Continuamos con la historia donde la dejamos, justo en el momento en que la desesperación parece ganarle a la esperanza…
Elena permaneció sentada en el callejón trasero del restaurante durante lo que parecieron horas, aunque apenas habían pasado quince minutos. El llanto se había transformado en un hipo silencioso. Se tocaba el vientre, tratando de calmar al bebé, que parecía estar tan inquieto como ella.
—Todo va a estar bien, pequeñito —susurraba, aunque su voz carecía de convicción—. Mamá encontrará algo. Dios no nos va a desamparar.
De repente, escuchó el sonido de la puerta metálica abriéndose. Pensó que sería Ricardo para humillarla una vez más, o quizás alguno de sus compañeros para darle un abrazo de despedida. Pero cuando levantó la vista, se encontró con el anciano.
Caminaba con dificultad, apoyándose en un viejo bastón de madera que Elena no había notado antes. Sus ropas se veían aún más desgastadas bajo la luz cruda del sol de la tarde. El hombre se acercó a ella y, con un esfuerzo evidente, se sentó en el escalón de al lado, guardando una distancia respetuosa.
—Es un día muy bonito para estar tan triste, jovencita —dijo él. Su voz era áspera, como el papel de lija, pero tenía una calidez que Elena no esperaba.
—Perdí mi trabajo, señor —respondió ella, secándose las mejillas con el dorso de la mano—. No sé qué voy a hacer ahora.
El anciano suspiró, mirando hacia el horizonte de la ciudad.
—A veces, perder algo que creemos necesario es la única forma de que el destino nos entregue algo mucho mejor. Pero entiendo tu miedo. Tienes una vida creciendo dentro de ti. Los miedos se duplican cuando no estamos solos.
Elena se sorprendió de su perspicacia. Lo miró con más atención. A pesar de su apariencia descuidada, el hombre emanaba una paz que contrastaba violentamente con el caos que ella sentía en su pecho.
—¿Por qué no se fue cuando el gerente lo gritó? —preguntó ella—. Pudo haber tenido problemas.
—He pasado por cosas mucho peores que los gritos de un hombre pequeño vestido con un traje caro —respondió el anciano con una media sonrisa—. Además, la comida estaba deliciosa. Hubiera sido una falta de respeto dejar ese plato a medias después de lo que te costó a ti servírmelo.
Elena bajó la mirada, apenada.
—Ricardo es una persona difícil. Está obsesionado con el poder y con impresionar al dueño del restaurante. Dice que hoy es un día crucial.
El anciano soltó una risita seca.
—Ah, sí. El famoso señor Valenzuela. He oído hablar de él. Dicen que es un hombre muy estricto, ¿no es así?
—Eso dicen —asintió Elena—. Nunca lo hemos visto. Cambia de gerentes como de camisa y casi nunca visita las sucursales personalmente. Ricardo ha estado limpiando hasta las grietas de los azulejos durante una semana solo para que todo esté perfecto.
El hombre se quedó pensativo un momento, jugueteando con una moneda vieja entre sus dedos.
—Dime una cosa, Elena… ¿Si tuvieras la oportunidad de decirle algo a ese dueño, qué le dirías? ¿Le pedirías tu trabajo de vuelta?
Elena lo pensó seriamente. Se imaginó frente al gran magnate, ese hombre poderoso que controlaba la vida de cientos de empleados desde su oficina de cristal.
—No —dijo ella finalmente—. No le pediría mi trabajo de vuelta. No quiero trabajar para alguien que permite que personas como Ricardo traten a los demás como basura. Le diría que un restaurante no son las paredes de lujo, ni la comida cara, ni las copas de cristal. Un restaurante son las personas que sirven con amor y las personas que entran con hambre. Le diría que ha olvidado lo que significa ser humano.
El anciano la miró fijamente. Por un segundo, a Elena le pareció que su espalda se erguía y que su mirada cobraba una fuerza autoritaria, casi regia. Pero la impresión pasó rápido y él volvió a ser el abuelito cansado de hace un momento.
—Esas son palabras muy valientes —comentó él—. Y muy raras de escuchar en estos tiempos.
En ese momento, el teléfono de Elena vibró en su bolso. Era un mensaje de su casero recordándole el pago de la próxima semana. La realidad la golpeó de nuevo como un balde de agua fría. Se puso de pie, sintiendo el peso de su cuerpo y de su incertidumbre.
—Debo irme, señor. Tengo que empezar a buscar algo, lo que sea. No puedo darme el lujo de descansar.
El anciano también se levantó, con un crujido de huesos que dolió de solo oírlo.
—Espera un momento —dijo él, metiendo la mano en el bolsillo de su saco raído—. Toma esto. No es mucho, pero te ayudará con el transporte hoy.
Elena vio que le extendía un billete de alta denominación, arrugado y algo sucio, pero era mucho más de lo que ella ganaba en un día de propinas.
—No, por favor, no puedo aceptarlo —dijo ella, retrocediendo—. Usted lo necesita más que yo.
—Hija —dijo el hombre, y por primera vez la llamó así, con una ternura que le rompió el corazón—, la generosidad es un círculo. Tú me diste de comer cuando no tenías por qué hacerlo. Ahora déjame a mí ayudarte un poco. No me ofendas rechazándolo.
Elena aceptó el billete con las manos temblorosas.
—Gracias… muchas gracias. ¿Cómo se llama usted?
El anciano le guiñó un ojo, un gesto que parecía lleno de un secreto antiguo.
—Solo llámame Manuel. Y no te alejes mucho de aquí, Elena. A veces, las tormentas limpian el camino para que veamos mejor lo que viene.
Elena se despidió de él con un abrazo rápido, sintiendo el olor a tabaco viejo y a soledad que desprendía su ropa, pero también sintiendo un calorcito de esperanza. Empezó a caminar hacia la parada del autobús, pero algo en su interior le decía que no debía irse todavía. Se detuvo en la esquina y miró hacia atrás.
Vio a Manuel caminar hacia la entrada principal del restaurante, la misma por la que entran los clientes VIP. Vio cómo Ricardo, que estaba en la puerta esperando ansiosamente la llegada de una limusina, le bloqueaba el paso de nuevo con gestos violentos.
—¡Te dije que te largaras, viejo asqueroso! —gritó Ricardo, y su voz llegó hasta donde estaba Elena—. ¡Si no te vas ahora mismo, llamo a la policía y te juro que dormirás en una celda!
Elena apretó los puños. Estaba a punto de correr hacia allá para defenderlo, olvidándose de su propio cansancio y de su despido, cuando sucedió algo extraño.
El anciano no se encogió. No se asustó. Se quedó parado frente a Ricardo, y de repente, su estatura pareció duplicarse. Se llevó la mano al cuello y se quitó una bufanda mugrienta que llevaba puesta. Luego, con un movimiento lento y deliberado, sacó un teléfono móvil de última generación de un bolsillo oculto y marcó un número.
Ricardo se quedó mudo, con la mano levantada para empujarlo, congelado en medio del gesto.
Descubre el desenlace final tocando el botón siguiente 👇




