Estás en la parte 2: la humillación de Ricardo está a punto de convertirse en su peor pesadilla…
Ricardo estaba disfrutando su momento de «gloria». Se sentía superior, se sentía el hombre que había desenmascarado a una impostora.
No se daba cuenta de que el silencio que reinaba en la joyería no era de apoyo hacia él, sino de un pánico absoluto por lo que estaba a punto de suceder.
—¡Gerente! —gritó Ricardo, golpeando el mostrador con la mano—. ¡Quiero hablar con el gerente ahora mismo! No es posible que permitan que este tipo de personas molesten a los clientes de élite. ¡Esta mujer debería estar en el sótano, no aquí donde la gente decente compra!
Una de las empleadas, con el rostro pálido como el papel, intentó hablar.
—Señor, por favor, cálmese… usted no entiende…
—¿Qué no entiendo? —la interrumpió él con prepotencia—. Entiendo que pago miles de dólares en este lugar y no tengo por qué ver a una sirvienta lloriqueando sobre mis zapatos. ¡Sáquenla de aquí o haré que cierren este local!
Fue entonces cuando las puertas dobles de la oficina principal, ubicadas al fondo de la joyería, se abrieron de par en par.
Una mujer de unos cincuenta años, vestida con un traje sastre de seda color crema que gritaba autoridad y elegancia, salió caminando con pasos firmes. Era Victoria, la directora ejecutiva de la cadena de joyerías más importante del país.
Ricardo, al verla, cambió su expresión de inmediato. Puso su mejor sonrisa de «hombre de mundo».
—¡Ah, Victoria! Qué gusto verla —dijo Ricardo, acercándose a ella como si fueran viejos amigos—. Justo estaba lidiando con un problema de personal aquí. Esta mujer de la limpieza ha sido extremadamente irrespetuosa y…
Victoria ni siquiera lo miró. Pasó de largo, como si Ricardo fuera un mueble viejo y estorboso.
Ricardo se quedó con la palabra en la boca, con la mano extendida en el aire. Sus ojos se abrieron de par en par cuando vio que la imponente ejecutiva se dirigía directamente hacia Elena.
Elena seguía allí, con el trapeador en la mano, pero algo en su postura había cambiado. Ya no era la mujer encogida que Ricardo intentaba humillar; sus hombros estaban erguidos y su mirada era gélida.
—Señora Velasco… —dijo Victoria con una voz que destilaba un respeto profundo, casi reverencial—. Mil disculpas. No sabía que ya había bajado al piso de ventas.
Ricardo soltó una risita nerviosa.
—¿Señora Velasco? Victoria, se equivoca de persona. Esta es solo una empleada que…
Victoria se giró lentamente hacia Ricardo. Sus ojos eran como dos dagas de hielo.
—Caballero, le voy a pedir que guarde silencio. No tiene la menor idea de con quién está intentando hablar.
—¡Es mi ex prometida! —exclamó Ricardo, perdiendo la compostura—. Es una muerta de hambre que limpia pisos. ¡Mírela!
Victoria miró a Elena y luego volvió a mirar a Ricardo con una expresión de absoluta lástima.
—Señor… esta mujer a la que usted llama «muerta de hambre» es Elena Velasco. Es la dueña y fundadora de este consorcio. Es la propietaria de este edificio, de esta joyería y de las otras doce sucursales que tenemos en el continente.
El silencio que siguió a esas palabras fue tan denso que se podía cortar con un cuchillo.
A Ricardo se le escapó el aire de los pulmones. Sintió como si el piso de mármol se abriera bajo sus pies. Miró a Elena, buscando alguna señal de que todo era una broma, de que Victoria estaba loca.
Pero Elena simplemente dejó el trapeador a un lado. Se quitó los guantes de hule amarillos, revelando unas manos cuidadas, y se limpió una gota de sudor de la frente con una elegancia que Ricardo nunca había notado.
—Victoria —dijo Elena con voz firme—, ¿están listos los inversionistas en la sala de juntas?
—Sí, señora. Llevan quince minutos esperándola. Estaban muy interesados en su dinámica de «cliente misterioso» para evaluar el servicio de limpieza y atención de esta sucursal.
Elena asintió. Luego, bajó la vista hacia el anillo de compromiso que seguía en el suelo. Se agachó, lo recogió y se lo extendió a Ricardo, quien estaba petrificado, con el rostro pasando del rojo al blanco ceniza.
—Toma, Ricardo. Dijiste que el compromiso se terminó, ¿no? —Elena puso el anillo en la palma de la mano de él—. Me alegra que lo hicieras antes de que firmáramos el contrato prenupcial. Me acabas de ahorrar millones de dólares y, sobre todo, una vida de miseria al lado de alguien que solo ama el dinero y no a las personas.
—Elena… yo… no sabía… yo pensé que… —tartamudeó Ricardo, tratando de agarrar su mano.
Ella dio un paso atrás, con un gesto de repugnancia.
—Ese es tu problema, Ricardo. Tú solo respetas a la gente cuando crees que tienen algo que darte. Para ti, una persona que limpia pisos no merece dignidad. Para mí, la persona que limpia mis tiendas es tan importante como el cliente que compra un diamante, porque sin ellos, este imperio no brillaría.
Victoria intervino, haciendo una señal a los guardias de seguridad.
—Señor, creo que es hora de que se retire. Y por cierto, la cuenta que tiene pendiente con nosotros por el crédito del reloj que compró el mes pasado… ha sido cancelada. No queremos su dinero aquí. Le daremos 24 horas para liquidar el total o procederemos legalmente.
Ricardo sintió que las piernas le flaqueaban. El reloj que llevaba puesto, su posesión más preciada, ni siquiera era suyo del todo; lo había sacado a plazos confiando en que, al casarse con Elena (quien él creía que tenía un «buen sueldo»), ella le ayudaría a pagarlo.
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