Continuamos con la historia donde la dejamos, justo cuando el peligro golpea a la puerta…
El primer golpe contra la puerta principal no fue un estruendo, sino un sonido seco, profesional. Estaban usando un ariete manual. Don Samuel sabía que esa puerta de roble era fuerte, pero no invencible. Tenía quizás sesenta segundos antes de que la cabaña dejara de ser su refugio para convertirse en su tumba.
Con una agilidad que no creía poseer a sus setenta y cuatro años, se arrastró por el pasillo. No encendió ninguna luz. Conocía cada rincón, cada irregularidad del suelo, cada aroma de su casa. Bajó los escalones del sótano casi deslizándose. El aire allí abajo era más pesado, cargado de olor a humedad y aceite de motor.
Llegó al baúl. Estaba cubierto por una lona vieja. Al quitarla, el polvo le provocó una punzada en la nariz, pero se contuvo de estornudar. El candado era simple, pero no tenía la llave. Sin pensarlo dos veces, agarró un martillo pesado de su mesa de trabajo y, envolviéndolo en un trapo para amortiguar el golpe, golpeó el cierre con toda su alma.
El metal cedió. Al abrir la tapa, no encontró papeles. Lo que vio bajo la tenue luz de una pequeña linterna de mano lo dejó sin aliento. Había fajos de billetes de alta denominación, pero eso no era lo más importante. Debajo del dinero, había un dispositivo electrónico con una pantalla pequeña y un teclado, junto a un sobre de cuero que decía: «En caso de que me busquen, entrégalo».
Arriba, el sonido de la madera astillándose le indicó que la puerta principal había cedido.
—¡Despéjen la sala! —gritó una voz autoritaria—. ¡Busquen al viejo, no lo maten si no es necesario, pero aseguren el paquete!
Samuel sintió una mezcla de rabia y tristeza. Mateo lo había usado. Su hijo, su orgullo, lo había convertido en el guardián de algo que claramente no le pertenecía. Pero no había tiempo para reproches. El sobre de cuero pesaba en sus manos como si estuviera hecho de plomo.
De repente, el teléfono en su bolsillo vibró de nuevo. Era un mensaje de texto. Un número desconocido. «Abre el dispositivo. Presiona el botón rojo. Tienes 10 segundos».
Samuel miró el dispositivo electrónico. El botón rojo parpadeaba como un ojo sangriento en la penumbra del sótano. ¿Era una bomba? ¿Era su salvación? Sus dedos dudaron. Los pasos de los hombres ya estaban en la cocina, justo encima de su cabeza. Escuchaba cómo tiraban los platos, cómo volcaban las sillas de la mesa donde él desayunaba cada mañana.
—¡Aquí hay una trampilla! —gritó uno de los hombres arriba—. ¡Está en el sótano!
Ya no había vuelta atrás. Samuel presionó el botón.
En lugar de una explosión, un pitido agudo llenó el aire, seguido de una voz sintética que comenzó una cuenta regresiva. Al mismo tiempo, las luces de emergencia de la cabaña, un sistema que Samuel ni siquiera sabía que Mateo había instalado, se encendieron con un resplandor azul cegador.
Los hombres irrumpieron en el sótano justo cuando la cuenta llegaba a cero. Samuel levantó las manos, sosteniendo el sobre de cuero. El líder del escuadrón, un hombre con una cicatriz que le cruzaba la mejilla izquierda, se detuvo en seco. Sus hombres apuntaron sus láseres rojos directamente al pecho del anciano.
—Danos el sobre, abuelo, y podrás volver a dormir —dijo el hombre de la cicatriz con una sonrisa gélida.
—¿Quiénes son ustedes? —preguntó Samuel, intentando que su voz no flaqueara—. ¿Qué quieren de mi hijo?
—Tu hijo es un hombre muy inteligente, pero cometió el error de creer que podía jubilarse con lo que no era suyo —respondió el líder, extendiendo la mano—. Ese sobre contiene los códigos de acceso a las cuentas de la red de inteligencia que él ayudó a construir. Ahora, dalo por las buenas.
Samuel miró el sobre. Luego miró el dispositivo. El pitido había cambiado de ritmo. No era una bomba para la casa. Era algo más.
—Mateo me dijo que los esperara —mintió Samuel, ganando segundos—. Me dijo que si llegaban, les dijera que el trato ha cambiado.
El líder frunció el ceño. Por un segundo, la duda cruzó su rostro. Fue en ese preciso instante cuando un estruendo ensordecedor sacudió la montaña entera. No venía de la casa, sino de afuera. Una ráfaga de viento huracanado comenzó a azotar la cabaña, y el sonido de hélices de helicóptero ahogó cualquier posibilidad de diálogo.
—¿Qué demonios es eso? —gritó uno de los soldados, mirando hacia la pequeña ventana del sótano que daba al nivel del suelo.
Luces blancas potentes, como soles artificiales, inundaron el bosque. La voz de un megáfono retumbó desde el cielo, haciendo vibrar los cristales.
—»Unidad Táctica no autorizada, depongan las armas. Están rodeados por fuerzas federales».
El hombre de la cicatriz maldijo y se volvió hacia Samuel, con el dedo apretando el gatillo. Pero Samuel ya no estaba allí. En la confusión de las luces y el ruido, el anciano se había lanzado detrás de su pesado banco de trabajo de hierro.
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