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Amor Verdadero

La joya más valiosa no se lleva en el cuello: el día que la soberbia se encontró con su dueña

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La tensión en el aire se podía cortar con un hilo de seda y tú no ibas a quedarte sin conocer el desenlace de este encuentro. Aquí continúa la historia.

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El silencio en la exclusiva joyería «Valenzuela & Co.» era casi sepulcral, interrumpido únicamente por el zumbido suave del aire acondicionado y el rítmico golpeteo de los tacones de aguja de Isabela contra el mármol italiano.

Isabela no se detuvo. Sus ojos, cargados de un desprecio que parecía añejado por los años, recorrieron de arriba abajo la figura de Mariana.

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Mariana vestía unos jeans sencillos, una blusa de lino blanco sin marcas visibles y unos mocasines cómodos. Para Isabela, aquello era un pecado capital en un templo del lujo.

—¿Acaso no tienen un código de vestimenta en este lugar? —preguntó Isabela en voz alta, buscando la complicidad de los otros clientes que observaban con curiosidad—. Me parece una falta de respeto para los que sí venimos a invertir sumas importantes.

Mariana no retrocedió. Mantuvo su espalda recta, una postura que años de disciplina le habían otorgado. Su mirada era serena, casi compasiva, lo que enfureció aún más a su antigua «amiga» de la preparatoria.

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—El dinero no siempre grita, Isabela —respondió Mariana con una voz suave pero firme—. A veces, el verdadero valor de las cosas es silencioso.

Isabela soltó una carcajada estridente que hizo que el guardia de seguridad se pusiera alerta en la entrada.

—¡Por favor! —exclamó Isabela, acomodándose un bolso de diseñador cuyo logo era más grande que su propia discreción—. Esa frase es el consuelo de los que no tienen dónde caerse muertos.

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Se acercó un poco más a Mariana, invadiendo su espacio personal con un perfume empalagoso que olía a desesperación por encajar.

—Te recuerdo, Mariana, que en la escuela siempre fuiste la «becadita». La que usaba los libros de segunda mano. Veo que el tiempo no ha sido amable contigo y sigues mendigando atención en lugares que no te corresponden.

El joven vendedor que las atendía, un chico llamado Julián que apenas llevaba tres meses en el puesto, sudaba frío. Miraba a Isabela, una cliente que ya había gastado unos cuantos miles de dólares en brazaletes, y luego a Mariana, que solo estaba observando una gargantilla de zafiros sin preguntar el precio.

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—Señorita… —intentó intervenir Julián, dirigiéndose a Mariana—, tal vez si busca algo más… acorde a un presupuesto limitado, tenemos una sección de plata en la planta baja.

Isabela sonrió con triunfo. Ese era el golpe de gracia que esperaba.

—¿Ves? Hasta los empleados se dan cuenta de que estorbas. Anda, vete a ver la plata, o mejor aún, vete a las tiendas de fantasía de la esquina. Aquí estamos hablando de diamantes de corte perfecto, no de vidrios pulidos.

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Mariana suspiró. No era tristeza lo que sentía, sino una profunda decepción por ver cómo algunas personas construyen su identidad sobre castillos de naipes.

—Solo estaba mirando esta pieza —dijo Mariana, señalando el collar de zafiros tras la vitrina—. Me recuerda al trabajo artesanal de los maestros joyeros de Amberes. Es una pieza de colección.

—¡Ja! Como si supieras dónde queda Amberes en un mapa —se burló Isabela—. Julián, saca ese collar ahora mismo. Quiero probármelo. Y tú, —dijo señalando a Mariana— muévete. No quiero que tu sombra ensucie el brillo de lo que voy a comprar.

Mariana dio un paso atrás, no por sumisión, sino para observar el espectáculo que estaba por desatarse. Isabela se sentó en el taburete de terciopelo con la arrogancia de una reina de pacotilla, extendiendo su cuello para que el vendedor le colocara la joya.

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Sin embargo, Julián dudó. Sus manos temblaban mientras buscaba la llave de la vitrina de seguridad.

—Lo siento, señora Isabela… pero este collar en particular… requiere una autorización especial para ser retirado de la vitrina. Es la pieza central de la temporada.

—¿Autorización? ¿No sabes quién es mi esposo? —gritó Isabela, golpeando el mostrador—. ¡Llama a tu gerente ahora mismo! No voy a permitir que me traten como a esta muerta de hambre.

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