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Lazos de Familia

El secreto bajo el piano: La noche en que el cazador se convirtió en la sombra

6 min de lectura

Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento en que el suelo revela un secreto guardado por décadas.

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Los hombres descendieron en silencio, con los corazones martilleando contra sus costillas. A medida que bajaban, el ruido de los disparos que empezaban a impactar contra la fachada de la mansión se volvía un eco lejano, casi irreal. Al llegar al fondo, se encontraron en una sala que parecía sacada de una película de ciencia ficción, pero con la solidez de una fortaleza medieval.

Paredes de concreto reforzado, pantallas gigantes que cubrían los muros y un arsenal que haría palidecer a cualquier ejército pequeño. Pero lo más impresionante no eran las armas, sino la calma que emanaba de Marcos mientras cerraba la escotilla superior con un comando desde su reloj.

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—Bienvenidos al «Santuario» —dijo Marcos, quitándose el saco y lanzándolo sobre una silla de cuero—. Aquí, el tiempo se detiene. Y afuera, el mundo cree que nos tiene acorralados.

Santi caminó hacia una de las pantallas. En ella, podía ver a través de cámaras ocultas en los árboles, en las gárgolas de la casa, incluso en las piedras del jardín. Los enemigos estaban entrando. Eran hombres vestidos de negro, con equipo táctico de última generación. Se movían con una precisión quirúrgica, rodeando el piano que acababan de mover.

—Mírenlos —dijo el Flaco, señalando la pantalla—. Están confundidos. No entienden a dónde fuimos.

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—Van a buscar por horas —comentó Ramiro, sentándose frente a una consola—. Jefe, esto es increíble. ¿Por qué nunca nos lo dijo? Hemos pasado por situaciones difíciles antes, pudimos haber usado esto.

Marcos se sirvió un vaso de whisky de una pequeña barra en la esquina. El líquido ámbar brilló bajo las luces del búnker.

—Porque un secreto deja de serlo en cuanto lo compartes con alguien —respondió Marcos con seriedad—. Y porque este lugar no es para esconderse de un tiroteo común. Este lugar fue diseñado para el final del juego. Y señores, el final del juego ha comenzado esta noche.

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Se sentó frente a la pantalla principal y tecleó una serie de códigos. De pronto, las pantallas mostraron algo que dejó a todos sin aliento. No eran solo imágenes de la mansión. Eran expedientes. Fotos de los hombres que estaban allá arriba, sus nombres, sus familias, sus cuentas bancarias.

—¿Quiénes son ellos, jefe? —preguntó Santi, con la voz temblorosa.

—Son los hijos del sistema que yo mismo ayudé a crear —dijo Marcos, y por primera vez, hubo una pizca de amargura en su voz—. Enviados por hombres que beben vino de mil dólares mientras nosotros sangramos en el barro. Creen que vienen a matar a un viejo retirado. No saben que se han metido en la boca del lobo.

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En la pantalla, se vio cómo el líder de los atacantes, un hombre con una cicatriz que le cruzaba el rostro, descargaba su furia contra el piano, destrozándolo con la culata de su rifle al no encontrar la forma de abrir la entrada.

—Ese es Kovac —dijo Ramiro, reconociendo el rostro—. Se dice que nunca ha fallado un contrato.

—Siempre hay una primera vez para todo —replicó Marcos.

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De repente, el búnker se estremeció. Un sonido sordo, como un latido profundo de la tierra, hizo que las luces parpadearan. Los atacantes habían encontrado el punto débil en el suelo y estaban usando explosivos plásticos.

—¿El búnker aguantará? —preguntó el Flaco, agarrando su arma con fuerza.

—El búnker aguantará un ataque nuclear directo —respondió Marcos sin inmutarse—. Lo que me preocupa es lo que van a hacer cuando se den cuenta de que no pueden entrar. Kovac no es un idiota. Si no puede sacarnos, intentará enterrarnos vivos.

Marcos se levantó y caminó hacia una pared que parecía sólida. Presionó un panel oculto y la pared se deslizó, revelando una hilera de trajes tácticos que ninguno de ellos había visto jamás. No eran chalecos antibalas normales; tenían sensores, microchips y una estructura que parecía de fibra de carbono.

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—Pónganse esto —ordenó Marcos—. Si vamos a pelear esta guerra, lo haremos bajo mis reglas.

—¿Pelear? —Santi estaba confundido—. Pensé que nos quedaríamos aquí hasta que se fueran.

Marcos lo miró con una intensidad que hizo que el joven retrocediera un paso.

—En mi mundo, Santi, nadie se va sin pagar la cuenta. Ellos vinieron por una cacería, y eso es exactamente lo que les vamos a dar. Pero nosotros no somos la presa.

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Durante la siguiente hora, el silencio en el búnker solo era interrumpido por el sonido de los hombres equipándose. Marcos les explicó el funcionamiento de los trajes: visión térmica integrada en las lentillas, comunicadores de corto alcance indetectables y un sistema de defensa activa que podía desviar proyectiles de bajo calibre.

—Jefe, hay algo que no entiendo —dijo Ramiro mientras ajustaba sus botas—. Usted dijo que este lugar lo construyó hace veinte años. Pero esta tecnología… esto es nuevo. Es casi imposible de conseguir.

Marcos se detuvo, con un guante táctico a medio poner. Miró a Ramiro con una expresión que era una mezcla de orgullo y tristeza.

—La tecnología evoluciona, Ramiro. Y yo nunca dejé de invertir en mi supervivencia. Mientras el mundo pensaba que yo estaba contando mis ahorros en una playa, yo estaba financiando laboratorios que ni siquiera el gobierno sabe que existen.

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En las pantallas, Kovac y sus hombres habían dejado de disparar. Se habían quedado quietos, como si estuvieran esperando una orden. De pronto, todos se giraron hacia una de las cámaras ocultas. Kovac se acercó, como si supiera exactamente dónde estaba el lente, y sonrió.

—Sabemos que estás ahí abajo, General —dijo Kovac, y su voz retumbó en los altavoces del búnker—. Puedes quedarte ahí todo el tiempo que quieras. Tenemos suficiente C4 para convertir esta montaña en un cráter. Sal con dignidad, y tal vez deje que tus muchachos vivan.

Santi miró a Marcos, esperando una reacción. Pero Marcos solo terminó de ajustarse el guante y se dirigió a una consola secundaria.

—Kovac siempre fue un bocón —susurró Marcos—. Es hora de mostrarle que el silencio es mucho más peligroso.

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