mismas. El señor Julián solo está teniendo un día difícil.
Julián soltó una carcajada estridente y seca. —¿Un día difícil? Mi día es perfecto, anciano. Mañana seré nombrado socio principal de esta firma. Y mi primer acto oficial será firmar tu carta de despido por negligencia y alteración del orden. Disfruta tus últimas horas aquí, porque mañana, cuando yo suba a esa oficina de la última planta, tú estarás recogiendo tus trapos viejos de la calle.
Sin decir una palabra más, Julián se ajustó la corbata de seda, se sacudió una pelusa invisible del hombro y caminó hacia los ascensores privados con el pecho inflado de una victoria vacía. El sonido de sus pasos decididos se fue perdiendo, dejando tras de sí un rastro de prepotencia y el olor pesado de su loción de diseñador.
Elena se acercó rápidamente a Don Samuel. —¿Está bien? Por favor, déjeme ayudarlo a ir a la enfermería. Ese hombre es un monstruo, no puedo creer que nadie hiciera nada.
Don Samuel la miró y, para sorpresa de Elena, le dedicó una sonrisa pequeña y enigmática. Había algo en su postura, algo que había cambiado en el momento en que Julián desapareció tras las puertas doradas del ascensor. Ya no parecía el anciano encorvado y frágil de hace un momento.
—No te preocupes por mí, hija. He aguantado tormentas mucho más fuertes que los gritos de un hombre pequeño —comentó Samuel, mientras sus ojos se fijaban en el panel del ascensor que marcaba el piso al que Julián se dirigía—. Lo que me duele es que en el edificio que yo mismo levanté, se trate así a las personas.
Elena frunció el ceño, confundida por sus palabras. «¿El edificio que él levantó?». Pensó que quizás el golpe en la cabeza lo había dejado un poco desorientado.
—Vaya a descansar, Don Samuel. Yo terminaré de recoger esto. No deje que las palabras de ese tipo le afecten, él no es el dueño de la verdad.
—No, Elena —respondió él, y por primera vez ella notó que su tono de voz no era el de un subordinado, sino el de alguien con una autoridad natural y serena—. Él no es el dueño de la verdad. Pero lo que él no sabe, es que tampoco es el dueño de su propio destino mañana por la mañana.
Samuel se dio la vuelta y comenzó a caminar hacia el cuarto de mantenimiento, pero antes de entrar, se detuvo y miró directamente hacia una de las cámaras de seguridad que colgaban del techo, haciendo un gesto casi imperceptible con la cabeza. Elena se quedó sola en el lobby, con el corazón latiendo a mil por hora, sin saber que acababa de ser testigo del principio del fin de una era.
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