Sé que te quedaste con el corazón en la garganta y por eso estás aquí, buscando la verdad que el silencio ocultó en ese patio.
«Si voy a morir, que sea mirando al sol, no a las botas de este hombre», pensó Mateo mientras sentía que el asfalto caliente de la hacienda le quemaba las rodillas.
El aire en la propiedad de Don Valeriano era pesado, casi sólido, cargado con el aroma de los jazmines nocturnos y el olor metálico del miedo que emanaba de cada poro de Mateo.
Don Valeriano no era un hombre de gritos; su poder residía en ese silencio sepulcral que precedía a las tormentas más devastadoras.
Se mantuvo de pie, con su figura imponente recortada contra el ocaso, observando a quien hasta hace unas horas consideraba su mano derecha, su protegido, casi un hijo.
Mateo, con la respiración entrecortada, intentaba buscar un rastro de piedad en los ojos del patrón, pero solo encontraba un vacío gélido.
—Dime una cosa, muchacho —comenzó Valeriano, su voz era un susurro que cortaba como una navaja—. ¿Cuánto vale la traición hoy en día? ¿Te alcanzó para comprarte una conciencia nueva o solo para pagar las deudas que te dejó el juego?
—Patrón, por lo que más quiera, escúcheme —suplicó Mateo, su voz quebrándose como cristal fino—. Yo no fui. Yo daría mi vida por usted, lo sabe. Estuve ahí cuando los federales rodearon el rancho en el norte, yo fui quien lo sacó de ahí.
Valeriano caminó lentamente alrededor de él, el sonido de sus espuelas marcando un ritmo fúnebre sobre las baldosas de piedra.
Los hombres de seguridad, estatuas de mármol con armas largas, no se atrevían ni a parpadear; en ese mundo, un parpadeo en el momento equivocado podía ser interpretado como complicidad.
—Los recuerdos son hermosos, Mateo, pero la realidad es una perra traicionera —dijo Valeriano, deteniéndose justo detrás del joven—. Alguien avisó. Alguien dio las coordenadas exactas del cargamento en la frontera.
El patrón puso una mano pesada sobre el hombro de Mateo, quien se estremeció violentamente ante el contacto.
—Solo tres personas sabían la ruta —continuó el líder criminal—. Mi sobrino, que está muerto por los disparos de la policía; yo, que no me voy a delatar a mí mismo; y tú.
Mateo cerró los ojos con fuerza, las lágrimas mezclándose con el polvo de su rostro, mientras las imágenes de su familia pasaban por su mente como una película acelerada.
Pensó en su madre, esperándolo con la cena servida en su pequeña casa del pueblo, ajena a que su hijo estaba a punto de convertirse en un fantasma.
—Don Valeriano, me están tendiendo una trampa —logró articular Mateo—. Quieren que usted pierda a su gente de confianza, quieren debilitarlo desde adentro.
El patrón soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de alegría, y se agachó para quedar a la altura del rostro de su subordinado.
La mirada de Valeriano era un abismo. En ese momento, el patrón se volvió hacia un punto invisible en el espacio, como si estuviera hablando con alguien que observaba desde las sombras.
—Mírenlo bien —dijo Valeriano a la nada, pero con una intensidad que erizaba la piel—. Miren cómo tiembla el hombre que jura lealtad mientras el suelo se tiñe de dudas. ¿Ustedes qué harían? ¿Le creerían a las lágrimas o a los hechos?
El silencio que siguió a esa pregunta fue más aterrador que cualquier disparo. Mateo no entendía a quién le hablaba el patrón, pero sentía que el mundo entero lo estaba juzgando.
—Dame un nombre, Mateo —exigió Valeriano, recuperando su tono gélido—. Dame el nombre del verdadero soplón y quizás, solo quizás, te deje caminar hacia esa puerta.
Mateo tragó saliva, el nudo en su garganta era una piedra infranqueable. Sabía que si hablaba, alguien más moriría, pero si callaba, su historia terminaría antes de que la luna terminara de salir.
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