Continuamos con la historia justo en el momento en que el destino de Mateo pendía de un hilo delgado y afilado…
Mateo miró fijamente a Don Valeriano, y por un segundo, el miedo que lo paralizaba se transformó en una claridad asombrosa, esa que solo llega cuando la muerte nos respira en la nuca.
—Si digo un nombre para salvarme, patrón, entonces sí sería el traidor que usted cree que soy —respondió Mateo, manteniendo la mirada por primera vez en toda la tarde.
Valeriano arqueó una ceja, impresionado por el repentino arranque de valor del muchacho, pero su corazón no se ablandó ni un milímetro.
—El honor es un lujo que los muertos no pueden permitirse, hijo —sentenció el patrón, alejándose unos pasos para sacar un cigarro fino—. Pero me gusta tu audacia. Lástima que no sirva para pagar los cinco millones que perdí en ese operativo.
En ese momento, un hombre robusto, conocido como «El Cuervo», se acercó a Valeriano con un teléfono satelital en la mano, susurrándole algo al oído.
El rostro de Valeriano cambió. La frialdad se transformó en una mueca de desconcierto que duró apenas un segundo antes de volver a su máscara de piedra.
—Traigan la maleta —ordenó Valeriano, sin quitarle los ojos de encima a Mateo.
Dos hombres trajeron una maleta de cuero desgastado y la abrieron frente al joven arrodillado. Dentro no había dinero, ni drogas, ni armas.
Había fotografías. Decenas de fotografías de Mateo en lugares donde nunca debería haber estado: cafeterías discretas, esquinas oscuras y parques solitarios.
En todas las fotos, Mateo aparecía hablando con un hombre de traje gris, un hombre que todos en la organización conocían como el agente encargado de la unidad antinarcóticos.
—¿Me vas a decir que esto también es una trampa? —preguntó Valeriano, lanzando una de las fotos al suelo, justo frente a los ojos de Mateo—. ¿O me vas a decir que ese agente es tu primo perdido?
Mateo sintió que el mundo se desmoronaba bajo sus pies. Esas fotos eran reales, pero la historia que contaban era una verdad a medias, la peor de las mentiras.
—No es lo que parece, patrón… yo… —las palabras se le escapaban, el pánico volvía a nublar su juicio.
—¡Basta de mentiras! —rugió Valeriano, perdiendo finalmente la compostura—. Te di todo. Te saqué del lodo, te di un nombre, te di poder. ¿Y así es como me pagas? ¿Vendiendo mi cabeza al gobierno?
El patrón sacó su arma, una pistola con empuñadura de oro y grabados antiguos, y la apoyó suavemente en la frente de Mateo.
El frío del metal contra su piel hizo que Mateo cerrara los ojos y empezara a rezar en silencio una oración que su abuela le enseñó cuando era niño.
—¿Alguna última palabra antes de que te mande al infierno a cobrar tu recompensa? —preguntó Valeriano, su dedo comenzando a ejercer presión sobre el gatillo.
Los hombres de alrededor contenían el aliento. El aire parecía haberse agotado en toda la hacienda. Solo se escuchaba el canto lejano de un búho y el latido acelerado de un hombre que ya se sentía difunto.
—El agente… —susurró Mateo, con los ojos aún cerrados—. El agente no me estaba comprando, patrón. Yo lo estaba comprando a él.
Valeriano detuvo el movimiento de su dedo. Un silencio tenso, electrizante, se apoderó del patio.
—Explícate —ordenó el patrón, aunque el arma seguía firme en su posición.
—Esa plata que desaparecía de las cuentas pequeñas… la que usted pensó que yo me robaba —dijo Mateo con un hilo de voz—. Se la estaba dando a él para saber quién de los suyos era el informante real.
Mateo abrió los ojos, que ahora brillaban con una intensidad febril, una mezcla de desesperación y verdad absoluta.
—Él me dio un nombre hoy por la mañana —continuó el joven—. Me dijo quién fue el que entregó la ruta del cargamento. No alcancé a decírselo porque sus hombres me agarraron antes de entrar a la oficina.
Valeriano escudriñó el rostro de Mateo, buscando la más mínima señal de engaño. En el mundo del crimen, la verdad es una moneda que se devalúa rápido, y la mentira es el lenguaje cotidiano.
—¿Y bien? —presionó Valeriano—. ¿Quién es ese nombre que vale tanto como para que te arriesgaras a encontrarte con la ley?
Mateo miró a su alrededor. Vio a «El Cuervo», vio a los guardias, vio la inmensidad de la hacienda que se sentía como una jaula de oro.
—Si lo digo aquí, no salgo vivo de este patio, y usted lo sabe —respondió Mateo—. El traidor está escuchando ahora mismo.
La tensión alcanzó un punto de no retorno. Valeriano bajó el arma lentamente, pero su mirada seguía siendo una promesa de muerte para quien resultara culpable.
—Entren todos a la mansión —ordenó Valeriano a sus hombres—. El Cuervo, quédate afuera. Mateo, tú vienes conmigo al despacho. Solo nosotros dos.
El Cuervo asintió, aunque una sombra de duda cruzó su rostro por una fracción de segundo, un detalle que no escapó a la vista de un hombre tan observador como Valeriano.
Mientras caminaban hacia el interior de la lujosa mansión, Mateo sentía que cada paso era una victoria ganada al destino, pero sabía que el juego apenas estaba por volverse realmente peligroso.
Dentro del despacho, rodeados de libros antiguos y el aroma a madera de cedro, Valeriano se sentó tras su escritorio y le hizo una seña a Mateo para que hiciera lo mismo.
—Estamos solos, muchacho —dijo el patrón, guardando el arma en un cajón—. Si me mientes ahora, te juro que desearás que te hubiera matado en el patio. ¿Quién es el soplón?
Mateo se inclinó hacia adelante, su voz apenas un susurro que no podía ser captado por ningún micrófono oculto.
—Patrón, la persona que dio la orden… la persona que quiere que usted caiga para quedarse con todo…
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




