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El Secreto del Dormitorio B-207: Cuando la Apariencia Engaña

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El bullicio habitual del inicio de semestre llenaba los pasillos de la academia central con el eco de maletas rodando, saludos efusivos y el inconfundible aroma a café recién preparado. Entre la multitud destacaba el trío más comentado del campus: Lucero, Sofía y Renata. Con atuendos impecables y pasos seguros que parecían sacados de un catálogo de moda digital, avanzaban bajo la resolana de la explanada universitaria conversando sobre el año que comenzaba.

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—Otro año juntas en la universidad, chicas, qué emoción —comentó Renata con una sonrisa deslumbrante.

—Otro año donde volveré a conquistar a todos los chicos —respondió Lucero acomodando su melena dorada con naturalidad coqueta.

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—Ay Lucero, tú siempre tan coqueta —bromeó Sofía entre risas compartidas antes de detenerse frente a la cartelera principal—. Oigan, vamos a revisar con quién compartiremos habitación.

Al revisar las hojas de asignación fijadas en el muro, la suerte no favoreció al grupo: Lucero y Sofía compartirían el mismo cuarto, pero Renata había sido asignada a un dormitorio separado.

—Nos tocó juntas, Lucero —anunció Sofía—. Pero a ti, Renata… te tocó con una tal Hilary Thomas.

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—Tranquila, Renata —la consoló Lucero rodeándola con un abrazo—. Que nos haya tocado en diferentes dormitorios no significa que dejaremos de ser las mejores amigas.

—Tienen razón. Un dormitorio no es tan relevante. Las veo en el almuerzo, chicas —concluyó Renata antes de despedirse y caminar con paso ligero hacia el pabellón B.

Frente a la puerta del dormitorio B-207, Renata respiró hondo. «Por favor, que no sea una persona conflictiva», pensó mientras giraba la llave dorada en la cerradura. La habitación estaba en silencio, bañada por una luz tenue y decorada con carteles minimalistas. Aliviada de haber llegado primero, dejó su maleta blanca al pie de la cama y comenzó a desemacar sus prendas favoritas con cuidado milimétrico.

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El sonido del pestillo interrumpió su rutina minutos después. Una joven de cabello color rosa pastel, falda tableada y una maleta a juego ingresó tímidamente.

—Hola… ¿tú eres Renata? —preguntó la recién llegada con voz suave.

—Sí. Tú debes ser Hilary, ¿verdad? Mucho gusto.

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—Mucho gusto, qué emoción. Me mudé hace muy poco —explicó Hilary mientras tomaba asiento en la cama opuesta—. Mi madre falleció recientemente y solo busco enfocarme en los estudios para salir adelante.

—Lo siento mucho, de verdad —respondió Renata con empatía genuina—. ¿Qué te parece si vamos a la cafetería a comer algo y despejar la mente?

En el comedor universitario, las bandejas metálicas y las charlas animadas dominaban el ambiente. Renata guio a su nueva compañera hacia la mesa donde ya almorzaban Lucero y Sofía.

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—Chicas, ella es Hilary, mi nueva compañera de cuarto —presentó Renata con amabilidad.

—Hola Hilary, mucho gusto —saludaron al unísono, aunque sus miradas escaneaban cada detalle de la recién llegada.

—Oye Renata, ¿me podrías enseñar el resto de los edificios del campus antes de que comiencen las clases? —pidió Hilary con una ligera inclinación de cabeza.

—Claro, vamos de una vez. ¡Nos vemos luego, chicas!

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Apenas ambas figuras se perdieron tras las puertas de cristal del comedor, la expresión en la mesa cambió radicalmente. Lucero soltó el tenedor sobre la bandeja, ladeando la cabeza con evidente desconfianza.

—Oye Sofía… ¿no te parece que esa tal Hilary es un poco rara?

—¿Tú crees, Lucero? —preguntó Sofía observando el vaso de café vacío que había quedado sobre la mesa.

—No sé… no me dio buena espina. Hay algo en su actitud reservada que no termina de encajar.

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Sin saberlo, las sospechas infundadas nacidas en aquella mesa estaban a punto de desatar una rivalidad innecesaria en los pasillos de la facultad. Hilary no buscaba llamar la atención ni competir por la popularidad del campus, pero su reserva escondía una historia de resiliencia y lazos institucionales que muy pronto pondrían a prueba la soberbia de quienes juzgaron su silencio demasiado pronto.

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