Sé que te quedaste con el corazón acelerado queriendo saber qué pasó en ese gimnasio, y tu intuición no te falló al seguir buscando la verdad.
El aire en el pasillo principal de la mansión parecía haberse congelado de repente.
Don Rodrigo, un hombre cuya sola presencia solía silenciar cualquier habitación, no sentía el peso de sus botas de cuero sobre la alfombra persa.
Solo sentía el latido sordo y rítmico de la rabia golpeándole las sienes.
Había regresado dos días antes de lo previsto de su viaje de negocios a la capital.
No hubo llamadas, no hubo avisos, solo el deseo de sorprender a su esposa, Elena, con el collar de diamantes que descansaba en su bolsillo.
Pero la sorpresa, la verdadera y desgarradora sorpresa, lo esperaba detrás de las paredes de cristal del gimnasio privado.
Ese espacio que él mismo había mandado a construir para que ella nunca tuviera que salir de casa, para que tuviera todas las comodidades del mundo.
A través del vidrio templado, la escena era nítida, cruel y carente de cualquier excusa.
Elena, su Elena, la mujer por la que había enfrentado a su propia familia para casarse, no estaba sola.
Estaba enredada en los brazos de Julián, el joven entrenador personal que Rodrigo había contratado apenas tres meses atrás.
Él recordaba haberle estrechado la mano a ese muchacho, recordaba haberle dicho: «Cuida bien de mi esposa, que no le falte nada en su rutina».
Qué ironía tan amarga.
Julián, con sus músculos marcados y esa juventud insolente, sostenía a Elena de una forma que solo un hombre que posee a una mujer se atreve a hacerlo.
Y ella… ella no se resistía. Su risa, antes dedicada exclusivamente al dueño de la hacienda, ahora se perdía en el cuello de aquel intruso.
Don Rodrigo sintió que el mundo se desmoronaba, pero su rostro permaneció como una máscara de piedra.
Sus manos, endurecidas por años de trabajo en el campo antes de convertirse en el terrateniente más poderoso de la región, se cerraron en puños.
Lentamente, su mano derecha se desplazó hacia la parte posterior de su cinturón, donde el frío metal de su arma reglamentaria le devolvió una sensación de control.
No era un hombre violento por naturaleza, pero era un hombre de honor. Y el honor, en su mundo, se pagaba con sangre o con silencio.
Empujó la puerta de cristal. El suave siseo del carril al deslizarse fue el primer aviso de que el paraíso se había terminado.
Elena se separó de Julián con un grito ahogado, sus ojos abriéndose con un terror que Don Rodrigo saboreó como si fuera hiel.
Julián, el «valiente» joven atleta, retrocedió hasta chocar con una de las máquinas de pesas, su rostro palideciendo hasta quedar del color de la cal.
—Rodrigo… yo puedo explicarlo… —balbuceó Elena, tratando de cubrirse con sus manos, aunque su traición ya estaba desnuda ante los ojos de su marido.
Él no dijo nada. El silencio era más pesado que cualquier grito.
Caminó con paso lento, cada paso resonando en el piso de madera pulida, hasta quedar a escasos metros de la pareja.
Sacó el arma con una parsimonia aterradora. El «clic» del seguro al quitarse sonó como un trueno en el recinto cerrado.
Don Rodrigo levantó el arma, apuntando directamente al pecho de Julián, quien empezó a temblar de forma incontrolable.
—¿Crees que mi casa es un hotel, muchacho? —preguntó Rodrigo con una voz que era un susurro gélido—. ¿Crees que lo que es mío se puede tomar así de fácil?
Elena cayó de rodillas, sollozando, rogando por una misericordia que no sabía si existía en ese hombre en ese momento.
Pero entonces, algo extraño sucedió. Don Rodrigo detuvo el movimiento de su dedo sobre el gatillo.
Se quedó inmóvil, mirando no a los traidores, sino al vacío, como si estuviera procesando un plan mucho más grande que un simple arrebato de ira.
De repente, giró la cabeza y miró directamente hacia donde tú, el espectador invisible, estabas observando.
Sus ojos, cargados de una sabiduría oscura y una determinación feroz, se clavaron en los tuyos.
—Ustedes creen que esto termina aquí, ¿verdad? —dijo Rodrigo, hablando directamente a la cámara, a la audiencia que devoraba su tragedia—. Creen que un balazo es la solución.
Esbozó una sonrisa torcida, una que prometía tormentas y desastres.
—La muerte es demasiado rápida. La verdadera venganza… la que quema los huesos y destruye el alma… esa apenas está por comenzar.
Bajó el arma, pero no la guardó. Miró a Elena con un desprecio que dolió más que cualquier golpe.
—No se muevan. No intenten escapar. Porque ahora van a conocer quién es realmente el dueño de esta hacienda.
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