Estás en la parte 2: la historia continúa y el misterio se vuelve más oscuro…
Aquella noche, la mansión de los Vallejo no durmió. Ricardo se encerró en su despacho, rodeado de los viejos expedientes del caso de su hija. Las fotos de la escena del parque, los testimonios de los testigos que no vieron nada, las cartas de amenaza que llegaron meses después pidiendo un dinero que él pagó y que nunca le devolvió a su pequeña.
Beatriz, por su parte, caminaba de un lado a otro en su habitación. El sonido de sus tacones contra el mármol era como el segundero de una bomba de tiempo. Sacó su teléfono y marcó un número que no tenía guardado en la agenda, pero que sabía de memoria.
—Te dije que te encargaras de todo —susurró Beatriz con la voz llena de veneno—. Una muchacha apareció aquí. Una tal Elena. Lo sabe todo, o al menos lo sospecha. Si Ricardo llega a esa lavandería, estamos terminados.
Al otro lado de la línea, solo hubo silencio por unos segundos antes de que una voz ronca respondiera que se encargaría de «limpiar el rastro».
A la mañana siguiente, muy temprano, Ricardo y Elena salieron en la camioneta blindada. Beatriz insistió en acompañarlos, bajo el pretexto de que «no dejaría que su hermano cometiera una locura solo». El ambiente dentro del vehículo era asfixiante. Elena daba las indicaciones con nerviosismo, mientras Ricardo apretaba el volante con tanta fuerza que sus nudillos estaban blancos.
Llegaron a un pueblo humilde, a las afueras de la ciudad, donde el aire olía a jabón y humedad. La lavandería «El Sol» era un local pequeño, con máquinas viejas y un vapor constante que salía por la puerta abierta.
—Es ella —dijo Elena, señalando a una joven que estaba de espaldas, doblando sábanas blancas con una agilidad sorprendente.
Ricardo bajó del auto como si estuviera caminando en un sueño. Sus pies pesaban toneladas. Cuando la joven escuchó el motor y se dio la vuelta para ver quién llegaba, el tiempo se detuvo para el millonario.
No necesitaba ver la marca. No necesitaba una prueba de ADN. Era ella. Era la viva imagen de su esposa a los veinte años. Los mismos ojos almendrados, la misma forma de arquear las cejas cuando estaba confundida.
—¿Buscan a alguien? —preguntó la joven, limpiándose el sudor de la frente con el antebrazo.
Ricardo no podía hablar. El nudo en su garganta era ahora un muro infranqueable. Pero Beatriz, que se había quedado un paso atrás, lanzó una risotada falsa y cargada de desprecio.
—Por favor, Ricardo, mírala. Es solo una muchacha de pueblo. ¿De verdad crees que tu hija terminaría en un lugar así? Elena, te felicito por el teatro, pero se acabó.
La joven, Lucía, frunció el ceño. Miró a Elena y una sonrisa de alivio cruzó su rostro.
—¿Elena? ¿Qué haces aquí? ¿Quiénes son estas personas?
—Lucía… este señor… él cree que podrías ser su hija —sollozó Elena, corriendo a abrazar a su amiga.
Ricardo finalmente recuperó el habla. Se acercó lentamente, como si temiera que la chica fuera a desvanecerse si hacía un movimiento brusco.
—Perdóname, señorita —dijo Ricardo con una humildad que nunca antes había mostrado—. Sé que esto parece una locura. Pero, ¿podría mostrarme su hombro izquierdo?
Lucía retrocedió, asustada. Miró a la mujer elegante que la observaba con odio y al hombre que parecía estar a punto de colapsar por el dolor. Algo en su interior, un recuerdo borroso de una voz que le cantaba por las noches, empezó a vibrar.
—¿Cómo sabe lo de mi marca? —susurró Lucía, palideciendo—. Solo las monjas del orfanato lo sabían… y ellas me dijeron que mis padres me habían abandonado porque no me querían.
—¿Abandonado? —gritó Ricardo, girándose hacia su hermana—. ¡Ella dice que la abandonamos! ¡Beatriz, tú me dijiste que la policía confirmó que se la habían llevado fuera del país!
Beatriz intentó mantener la compostura, pero una gota de sudor resbalaba por su sien.
—Eso fue lo que dijeron los reportes, Ricardo. No me culpes a mí por la ineficiencia de las autoridades. Esta chica está confundida. Vámonos de aquí ahora mismo.
Pero Ricardo ya no escuchaba a su hermana. Se acercó a Lucía y, con manos temblorosas, le mostró la foto que siempre llevaba en su billetera. La niña de la foto y la joven de la lavandería se miraron a través del tiempo.
—Yo no te abandoné, mi vida —sollozó Ricardo, cayendo de rodillas frente a ella—. A mí me dijeron que habías muerto cuando el rescate salió mal. Me entregaron una ropa ensangrentada… me hicieron creer que te había perdido para siempre.
Lucía dejó caer la sábana que sostenía. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas. El mundo que ella conocía se estaba derrumbando, pero entre las ruinas, empezaba a brillar una luz que nunca creyó ver.
Sin embargo, la escena fue interrumpida por un estruendo. Un auto negro frenó bruscamente frente a la lavandería. Dos hombres con aspecto amenazador bajaron del vehículo. Beatriz, en un movimiento rápido, intentó jalar a Ricardo hacia la camioneta.
—¡Es un asalto! ¡Vámonos, Ricardo! —gritó ella.
Pero los hombres no iban por el dinero de Ricardo. Iban por Elena y Lucía. Uno de ellos sacó un arma y apuntó directamente a la joven de la lavandería.
—¡Súbanse al auto ahora mismo y nadie sale herido! —ordenó el hombre.
Ricardo, en un acto de valentía que solo un padre puede sentir, se interpuso entre el arma y su hija. El guardaespaldas de Ricardo, que siempre estaba a unos metros, reaccionó de inmediato, desatando un caos de gritos y tensión.
En medio del forcejeo, a uno de los atacantes se le cayó el teléfono celular. Ricardo, mientras protegía a Lucía en el suelo, vio que el teléfono estaba encendido. En la pantalla, había una llamada activa. El nombre del contacto que aparecía en la pantalla hizo que el corazón de Ricardo se detuviera por segunda vez en el día.
El contacto decía: «Jefa Beatriz».
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