Seguimos exactamente en el segundo donde la tensión rompió el aire y el primer golpe cambió el destino de todos…
El primer movimiento fue tan rápido que el ojo humano apenas pudo procesarlo. Antes de que Vargas pudiera descargar la corriente eléctrica sobre ella, Elena se agachó con una flexibilidad sobrenatural. El arma de choque pasó a milímetros de su oreja. En un movimiento fluido, usó la cadena de sus esposas como un lazo, envolviendo la muñeca del sargento y tirando de él hacia adelante.
El peso de Vargas se convirtió en el escudo de Elena. Los otros guardias, sorprendidos por la velocidad de la prisionera, dudaron un segundo fatal. En ese segundo, Elena golpeó la tráquea de Vargas con la base de sus palmas unidas, dejándolo sin aire y usándolo como plataforma para impulsarse.
Lanzó una patada giratoria que impactó de lleno en el casco del guardia que estaba a su derecha. El sonido del policarbonato crujiendo bajo la fuerza del impacto fue como un cristal rompiéndose en una iglesia silenciosa. El hombre cayó hacia atrás, chocando contra la pared y estorbando el paso de sus compañeros.
—¡Atrápenla! ¡Usen la fuerza letal! —gritó uno de los guardias del fondo, pero su voz sonaba aguda, cargada de un pánico que no podía ocultar.
Elena se movía como una sombra entre las luces rojas. No corría; bailaba un vals de destrucción perfectamente coreografiado. A pesar de las esposas, sus manos eran letales. Utilizaba el eslabón central de la cadena para atrapar los dedos de los atacantes, rompiéndolos con un giro seco que enviaba gritos de dolor a través del pasillo.
Uno de los hombres, el más grande del grupo, intentó taclearla contra la pared de metal. Elena no se resistió; usó el impulso de él. En el momento del impacto, giró sobre su propio eje, haciendo que el guardia golpeara el metal con su hombro. Antes de que pudiera recuperarse, Elena le propinó un rodillazo en la base del cráneo, apagándole las luces instantáneamente.
El pasillo se había convertido en un caos de gemidos y cuerpos cayendo. Pero Elena no se detenía. Sus pensamientos volaban hacia su hija, hacia la promesa que se hizo de volver a casa, hacia la traición que la puso en ese agujero. Cada golpe que lanzaba llevaba el peso de tres años de injusticia.
Vargas, recuperando el aire a duras penas, sacó una porra de metal expandible de su cinturón. Estaba furioso. Sus ojos inyectados en sangre buscaban a la mujer que estaba humillando a su unidad de élite.
—¡Maldita seas, Rossi! ¡De aquí no sales viva! —rugió, lanzando un golpe descendente que habría roto el cráneo de cualquier hombre normal.
Elena lo esquivó con un movimiento lateral mínimo, apenas lo suficiente para que la porra rozara su uniforme gris. Con un movimiento de cadera, se colocó detrás de él. Pasó la cadena de sus esposas por encima de la cabeza de Vargas, cruzándola bajo su barbilla. Era una llave de estrangulamiento perfecta.
Los otros dos guardias que quedaban en pie se congelaron. Ver a su líder siendo sometido por una mujer encadenada era algo que sus mentes no lograban procesar. Intentaron avanzar, pero Elena apretó el agarre, usando a Vargas como rehén y escudo humano al mismo tiempo.
—Un paso más y el sargento no volverá a cenar con su familia —dijo Elena. Su voz no estaba agitada. No jadeaba. Era como si estuviera dando una lección en un aula, no peleando por su vida.
—No… no disparen… —balbuceó Vargas, cuyo rostro empezaba a adquirir un tono púrpura preocupante.
Pero las órdenes que estos hombres habían recibido eran claras: Elena Rossi no podía salir de ese pasillo. Ni siquiera si eso significaba sacrificar a uno de los suyos. Uno de los guardias metió la mano en su funda, buscando su arma de fuego, rompiendo el protocolo de la prisión que prohibía armas letales en los pasillos de las celdas.
Elena lo vio venir. Su instinto de supervivencia, pulido en las misiones más peligrosas del mundo, le gritó que el tiempo de los juegos había terminado. Con un rugido de esfuerzo, lanzó el cuerpo de Vargas contra el guardia armado. Los dos hombres colisionaron en un amasijo de equipo táctico y extremidades.
En ese instante de confusión, Elena se lanzó al suelo. Sus dedos buscaron frenéticamente en el cinturón de uno de los guardias caídos. Encontró lo que buscaba: la llave maestra de las esposas de alta seguridad.
Con una destreza que desafiaba la lógica, insertó la llave y giró mientras rodaba por el suelo para evitar una descarga de disparos que impactaron en las paredes, dejando agujeros humeantes en el metal.
Click.
Las esposas cayeron al suelo con un tintineo metálico que pareció silenciar todo el pasillo.
Elena se puso de pie lentamente. Por primera vez en tres años, sus manos estaban libres. Extendió los dedos, sintiendo cómo la sangre circulaba sin obstáculos. Miró a los dos guardias restantes, quienes ahora sostenían sus armas con manos temblorosas. El miedo que sentían ya no era por su reputación; era el miedo de una presa que se da cuenta de que el depredador ha sido liberado de su jaula.
La verdadera batalla estaba a punto de alcanzar su punto más álgido.
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