Sabía que no podrías dejar la historia a medias; hiciste lo correcto al venir a descubrir la verdad completa.
Ramiro sentía que el sudor le bajaba por la espalda como una gota fría y traicionera.
Sus manos, habitualmente firmes para manejar el ganado y las herramientas, temblaban ligeramente sobre el borde del escritorio de madera maciza.
Desde su posición, a un costado de la enorme silla de cuero del patrón, podía ver el perfil de Don Aurelio.
El viejo líder de la hacienda no se había inmutado.
Sus ojos, del color del acero templado, estaban fijos en los monitores que devolvían imágenes granuladas y grises de los rincones más recónditos de la propiedad.
Había un silencio sepulcral en la oficina, solo interrumpido por el zumbido eléctrico de las pantallas y el tic-tac de un reloj de pared que parecía contar los segundos hacia un desenlace inevitable.
—Patrón —susurró Ramiro, con la voz quebrada por el nerviosismo—, desaparecieron.
—Nadie desaparece en mis tierras, Ramiro —respondió Don Aurelio sin apartar la vista del cristal—.
—Pero los vimos en el potrero norte, cerca de las bodegas —insistió el subordinado, limpiándose la frente con el dorso de la mano—.
—Dimos la vuelta, activamos las luces de apoyo y para cuando llegamos, solo quedaba el rastro de las pisadas en el lodo. Es como si se los hubiera tragado la tierra.
Don Aurelio soltó un suspiro pesado, uno que cargaba con el peso de décadas de cuidar ese imperio amurallado.
Se puso de pie con una lentitud calculada, haciendo que la silla de cuero crujiera bajo su peso.
Caminó hacia el ventanal que daba a la extensión de la hacienda, donde las luces de seguridad cortaban la negrura de la noche como cuchillas brillantes.
—Esta hacienda no es solo tierra y ganado, muchacho —dijo el patrón, dándole la espalda—.
—Es un organismo vivo. Cada sensor, cada cámara, cada muro de piedra que mis abuelos levantaron tiene un propósito.
Ramiro tragó saliva. Conocía las leyendas sobre «La Fortaleza», como llamaban los vecinos a la propiedad.
Decían que Don Aurelio había invertido una fortuna en tecnología que ni siquiera el ejército tenía.
Pero ver al viejo tan tranquilo frente a una intrusión era algo que no terminaba de procesar.
—Cierra el perímetro —ordenó Don Aurelio de repente, su voz ahora era un trueno contenido—.
—Todo. Las puertas de acceso, los túneles de drenaje, las esclusas del río. No quiero que pase ni una hormiga.
Ramiro se abalanzó sobre el panel de control. Sus dedos volaron sobre los botones rojos y las palancas de seguridad.
A lo lejos, se escuchó un estruendo metálico que resonó en todo el valle.
Eran las puertas de acero de diez metros de altura sellándose herméticamente.
Un sonido que para muchos significaba seguridad, pero que esa noche sonaba como la tapa de un ataúd cerrándose.
—¿Y ahora? —preguntó Ramiro, con el corazón martilleando en su pecho—.
Don Aurelio regresó a los monitores. Con un movimiento elegante de su mano, cambió la frecuencia de una de las cámaras térmicas.
La pantalla, que antes mostraba solo sombras negras, de pronto se iluminó con manchas de calor intenso.
—Mira ahí —señaló el patrón con un dedo sarmentoso—.
Ramiro se acercó, entornando los ojos. En el sótano de la vieja bodega de granos, cuatro figuras humanas se agazapaban entre los sacos.
Se veían pequeños, asustados, moviéndose con la desesperación de ratas atrapadas.
No eran fantasmas, ni habían desaparecido. Estaban justo donde Don Aurelio quería que estuvieran.
—Creyeron que este lugar era un parque de diversiones —murmuró el patrón con una sonrisa gélida—.
—Creyeron que por ser viejos nos habíamos vuelto descuidados.
La tensión en la habitación se podía cortar con un cuchillo. Ramiro sentía una mezcla de alivio y un miedo renovado.
Alivio porque los intrusos estaban localizados, pero miedo por lo que Don Aurelio planeaba hacer a continuación.
El patrón nunca llamaba a la policía de inmediato; él prefería que los que faltaban al respeto a su hogar entendieran primero la magnitud de su error.
Don Aurelio se giró lentamente hacia una cámara que estaba instalada justo encima del monitor principal.
Sabía que alguien más estaba observando, quizá a través de una transmisión o simplemente como un testigo silencioso de la historia que estaba por desarrollarse.
Sus ojos brillaron con una intensidad casi salvaje.
—Ustedes también quieren saber cómo termina esto, ¿verdad? —dijo Don Aurelio, dirigiéndose directamente a la lente, como si pudiera ver a través de la pantalla—.
—Quieren ver qué pasa cuando los lobos entran al redil equivocado y descubren que el pastor tiene los colmillos más largos que ellos.
El patrón se ajustó el cuello de su camisa y tomó un pequeño radio de comunicación de su escritorio.
—Ramiro, prepárate. Vamos a bajar a darles la bienvenida —sentenció.
El subordinado asintió, aunque sus piernas todavía se sentían como gelatina.
Caminaron por los pasillos de piedra de la casa principal, donde los retratos de los antepasados de Aurelio parecían seguir sus movimientos con la mirada.
Cada paso resonaba en el mármol, un eco de autoridad que se extendía por toda la propiedad.
Don Aurelio no llevaba armas visibles, pero su sola presencia era más imponente que cualquier fusil.
Llegaron al ascensor de servicio que bajaba directamente a las galerías subterráneas que conectaban con las bodegas.
Mientras bajaban, el patrón se mantuvo en silencio, revisando su reloj de bolsillo.
—Cinco minutos —dijo en voz baja—.
—Cinco minutos para que se den cuenta de que la puerta por la que entraron ya no existe.
Ramiro no podía dejar de pensar en quiénes serían esos hombres. ¿Ladrones comunes? ¿Enviados de algún rival? ¿O algo más personal?
La intriga le quemaba las entrañas, pero sabía que con Don Aurelio, las respuestas llegaban a su debido tiempo y no un segundo antes.
Sigue leyendo la continuación tocando el botón de abajo 👇




