La tensión en ese gimnasio se puede cortar con un cuchillo, y apenas estamos empezando a descubrir el verdadero plan de Rodrigo…
Don Rodrigo guardó el arma en la funda de su cinturón, pero su mirada seguía siendo un arma cargada.
Elena, aún en el suelo, intentaba balbucear palabras de arrepentimiento que se quedaban atrapadas en su garganta.
—Rodrigo, por favor, fue un error, un momento de debilidad —decía ella, mientras las lágrimas arruinaban su maquillaje costoso.
Él la miró de arriba abajo. Esta era la mujer a la que le había confiado sus secretos, su fortuna y su apellido.
—¿Debilidad? —preguntó Rodrigo con una calma que daba más miedo que sus gritos—. Debilidad es tener hambre y robar un pan. Lo tuyo, Elena, es una elección.
Se volvió hacia Julián. El joven entrenador parecía haber envejecido diez años en diez minutos.
—Y tú, atleta… ¿cuánto te pagaba ella por estos «servicios extra»? ¿O acaso pensabas que después de esto heredarías mis tierras?
Julián no podía responder. Su mandíbula temblaba tanto que sus dientes castañeteaban.
Rodrigo se acercó a un pequeño escritorio que había en la esquina del gimnasio, donde Elena solía dejar su teléfono y sus pertenencias mientras entrenaba.
Tomó el teléfono de su esposa. Ella intentó abalanzarse para recuperarlo, pero una sola mirada de Rodrigo la dejó clavada en el sitio.
—Lo sé todo, Elena —dijo él, desbloqueando el dispositivo con una facilidad que sugería que ya conocía la clave desde hacía mucho—. Sé de los mensajes. Sé de los encuentros en el hotel del pueblo. Sé incluso que estabas planeando pedirme el divorcio la próxima semana para quedarte con la mitad de la finca de los naranjos.
Elena palideció aún más, si es que eso era posible. Su plan, el plan que creía secreto, estaba expuesto.
—Pensaste que era un viejo tonto, ¿verdad? —continuó Rodrigo, guardando el teléfono en su bolsillo—. Pensaste que los años me habían nublado la vista. Pero en este negocio, si no ves venir el peligro, terminas bajo tierra. Y yo sigo muy vivo.
Don Rodrigo caminó hacia la salida del gimnasio, pero se detuvo antes de cruzar el umbral.
—Ustedes dos no van a salir de esta habitación hasta que yo lo diga. Los guardias están en la puerta.
—¡No puedes secuestrarnos! —gritó Julián, recuperando un ápice de voz por el miedo.
Rodrigo soltó una carcajada seca.
—Hijo, en mis tierras, yo soy la ley. Pero no te preocupes, no voy a ensuciar mis manos contigo. Hay cosas mucho peores que la cárcel.
Don Rodrigo salió del gimnasio y cerró la puerta con llave desde fuera. Caminó por el pasillo, pero no fue a su habitación.
Fue directamente a su despacho, un lugar prohibido para todos excepto para él.
Allí, sobre su escritorio de caoba, había un sobre de color amarillo. Lo abrió y sacó una serie de fotografías y documentos legales.
Durante meses, Rodrigo no había estado viajando solo por negocios. Había estado investigando el pasado de Julián.
Y lo que había encontrado era la pieza perfecta para su tablero de ajedrez.
Resulta que Julián no era solo un entrenador. Era un estafador profesional con deudas de juego que ascendían a miles de dólares con personas muy peligrosas en la ciudad.
Elena no era su amante por amor; era su boleto de salida, su «mina de oro».
Rodrigo se sentó en su sillón de cuero y encendió un cigarro. El humo flotaba en el aire mientras él hacía una llamada telefónica.
—¿Diga? Sí, soy yo. El paquete está listo. Pueden venir a cobrar la deuda. Sí, está aquí mismo, en mi gimnasio. No, no llamen a la policía. Ustedes saben cómo manejar estas cosas.
Colgó el teléfono y miró el reloj de pared. En menos de una hora, la vida de Julián cambiaría para siempre.
Pero aún faltaba Elena. Ella era el dolor más profundo, la herida que no cerraba.
Para ella, Rodrigo tenía preparado algo mucho más psicológico, algo que la obligaría a ver el monstruo en el que se había convertido.
Se levantó y regresó al gimnasio. A través del cristal, vio a Elena y Julián discutiendo, culpándose mutuamente de la situación.
La fachada del «amor prohibido» se había desmoronado en cuestión de minutos. Ahora solo eran dos ratas atrapadas en una jaula de oro.
Rodrigo abrió la puerta de nuevo. El silencio volvió a reinar.
—Julián, tengo una propuesta para ti —dijo Rodrigo, ignorando por completo a su esposa.
El joven lo miró con esperanza.
—Hay unos hombres en camino. Hombres a los que les debes mucho dinero, ¿verdad?
El terror volvió a los ojos de Julián.
—Si me entregas todas las grabaciones que hiciste de mi esposa en situaciones comprometedoras… esas que pensabas usar para chantajearla después del divorcio… tal vez, y solo tal vez, te deje salir por la puerta de atrás antes de que ellos lleguen.
Elena miró a Julián con horror.
—¿Grabaciones? ¿De qué habla, Julián?
Julián evitó la mirada de Elena. El silencio fue su confesión. Rodrigo sonrió con amargura.
—Ves, Elena. Este es el hombre por el que cambiaste diez años de matrimonio. Un hombre que ya estaba planeando tu ruina antes de que yo llegara.
La traición sobre la traición. El golpe final estaba cerca, pero el clímax de esta historia aún tenía una vuelta de tuerca que nadie esperaba.
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