Lo que empezaste a leer allá afuera tenía que continuar, y aquí es donde todo se revela.
Marcos sintió el frío del metal contra su pecho, pero no era el de un arma, sino el de su propia determinación. Aquel punto rojo que bailaba sobre su camisa de seda no era un error, era una sentencia. «No se muevan», susurró con una voz que parecía venir de lo más profundo de una tumba. Sus hombres, tipos curtidos en mil batallas, se quedaron petrificados. No por miedo, sino por respeto. En este mundo, cuando Marcos daba una orden, hasta el viento dejaba de soplar.
La mansión, un monumento al exceso y al poder en medio de la nada, se había convertido de pronto en una jaula de cristal. Afuera, el bosque respiraba con una hostilidad que Marcos conocía bien. Los francotiradores estaban posicionados. Sabía que eran al menos doce por la triangulación de las luces que apenas rozaban las cortinas. Eran profesionales. Eran letales. Y venían por su cabeza.
—Jefe, el perímetro norte ha caído —murmuró Ramiro por el auricular, con la respiración entrecortada—. No escuché ni un disparo. Usaron silenciadores de alta gama. Estamos rodeados, patrón. No hay salida por el jardín.
Marcos no respondió de inmediato. Caminó hacia el centro del salón, ignorando el láser que ahora buscaba su frente. Se detuvo frente a un enorme ventanal, mirando su propio reflejo. A sus cincuenta años, el rostro de Marcos era un mapa de cicatrices y decisiones difíciles. Había pasado décadas protegiendo a los hombres más poderosos del continente, y ahora, el objetivo era él.
—Ramiro, dile a los muchachos que se replieguen al salón principal —ordenó Marcos, manteniendo una calma que resultaba aterradora—. Dejen las luces encendidas. Que crean que estamos desesperados, que crean que estamos buscando una salida que no existe.
—Pero jefe, si nos encerramos aquí, nos van a masacrar —replicó Ramiro, llegando al salón junto a otros tres hombres, todos con las manos en sus fundas, los ojos inyectados en sangre y la adrenalina a mil por hora.
Marcos se giró y los miró uno a uno. Eran su familia elegida. Santi, el más joven, apenas podía controlar el temblor de sus manos. El Flaco, un hombre que no le temía a nada, mascaba un chicle con una furia mecánica. Y Ramiro, su mano derecha, su hermano de sangre y pólvora.
—¿Alguna vez se preguntaron por qué compré esta propiedad en medio de la nada? —preguntó Marcos con una sonrisa cínica que descolocó a sus hombres—. ¿Por qué pasé tres años con contratistas extranjeros que entraban y salían de noche?
Los hombres se miraron entre sí. Afuera, un trueno retumbó, anunciando una tormenta que prometía lavar la sangre que estaba por correr. El primer impacto no tardó en llegar. Una bala perforó el cristal blindado, dejando una telaraña blanca justo al lado de la cabeza de Marcos. Ni siquiera parpadeó.
—Jefe, ¡al suelo! —gritó Santi, lanzándose hacia él.
—Tranquilo, muchacho —lo detuvo Marcos con un brazo firme—. Ese cristal aguanta tres impactos de calibre .50 antes de ceder. Tenemos exactamente cuatro minutos antes de que decidan usar explosivos en las puertas.
Marcos se dirigió hacia un gran piano de cola negro que reinaba en una esquina del salón. Era una pieza de colección, un Steinway que parecía fuera de lugar en la casa de un hombre que se ganaba la vida con la violencia. Se sentó en el taburete y, con una delicadeza que nadie esperaría de él, presionó tres teclas al mismo tiempo: un acorde menor, triste y profundo.
Un clic metálico resonó por toda la estancia, apagando el silbido del viento.
—Ramiro, ayúdame a mover esto —dijo Marcos, señalando el piano.
Entre los cuatro hombres, empujaron el pesado instrumento. Debajo, la alfombra persa escondía un secreto que había permanecido oculto durante veinte años. No era una trampilla de madera vieja, era una placa de titanio con un lector biométrico que emergió del suelo como un fantasma tecnológico.
—Veinte años —susurró Marcos, colocando su palma sobre el cristal frío del escáner—. Veinte años esperando a que el mundo se olvidara de quién soy realmente. Pero como ven, el pasado siempre encuentra la forma de tocar a tu puerta.
Una luz azul recorrió la mano de Marcos. Una voz sintética, carente de toda emoción, resonó en el silencio del salón: «Identidad confirmada. Bienvenido, General. Iniciando protocolo de resguardo absoluto».
El suelo comenzó a vibrar. Los hombres retrocedieron, viendo cómo una sección del piso descendía suavemente, revelando una escalera de caracol iluminada por luces LED de color ámbar. El aire que subía desde abajo olía a ozono y a limpio, un contraste violento con el olor a pólvora y miedo que empezaba a inundar la mansión.
—Entren —ordenó Marcos—. Ahora.
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