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Lazos de Familia

El descaro de la secretaria que le robaba a los más humildes: El día que la ambición rompió el saco

5 min de lectura

Esa parte que te dejó con el corazón en la mano tiene una continuación, y empieza justo ahora.

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«Tome, Don Manuel, aquí tiene mi gafete y las llaves de la entrada. Ya no puedo seguir trabajando así, me duele el alma, pero mi familia no come de orgullo», dijo Ramiro, con la voz quebrada y los ojos fijos en el suelo, como si le pesara la dignidad.

Don Manuel, el dueño de la constructora, se quedó petrificado en su silla de cuero.

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Ramiro no era cualquier empleado; era el guardia que había cuidado esa puerta por más de doce años, el hombre que llegaba antes que el sol y se iba cuando la luna ya estaba alta.

«¿De qué hablas, Ramiro? Si hace apenas una semana firmé la orden para que les subieran el sueldo a todos los operativos», respondió Don Manuel, sintiendo un nudo extraño en el estómago.

El guardia soltó una risa amarga, de esas que nacen de la decepción profunda.

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Metió la mano en el bolsillo de su pantalón raído y sacó un sobre de pago arrugado.

«¿Aumento? Don Manuel, mire esto. Este mes recibí un quince por ciento menos que el anterior. La señorita Marta me dijo que la empresa estaba en crisis y que si no me gustaba, la puerta era muy grande», confesó el hombre, dejando el sobre sobre el escritorio de madera fina.

En ese momento, el aire en la oficina pareció congelarse.

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Don Manuel tomó el papel y sus manos empezaron a temblar, no de miedo, sino de una rabia sorda que le subía por el cuello.

Él mismo había dado la instrucción clara: un aumento del veinte por ciento para premiar la lealtad de su equipo tras un año de buenas ventas.

«Ramiro, siéntate. Por favor, no te vayas todavía», pidió el jefe, mientras se levantaba con una determinación que daba miedo.

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Don Manuel salió de su oficina con pasos pesados, de esos que retumban en el pasillo y anuncian tormenta.

Se dirigió directamente al cubículo de Marta, su secretaria de confianza, la mujer que manejaba la nómina y que siempre se presentaba con trajes de diseñador y una sonrisa perfecta.

Marta estaba distraída retocándose el labial rojo frente a un espejo pequeño, ajena al volcán que estaba por estallar frente a sus ojos.

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«Marta, necesito ver los registros de los depósitos de este mes. Ahora mismo», ordenó Don Manuel, con un tono de voz que hizo que los demás empleados levantaran la vista de sus computadoras.

La secretaria dio un pequeño salto, cerrando su labial con un clic metálico.

Trató de recomponer su máscara de eficiencia, pero un destello de nerviosismo cruzó sus ojos por una fracción de segundo.

«Ay, Don Manuel, qué susto me dio. Los registros están en proceso de auditoría, usted sabe que toma tiempo cerrar el mes…», balbuceó ella, forzando una sonrisa que ya no le llegaba a los ojos.

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«No me des excusas, Marta. Ramiro acaba de renunciar porque le recortaste el sueldo. ¿Dónde está el dinero del aumento que yo autoricé?», preguntó él, acercándose tanto que ella tuvo que retroceder contra su escritorio.

La oficina se quedó en un silencio sepulcral.

Incluso el sonido del aire acondicionado parecía haberse detenido para escuchar la respuesta de la mujer que, hasta hace cinco minutos, era la mano derecha del dueño.

Marta suspiró, cruzó las piernas con elegancia y recuperó esa frialdad que la caracterizaba.

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«Don Manuel, no sé de qué le habla ese hombre. Seguramente está confundido o quiere aprovecharse de su buen corazón. Yo apliqué todos los aumentos según sus instrucciones. Si a él le falta dinero, debe ser que tiene deudas externas que le descuentan por nómina», mintió ella, sin que le temblara un solo músculo de la cara.

Era un descaro absoluto.

Una mentira tan bien ensayada que, por un momento, cualquiera dudaría.

Pero Don Manuel conocía a Ramiro.

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Sabía que ese hombre preferiría pasar hambre antes que inventar una calumnia.

«¿Estás segura de lo que estás diciendo, Marta? Porque una vez que abra esa computadora, no habrá vuelta atrás», advirtió el jefe, con una calma que era más peligrosa que cualquier grito.

«Completamente segura. Ese guardia es un malagradecido y un mentiroso», sentenció ella, volviendo su atención a la pantalla, creyendo que con su arrogancia había ganado la partida.

Don Manuel se dio la vuelta y miró a la audiencia, a todas esas personas que estaban viendo la escena, y en un gesto inesperado, rompió la barrera de la realidad.

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«Ustedes que están viendo esto, ustedes que saben lo que cuesta ganarse el pan con el sudor de la frente… les prometo una cosa», dijo Don Manuel mirando al vacío, pero con la firmeza de un juez.

«Hoy no solo voy a descubrir la verdad. Hoy voy a exponer a esta ladrona frente a todos y le voy a enseñar que con el hambre de los trabajadores no se juega. Estén atentos, porque lo que viene la va a dejar donde pertenece».

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1 comentario

  1. Excelente lección, para kienes tratan de humillar ,robar y abusar de su poder y de la confianza k le Dan,todo llega a su tiempo, y en esta vida nadie se va ,debiendo nada,La secretaria,pago su falta de honradez y por creerse mejor k los demás

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