Sé que el nudo en tu garganta es el mismo que siente Mateo en este momento, y no podías quedarte sin saber qué pasó después de ese eterno silencio que lo cambió todo.
Mateo sentía que el aire se volvía denso, casi sólido, mientras esperaba una respuesta que parecía no llegar nunca.
Sus manos, esas que habían transformado el jardín de la mansión en un paraíso terrenal, temblaban con una intensidad que no podía ocultar.
Había soltado las tijeras de podar sobre el césped perfectamente cortado, y el sonido del metal chocando contra la tierra húmeda fue lo único que rompió la tensión por un segundo.
—La amo, doña Elena —repitió él en un susurro, casi como si necesitara convencerse a sí mismo de que finalmente había tenido el valor de decirlo.
Ella no se movió.
Elena permanecía de espaldas, con su vestido de seda color crema ondeando suavemente con la brisa de la tarde.
El sol de las cinco de la tarde bañaba sus hombros, dándole un aura de divinidad que solo hacía que Mateo se sintiera más pequeño, más insignificante.
Él sabía que era un atrevimiento, una locura que solo ocurre en las novelas que su abuela escuchaba en la radio.
Pero el corazón no entiende de jerarquías ni de cuentas bancarias.
Él la había visto llorar a escondidas en el gazebo cuando pensaba que nadie la miraba.
Él conocía sus flores favoritas, no porque ella se lo hubiera dicho, sino porque había notado cómo sus ojos se iluminaban al pasar cerca de las orquídeas blancas.
—¿Qué has dicho, Mateo? —preguntó ella finalmente, con una voz tan fría que heló la sangre del joven jardinero.
Mateo tragó saliva, sintiendo que su garganta estaba llena de arena.
—Dije que mi corazón le pertenece, señora. Que cada flor que planto lleva su nombre. Que no puedo seguir fingiendo que solo soy el hombre que cuida su césped.
Elena se giró lentamente.
Su rostro, de una belleza aristocrática y pulida, no mostraba ni rastro de la ternura que Mateo había imaginado encontrar en sus sueños más profundos.
En lugar de eso, sus ojos destellaban una chispa de desprecio que lo golpeó con más fuerza que un puñetazo físico.
—Mírate, Mateo —dijo ella, recorriéndolo de arriba abajo con una mirada lacerante.
Él bajó la vista hacia sus propias manos.
Estaban sucias de tierra negra. Sus uñas tenían los restos del trabajo de toda la mañana. Sus botas estaban gastadas y su camisa de lino barato estaba empapada de sudor.
—Eres un simple empleado —continuó ella, dando un paso hacia él, invadiendo su espacio personal con ese perfume caro que siempre lo embriagaba.
Mateo no retrocedió, aunque todo su instinto le decía que huyera.
—Un hombre que vive de la caridad de mi familia, que duerme en una habitación pequeña al fondo de la propiedad.
Cada palabra de Elena era como una espina clavándose en su pecho.
Él había esperado un rechazo, sí, pero no este nivel de crueldad gratuita.
—¿Realmente pensaste que una mujer como yo, con mi historia, con mi apellido, se fijaría en alguien que huele a abono y sudor? —soltó ella con una risa amarga.
El silencio volvió a reinar, pero esta vez era un silencio cargado de humillación.
Mateo sintió que las lágrimas empezaban a nublar su vista, pero se obligó a no parpadear. No quería darle el gusto de verlo llorar.
—Pensé que bajo toda esa ropa cara y esos modales de reina, había una mujer que valoraba la sinceridad —logró decir Mateo con la voz quebrada.
Elena soltó una carcajada que resonó en todo el jardín, atrayendo la atención de los otros empleados que observaban desde lejos, escondidos tras los ventanales de la cocina.
—La sinceridad no paga las cuentas, Mateo. Ni mantiene el estatus. Lo que has hecho hoy no es un acto de amor, es una falta de respeto a tu posición.
Él sintió que el mundo se le venía abajo. Había apostado todo a una sola carta y el resultado estaba siendo devastador.
—Vuelve a tu trabajo —ordenó ella, recuperando su tono autoritario—. Y agradece que necesito que los rosales estén listos para la fiesta de mañana, de lo contrario, estarías en la calle en este mismo instante.
Elena le dio la espalda y comenzó a caminar hacia la escalinata de mármol que conducía a la entrada principal.
Mateo se quedó allí, de pie en medio de su propio paraíso, sintiéndose como un intruso en su propia vida.
Recogió las tijeras de podar con movimientos mecánicos, sintiendo el peso del mundo sobre sus hombros.
Sin embargo, algo en la forma en que Elena caminaba, un ligero titubeo en su paso antes de entrar a la casa, le dio una extraña sensación.
Pero el dolor era demasiado grande como para analizar sutilezas.
Lo que Mateo no sabía era que, en ese preciso momento, la verdadera historia apenas estaba comenzando a escribirse tras las cortinas de terciopelo de la mansión.
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