Continuamos con la historia justo en el momento en que el peligro acecha en cada sombra…
El pasillo que conducía a las cocinas era un laberinto de azulejos blancos y ruidos metálicos. Don Aurelio caminaba con paso firme, sintiendo el peso de la traición en cada zancada. A su paso, los cocineros y ayudantes se detenían, sorprendidos de ver a un caballero de su distinción internándose en las entrañas del restaurante. Mateo iba unos pasos detrás, fingiendo que lo escoltaba por una queja ficticia, pero su rostro pálido lo delataba.
—Por aquí, señor —susurró Mateo, señalando una puerta de metal pesado que daba a un callejón oscuro, impregnado del olor a cartón mojado y aceite quemado—. Mi coche es el azul que está junto a los contenedores. No tiene alarma, abra la puerta y salga rápido.
Aurelio se detuvo frente a la puerta. El aire allí era pesado, cargado con el vapor de las ollas a presión. Se volvió hacia el joven y le puso una mano en el hombro.
—Hijo, lo que has hecho hoy… no tiene precio. Pero quiero que sepas algo. Los hombres como yo no solo sobreviven por suerte. Sobrevivimos porque siempre estamos un paso adelante.
Sin esperar respuesta, Aurelio empujó la puerta y salió al aire frío de la noche. El callejón estaba en penumbras, solo iluminado por una farola amarillenta que parpadeaba al final de la calle. A unos cincuenta metros, pudo ver el brillo de su propio Mercedes estacionado bajo las luces de la entrada principal, y junto a él, un SUV negro con los cristales tintados que no debería estar allí. Vio a Elena. Estaba de pie junto al SUV, hablando con un hombre alto, fumando un cigarrillo con una calma que le revolvió el estómago. Ella reía. Esa risa que él pensaba que era solo para él, ahora era el sonido de su supuesta victoria.
Aurelio localizó el coche de Mateo. Era, efectivamente, un vehículo que había visto mejores días. La pintura estaba descascarada y una de las ventanas traseras estaba sellada con cinta adhesiva. Pero para Aurelio, en ese momento, ese pedazo de metal viejo era el carruaje más valioso del mundo. Se deslizó dentro del asiento del conductor. El interior olía a pino barato y a trabajo duro. Metió la llave en el contacto.
«Por favor, enciende», pensó, una súplica silenciosa a un Dios en el que no siempre confiaba.
El motor tosió una, dos veces, y finalmente cobró vida con un rugido asmático pero constante. Aurelio puso la primera marcha. Su corazón latía con una fuerza que no sentía desde sus años de juventud en los muelles. Pero no se fue de inmediato. En un arranque de audacia, o quizás de pura justicia poética, decidió pasar por el frente del restaurante.
Mientras el viejo coche avanzaba lentamente hacia la salida del callejón, Aurelio sacó su teléfono celular. Sus dedos, aunque un poco temblorosos por la adrenalina, se movieron con precisión. Marcó un número que tenía grabado en la memoria.
—Dime que ya estás en posición —dijo Aurelio cuando contestaron al otro lado.
—Estamos aquí, Don Aurelio. Justo donde nos pidió. La policía y su equipo de seguridad privado están cubriendo todas las salidas —respondió una voz profesional y fría—. ¿Está usted a salvo?
—Estoy en el coche de un amigo. Voy saliendo por el frente. Quiero ver sus caras.
Aurelio dobló la esquina y el viejo vehículo azul apareció frente a la entrada principal del «Mirador de Oro». Elena, al ver el coche destartalado, arrugó la nariz con desprecio, sin imaginar ni por un segundo quién iba al volante. El hombre a su lado, un tipo con cara de pocos amigos y una cicatriz que le cruzaba la mejilla, ni siquiera se molestó en mirar. Estaban demasiado ocupados esperando que el «objetivo» saliera por la puerta principal.
Aurelio bajó la ventanilla del conductor justo cuando pasaba a su lado. La luz de la entrada iluminó su rostro. Elena se quedó congelada, el cigarrillo se le cayó de los dedos, dejando una estela de chispas en el suelo. Sus ojos se abrieron como platos, y por primera vez en toda la noche, el color desapareció de sus mejillas.
—¡Es él! —gritó ella, señalando con el dedo tembloroso—. ¡Es el viejo! ¡Cómo es posible!
El hombre de la cicatriz reaccionó rápido, metiendo la mano bajo su chaqueta, pero antes de que pudiera sacar nada, el sonido de sirenas empezó a resonar en las calles aledañas. Luces azules y rojas rebotaron contra las paredes de cristal del restaurante. Aurelio aceleró el viejo coche de Mateo, dejando atrás el caos que estaba por desatarse.
Mientras conducía por las calles de la ciudad, Aurelio sentía una mezcla de alivio y una profunda tristeza. La mujer que había amado, o la que él creía que era, estaba siendo esposada en ese mismo momento. Pero la historia no terminaba ahí. Sabía que Elena no actuaba sola. Había alguien más arriba, alguien que conocía sus cuentas bancarias, sus movimientos, sus debilidades. Alguien que no se rendiría solo porque un plan hubiera fallado.
Aurelio se detuvo en un semáforo en rojo. Miró por el espejo retrovisor. Unas luces blancas lo seguían a una distancia prudencial. No eran de la policía. Era otro coche, uno que no había visto antes. Un escalofrío le recorrió la nuca.
—Así que esto no ha terminado —susurró para sí mismo—. Me querían muerto en el restaurante, pero parece que prefieren una persecución.
El semáforo cambió a verde. Aurelio no giró hacia su mansión en las colinas. Sabía que allí lo estarían esperando. En su lugar, giró hacia la zona industrial, un lugar de almacenes vacíos y calles desiertas a esa hora de la noche. Si querían jugar, jugarían bajo sus reglas.
El viejo coche de Mateo se quejaba bajo la presión, pero Aurelio lo trataba con la delicadeza de un piloto de carreras. Entró en un callejón sin salida aparente, pero que él conocía bien por sus antiguos negocios de transporte. El coche que lo seguía aceleró, cerrándole el paso. Era un vehículo potente, moderno, una bestia de metal que hacía que el coche de Mateo pareciera un juguete.
Dos hombres bajaron del coche perseguidor. No eran los mismos del restaurante. Estos parecían profesionales, tipos que no hacían preguntas. Aurelio apagó el motor y se quedó sentado, esperando. Su mano derecha buscó algo en la guantera del coche de Mateo. No encontró un arma, pero encontró algo mejor: un sobre que Mateo había dejado allí.
Al abrirlo rápidamente, Aurelio leyó una nota escrita a mano: «Don Aurelio, si está leyendo esto es porque logró salir. Debajo del asiento hay un rastreador. No es mío, es de ellos. Lo pusieron antes de que yo llegara. Tire el rastreador y siga hasta el muelle 4.»
Aurelio maldijo por lo bajo. Metió la mano bajo el asiento y sintió un pequeño dispositivo magnético. Lo arrancó y lo miró con odio. Pero antes de tirarlo, una idea cruzó su mente. Miró a los hombres que se acercaban a su ventanilla con intenciones claras.
—¿Quieren saber quién envió a estos hombres? —Aurelio volvió a mirar a la nada, rompiendo la cuarta pared una vez más, con el sudor corriendo por su frente pero la voz firme—. El verdadero traidor está más cerca de lo que imaginan. Y el final de este camino los dejará sin aliento.
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