Hiciste bien en no quedarte con la duda, porque lo que estás a punto de descubrir es mucho más oscuro de lo que imaginabas.
¿Hasta dónde serías capaz de llegar para proteger el nombre de tu familia? Esa era la pregunta que martilleaba en la cabeza de Elena mientras sentía el metal frío de la barandilla del yate clavándose en su espalda. El viento rugía con una furia incontrolable, como si el mismo océano estuviera gritándole que huyera, pero no había rastro de tierra firme a la redonda. Solo oscuridad, salitre y el eco de una traición que apenas comenzaba a digerir.
Frente a ella, los dos hombres que alguna vez llamó amigos, y en quienes confió sus miedos más profundos, la miraban con una frialdad que le helaba la sangre. Julián, el mayor, sostenía una copa de cristal con una elegancia que resultaba insultante en medio de la tormenta. Mateo, a su lado, mantenía las manos en los bolsillos de su gabardina de marca, con la mirada perdida en algún punto del horizonte negro.
—Te lo advertimos, Elena —dijo Julián, su voz cortando el viento como una cuchilla afilada—. Hay puertas que es mejor no abrir. Hay archivos que debieron quedarse bajo llave y secretos que mueren con quienes los crean.
Elena intentó hablar, pero el nudo en su garganta era tan grande que apenas pudo emitir un gemido. Sus manos temblaban violentamente. En su mente, las imágenes de aquellas fotografías que encontró en el despacho de Don Agustín, el padre de ambos, se repetían como una película de terror. No eran solo negocios sucios; era sangre, era el origen de una fortuna construida sobre el sufrimiento de personas que nunca tuvieron voz.
—Tu padre… él no era quien ustedes dicen —logró articular Elena, con la voz quebrada—. Lo que hizo en aquel pueblo, las familias que destruyó… Julián, no pueden simplemente pretender que nada pasó.
Julián soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humor. Dio un paso hacia ella, obligándola a inclinarse más sobre el borde del yate. El balanceo de la embarcación era cada vez más violento, y las olas golpeaban el casco con una fuerza que hacía vibrar el suelo bajo sus pies.
—¿Crees que no lo sabemos? —susurró Julián, acercando su rostro al de ella—. Mi padre fue un hombre práctico. Construyó este imperio para nosotros. Y nosotros no vamos a dejar que una «idealista» con delirios de justicia venga a derribarlo todo por un par de papeles viejos.
Elena buscó la mirada de Mateo, esperando encontrar un rastro de la bondad que creyó ver en él durante meses de salidas y confidencias. Pero Mateo no la miraba a ella; miraba el agua oscura que se agitaba furiosa debajo del yate.
—Mateo, por favor… —suplicó ella, las lágrimas mezclándose con el agua de la lluvia que le empapaba el rostro—. Tú no eres como él. Tú me dijiste que querías cambiar las cosas.
Mateo finalmente levantó la vista. En sus ojos no había odio, pero había algo mucho más aterrador: indiferencia. Una resignación absoluta ante el destino que su hermano mayor ya había decidido para ella.
—Elena, debiste quemar esos documentos en cuanto los viste —dijo Mateo con una voz monótona, casi triste—. Ahora es demasiado tarde para los arrepentimientos.
El viento sopló con una racha todavía más fuerte, haciendo que el yate se inclinara peligrosamente. Elena perdió el equilibrio por un segundo y sintió que su vida pendía de un hilo. El miedo, que hasta entonces había sido un frío paralizante, se transformó en una adrenalina desesperada. Intentó correr hacia la cabina, pero Julián fue más rápido. La agarró del brazo con una fuerza inhumana, sus dedos hundiéndose en su piel como garras.
—¿A dónde vas, querida? —preguntó él, con una sonrisa que no llegaba a sus ojos—. La cena todavía no ha terminado. Y el mar… el mar tiene mucha hambre esta noche.
Elena forcejeó, gritando con todas sus fuerzas, pero sus gritos se perdían en el rugido de la tormenta. Nadie la escucharía. Estaban a kilómetros de la costa, en un barco registrado a nombre de una empresa fantasma, rodeados de una oscuridad que parecía tragarse toda esperanza.
Julián la arrastró de nuevo hacia la borda. El metal de la barandilla estaba resbaladizo por la lluvia. Elena podía oler el perfume caro de Julián mezclado con el olor a diesel del motor y el aroma metálico del miedo.
—¿Sabes qué es lo más triste de todo esto? —dijo Julián, hablando casi al oído de ella—. Que realmente nos caías bien. Eras una distracción agradable. Pero la familia siempre es lo primero. Siempre.
Elena miró hacia abajo. El océano parecía una boca gigante abierta, esperando para devorarla. El agua estaba negra como el petróleo, agitándose en remolinos violentos. Sabía que si caía allí, con esa temperatura y ese oleaje, sus posibilidades de sobrevivir eran nulas.
—¡No lo hagas! —gritó ella, aferrándose a la chaqueta de Julián—. ¡Puedo callarme! ¡Me iré lejos! ¡Nadie sabrá nada!
Julián la miró fijamente durante un segundo que pareció una eternidad. Por un momento, Elena creyó ver una chispa de duda. Pero entonces, él miró a su hermano, quien simplemente asintió con la cabeza, sellando la sentencia de muerte de la mujer que decía amar.
—Las promesas se las lleva el viento, Elena —sentenció Julián—. Y los secretos… los secretos se los lleva el mar.
Con un movimiento seco y preciso, Julián soltó la copa de cristal, que se hizo añicos contra el suelo, y puso ambas manos sobre los hombros de Elena. Ella intentó sujetarse, intentó luchar, pero el suelo mojado y el empujón final fueron demasiado.
Sintió el vacío bajo sus pies. El grito que salió de su garganta fue cortado de golpe por el impacto brutal contra el agua helada.
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