Lo que viste hace un momento fue solo el inicio de una injusticia que estaba a punto de transformarse en algo inolvidable, y aquí es donde todo se revela.
El aire acondicionado de «Joyas del Siglo» soplaba con una frialdad que parecía emanar de las mismas vitrinas de cristal y oro. Beatriz, la gerente de la sucursal, ajustó su saco de diseñador mientras observaba con una mueca de asco cómo las ruedas de la vieja silla de metal dejaban una marca casi invisible sobre el mármol italiano recién pulido.
—Le he dicho ya tres veces, señora —escupió Beatriz, bajando el tono de voz para no alarmar a los clientes «distinguidos» que miraban de reojo—, que aquí no reparamos baratijas de mercado. Este es un establecimiento de prestigio. Su… objeto… solo nos quita tiempo.
La anciana, a quien el peso de los años parecía haberle encogido los hombros, mantenía la mirada baja. Sus manos, nudosas y temblorinas por el Parkinson, aferraban un pequeño bulto envuelto en un pañuelo de seda desgastado.
—Solo quiero que vuelva a caminar —susurró la mujer con una voz que era apenas un hilo—. Mi esposo decía que, mientras este reloj latiera, él siempre estaría conmigo.
Beatriz soltó una risa seca, desprovista de cualquier rastro de humanidad. Para ella, el tiempo era dinero, y esa mujer olía a jabón barato y a recuerdos que no cotizaban en la bolsa.
—Pues su esposo le mintió o no sabía de lujos. Mire esa correa de cuero pelado, mire ese cristal rayado. Es basura, señora. Seguridad, por favor, acompañen a la dama a la salida. No queremos que obstruya el paso de los clientes reales.
Fue en ese momento cuando Mateo, el empleado más joven del lugar, sintió que algo se rompía dentro de su pecho. Mateo no era como los demás; él recordaba los domingos en casa de su abuela, el olor a café y el respeto sagrado por las historias de los mayores.
—Espere, Beatriz —dijo Mateo, dando un paso al frente y sintiendo cómo el sudor frío le recorría la espalda. Sabía que desafiar a la gerente era firmar su carta de despido—. Yo lo revisaré.
Beatriz se giró con la lentitud de una cobra, sus ojos entrecerrados fijos en el joven.
—Mateo, vuelve a limpiar los escaparates de la sección de diamantes. No te pagamos para hacer caridad.
—Lo haré en mi hora de almuerzo —insistió el joven, acercándose a la anciana y agachándose para quedar a su altura—. Déjeme verlo, doña…
—Elena, mi nombre es Elena, mi’jo —dijo ella, y por primera vez en toda la mañana, un pequeño destello de esperanza iluminó sus ojos cansados.
Mateo tomó el paquete con una delicadeza casi religiosa. Mientras lo hacía, sintió el peso inusual del objeto. Al desenvolver el pañuelo, el joven contuvo el aliento. No era un reloj común. Era una pieza mecánica antigua, de un oro rosa que, a pesar de la suciedad acumulada, tenía un brillo profundo, casi hipnótico.
—¡Qué ridículo! —exclamó Beatriz, acercándose para burlarse—. Es un pedazo de chatarra. Mateo, si tocas esa porquería con las herramientas del taller, te descontaré el mantenimiento del sueldo.
Mateo no la escuchaba. Sus dedos rozaron la parte trasera del reloj y sintió una inscripción grabada. El corazón le dio un vuelco. Él había estudiado la historia de la relojería para conseguir ese empleo; conocía cada modelo icónico, cada rareza que los coleccionistas buscaban como el Santo Grial.
—Señora Elena —preguntó Mateo con la voz temblorosa—, ¿sabe usted qué es esto?
—Es el corazón de mi Aurelio —respondió ella con una sencillez que partía el alma—. Él lo armó pieza por pieza cuando no teníamos nada más que sueños y hambre.
Beatriz soltó una carcajada estridente que hizo que un par de clientes se giraran.
—¿Escucharon eso? «Lo armó él mismo». Seguramente un reloj de hojalata hecho en un garaje. Mateo, ya basta de esta farsa. Seguridad, ¡ahora!
Dos hombres uniformados se acercaron a la silla de ruedas. La señora Elena se encogió, abrazando su viejo bolso contra el pecho, mientras Mateo se interponía entre ella y los guardias.
—¡No la toquen! —gritó Mateo, sorprendiéndose de su propia fuerza—. Beatriz, usted siempre dice que en esta tienda valoramos la excelencia. Pues mire bien esto.
Mateo sacó de su bolsillo una lupa de relojero y la colocó sobre el cristal rayado. Lo que vio lo dejó sin aire. En el centro del dial, casi invisible a simple vista, había un pequeño emblema: un fénix renaciendo de las cenizas.
El joven recordó entonces la fotografía que colgaba en la oficina principal de la corporación, esa que todos ignoraban. Una foto en blanco y negro de los fundadores en sus inicios. Corrió hacia el fondo del local, ignorando los gritos de Beatriz que lo llamaba «loco» y «despedido».
Buscó desesperadamente en los archivos digitales de la tienda, con los dedos volando sobre el teclado, mientras en la entrada, la tensión subía de tono. Beatriz ya estaba agarrando el brazo de la anciana para forzarla a girar la silla.
—Suélteme, señorita, me está lastimando —pidió Elena con dignidad, a pesar de que sus ojos se llenaban de lágrimas.
—Usted se va de aquí ahora mismo, vieja loca —rugió Beatriz, perdiendo toda la compostura—. No voy a permitir que arruine mi comisión del mes con su presencia patética.
Pero Mateo regresó corriendo, con una hoja impresa en la mano y el rostro pálido como la cera.
—¡Beatriz, deténgase! —gritó, mostrando el papel—. ¡Mire la foto! ¡Mire el reloj!
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