Continuamos con la historia justo en el momento en que esa sonrisa lo cambió todo…
Aquella sonrisa de la oficial Elena a la cámara no fue captada por los guardias que corrían hacia ellos, pero quedó grabada para siempre en la cinta digital de la prisión. Era la sonrisa de alguien que acababa de ganar una partida de ajedrez que todos los demás pensaban que estaba perdiendo.
—Ya es hora —susurró ella, tan bajo que solo Mateo pudo escucharla entre el caos de los gritos y los silbatos.
Mateo asintió imperceptiblemente. Su «ataque» no era más que una distracción magistral. Mientras parecía que la estaba asfixiando, sus manos en realidad estaban trabajando en el cinturón táctico de Elena. Con la destreza de alguien que ha practicado un movimiento mil veces en su mente, Mateo deslizó una pequeña tarjeta de acceso magnética que Elena había dejado estratégicamente floja en uno de sus compartimentos ocultos.
La tarjeta desapareció dentro de la manga del uniforme naranja de Mateo en un parpadeo. En ese mismo instante, los guardias Vargas y Mendoza cayeron sobre él.
El impacto fue brutal. Los guardias derribaron a Mateo con toda su fuerza, presionando su rostro contra el suelo. Se escuchó el crujido de las esposas cerrándose con violencia sobre sus muñecas. Elena se incorporó lentamente, fingiendo que le costaba respirar, llevándose una mano al cuello para masajear la zona donde supuestamente Mateo la había apretado.
—¿Está bien, jefa? —preguntó Vargas, con la cara roja por el esfuerzo de mantener a Mateo inmovilizado—. ¡Este animal casi la mata! ¡Llévenlo al pozo de inmediato!
Elena se puso de pie, limpiándose el polvo de los pantalones. Su mirada volvió a ser la de «La Sombra»: fría, distante, impenetrable. Miró a Mateo, quien ahora estaba siendo levantado del suelo sin piedad por otros dos oficiales.
—Llévenselo —dijo Elena con voz firme, sin que le temblara el pulso—. Yo misma me encargaré del informe de seguridad. Nadie entra a su celda hasta que yo lo autorice. ¿Quedó claro?
Los guardias asintieron. Nadie cuestionaba a Elena. Ella era la ley dentro de esos muros. Mientras se llevaban a Mateo, él se permitió un último acto de rebeldía, escupiendo al suelo y gritando obscenidades, manteniendo la fachada de recluso indomable hasta el final.
Elena caminó hacia la oficina de monitoreo. Cada paso que daba resonaba en el pasillo metálico, pero por dentro, su corazón latía a mil por hora. Recordó el día, hace cinco años, cuando su vida se partió en dos. Su hermano menor, Mateo, el estudiante de derecho con un futuro brillante, había sido incriminado por un crimen que no cometió. Un montaje político, una red de corrupción que necesitaba un chivo expiatorio.
Ella lo vio todo desde afuera, impotente. Vio cómo los abogados eran comprados, cómo las pruebas desaparecían y cómo su hermano era sentenciado a veinte años en la peor cárcel del país. Fue ese día cuando Elena tomó una decisión radical. Dejó su carrera en la policía metropolitana y se postuló para el servicio penitenciario. Le tomó tres años de trabajo impecable y de una frialdad calculada escalar posiciones hasta convertirse en la oficial jefa de «La Cumbre».
Todo lo que había hecho —cada sanción impuesta, cada mirada gélida, cada hora extra de vigilancia— había sido para este momento. Ella no estaba allí para vigilar criminales; estaba allí para infiltrarse en el sistema desde sus entrañas y sacar al único pedazo de familia que le quedaba.
Al entrar en la sala de control, el alcaide, un hombre gordo y sudoroso llamado Gutiérrez, la recibió con preocupación fingida.
—Oficial Elena, eso fue terrible. ¿Cómo pudo permitir que ese delincuente se le acercara tanto? —preguntó Gutiérrez, mientras devoraba una dona.
—Fue un descuido, señor Alcaide —respondió ella, manteniendo la vista en las pantallas—. No volverá a ocurrir. Pero me dio la oportunidad de identificar un punto ciego en la seguridad del patio. Necesito revisar las grabaciones a solas para ajustar los protocolos.
Gutiérrez, que prefería evitar cualquier tipo de trabajo real, asintió con la cabeza y salió de la sala, dejando a Elena sola frente a la consola.
Ella bloqueó la puerta y se sentó. Sus dedos volaron sobre el teclado. No estaba revisando el ataque; estaba borrando los segundos exactos en los que se veía a Mateo tomar la tarjeta de acceso. Estaba manipulando el sistema para que, durante la próxima hora, el sensor de la puerta trasera de la lavandería dejara de registrar movimientos.
Miró el reloj de la pared. El cambio de turno sería en treinta minutos. Ese era el margen. El plan era suicida: Mateo usaría la tarjeta para entrar al conducto de ventilación de la lavandería, que conectaba directamente con el sistema de drenaje pluvial que ella misma había inspeccionado meses atrás.
Sin embargo, algo no cuadraba. En la pantalla de seguridad de la enfermería, Elena vio algo que le heló la sangre. El guardia Mendoza no había llevado a Mateo a las celdas de aislamiento. Lo estaban desviando hacia el bloque de interrogatorios especiales, un lugar donde las reglas no existían y donde Gutiérrez solía «resolver» sus problemas personales.
Elena sintió un sudor frío recorrer su espalda. Si Mendoza registraba a Mateo antes de llegar a la celda, encontraría la tarjeta de acceso. Y si encontraba la tarjeta, todo habría terminado. Mateo sería ejecutado extraoficialmente y ella terminaría tras las rejas o muerta.
Tenía que actuar. No podía usar la radio porque todas las frecuencias estaban siendo grabadas. Tenía que llegar a la sala de interrogatorios antes que ellos, pero cruzar la prisión en medio de un código rojo de seguridad era casi imposible, incluso para ella.
En ese momento, la alarma de la prisión comenzó a sonar de nuevo, pero esta vez no era por una pelea. Era una alarma de incendio. Humo negro empezó a salir de la cocina, justo en el camino hacia los interrogatorios.
Elena sonrió para sí misma por segunda vez. Mateo lo había logrado. Antes de ser capturado del todo, debió haber iniciado el pequeño dispositivo incendiario que ella le había pasado la semana anterior en una bandeja de comida. El caos era su mejor aliado.
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