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Amor Verdadero

El silencio de la guerrera: Lo que tres hombres aprendieron por las malas en aquella obra

5 min de lectura

Continuamos con la historia justo en el momento en que la tensión se rompe…

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El tiempo pareció ralentizarse para todos, menos para Elena.

En el momento en que la mano de Ramiro se cerró sobre su hombro, ella no retrocedió. Al contrario, avanzó.

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Fue un movimiento fluido, casi coreográfico, que nació desde sus pies y subió por su cadera con una potencia explosiva.

Con un giro rápido de su torso, Elena atrapó la muñeca de Ramiro, usando la propia fuerza del hombre en su contra.

Antes de que Ramiro pudiera procesar que su brazo ya no le obedecía, sintió un dolor agudo y seco.

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Elena aplicó una palanca de muñeca con una precisión quirúrgica, obligando al gigante a doblar las rodillas para evitar que sus huesos cedieran.

—¡Ahg! ¡Suéltame, maldita loca! —rugió Ramiro, con el rostro enrojecido por la sorpresa y el dolor.

Pero Elena no soltó. Sus ojos estaban fijos en los de él, transmitiendo un mensaje claro: el juego se había acabado.

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«El Chato», viendo a su líder humillado, reaccionó por puro instinto de manada y se lanzó hacia adelante con un golpe torpe y pesado.

Elena no necesitó soltar a Ramiro del todo para esquivar el ataque.

Simplemente se inclinó hacia un lado, dejando que el puño del Chato golpeara el aire, y con su mano libre lanzó un golpe de palma directo al plexo solar del atacante.

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El aire abandonó los pulmones del Chato en un silbido agónico mientras caía de rodillas, luchando por inhalar un poco de oxígeno.

Todo esto sucedió en menos de tres segundos.

Beto, el tercer hombre, se quedó paralizado. Su cerebro no lograba conciliar la imagen de la «muchachita débil» con la máquina de precisión que tenía enfrente.

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—¿Qué esperas, imbécil? ¡Dale! —gritó Ramiro desde el suelo, todavía bajo el control de Elena.

Beto, espoleado por el grito, intentó una tacleada desesperada, bajando el centro de gravedad para derribar a Elena por el peso.

Fue su mayor error.

Elena soltó finalmente a Ramiro, dándole un empujón que lo mandó a chocar contra una pila de maderas, y recibió a Beto con una rodilla ascendente que impactó limpiamente en su hombro.

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El impacto desvió la trayectoria de Beto, quien terminó rodando por el suelo polvoriento, gimiendo de dolor.

En ese momento, el silencio que se apoderó de la obra fue absoluto.

Los demás trabajadores, que habían empezado a acercarse al escuchar los gritos, se quedaron como estatuas de sal.

Ahí estaba ella. Elena.

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De pie en medio del círculo, con el cabello ligeramente despeinado pero con una postura de una dignidad inquebrantable.

Ramiro intentó levantarse, con la cara cubierta de polvo y el orgullo hecho pedazos.

Buscó a su alrededor algo para usar como arma, su mano tanteó un tubo de metal que estaba tirado cerca de él.

La furia ciega había reemplazado a su arrogancia; ahora no quería humillarla, quería destruirla para recuperar su imagen de «macho».

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—Te voy a matar… —susurró Ramiro, con los ojos inyectados en sangre mientras empuñaba el tubo.

Elena no se movió. No buscó un arma, no pidió ayuda.

Simplemente se puso en guardia, una guardia baja, relajada, que solo los verdaderos maestros de las artes marciales utilizan cuando saben que el combate ya está decidido.

—Ramiro, detente —dijo Elena, y esta vez su voz tenía un peso que hizo que algunos de los presentes retrocedieran—. Ya perdiste. No hagas que esto sea peor para ti.

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Pero el hombre ya no escuchaba razones. Se lanzó hacia adelante balanceando el tubo de metal con un movimiento descendente que habría fracturado el cráneo de cualquiera.

Elena dio un paso corto hacia adentro, entrando en la guardia de Ramiro antes de que el tubo pudiera alcanzar su punto máximo de fuerza.

Con un movimiento de «desvío y contraataque», golpeó el antebrazo de Ramiro, haciendo que el tubo volara lejos, resonando contra el concreto.

Acto seguido, conectó una combinación de dos golpes rápidos en puntos nerviosos del brazo de Ramiro, dejándolo completamente entumecido.

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Ramiro retrocedió, tambaleándose, con los ojos desorbitados por el miedo real que empezaba a invadirlo.

Elena dio un paso hacia él, y por primera vez, su expresión se endureció.

—Ustedes creen que este lugar les da derecho a pasar por encima de los demás porque tienen más fuerza física —dijo ella, acercándose a los tres que ahora estaban en el suelo—. Pero la fuerza sin respeto no es más que ruido.

El Chato seguía jadeando, Beto se sujetaba el hombro con lágrimas en los ojos y Ramiro… Ramiro simplemente temblaba.

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Elena los miró uno por uno, no con odio, sino con una profunda decepción que dolía más que cualquier golpe.

—Mañana vendré a trabajar a la misma hora —sentenció ella—. Y si alguno de ustedes vuelve a faltarle el respeto a una compañera, o a cualquier persona aquí, no seré tan amable.

En ese momento, apareció el arquitecto a cargo, un hombre mayor que había estado observando desde la oficina del segundo piso.

Todos pensaron que Elena estaría en problemas, que la despedirían por la pelea.

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El arquitecto caminó lentamente hacia el grupo, mirando los escombros humanos que Elena había dejado a su paso.

Ramiro, recuperando un poco de su voz chillona, gritó:

—¡Arquitecto! ¡Mire lo que hizo esta loca! ¡Échenla! ¡Es una peligrosa!

El arquitecto miró a Ramiro, luego a Elena, y finalmente al resto de los trabajadores que observaban la escena.

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Se hizo un silencio sepulcral mientras el hombre mayor se acomodaba el casco y se cruzaba de brazos.

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