Continuamos con la historia donde la dejamos, en el momento exacto en que el tiempo pareció detenerse en la arena…
La mano de Elena finalmente tocó la piel áspera y cálida del toro. El animal, que un segundo antes era la personificación de la furia, cerró los ojos. Un suspiro largo y profundo escapó de sus pulmones, haciendo que sus flancos vibraran. No era un bufido de ataque, era el sonido de un ser que, después de mucho tiempo en la oscuridad, finalmente encontraba el camino a casa.
—¡Eh! ¡¿Qué está pasando?! —bramó Don Rodrigo desde el palco, rompiendo el hechizo—. ¡Mueve a ese animal! ¡Pínchalo! ¡Hagan algo!
Pero sus peones estaban tan atónitos como él. Nadie se atrevía a entrar al ruedo. Lo que estaban presenciando desafiaba toda lógica taurina. Una mujer desarmada estaba acariciando a una bestia de quinientos kilos como si fuera un cachorro.
Elena no escuchaba los gritos. En su mente, los recuerdos fluían como un río desbordado. Dos años atrás, en la pequeña parcela de su padre, una vaca vieja había muerto al dar a luz. Elena, que entonces tenía dieciocho años, se hizo cargo del ternero huérfano. Lo alimentó con biberón día y noche, lo cobijó en su propia habitación durante las noches de tormenta y lo llamó «Lucero» por la mancha blanca en forma de estrella que tenía en la frente.
Eran inseparables. El ternero la seguía a todas partes, incluso intentaba entrar a la cocina cuando ella preparaba el café. Pero la pobreza es una fiera más cruel que cualquier toro. Cuando su padre enfermó y las deudas los asfixiaron, unos hombres llegaron una tarde con un camión. Se llevaron a Lucero por una fracción de su valor. Elena corrió tras el camión hasta que sus pulmones ardieron, gritando el nombre de su amigo, pero fue inútil.
Desde entonces, no había pasado un solo día sin que ella se preguntara qué había sido de él. Don Rodrigo, conocido por comprar animales de desecho para sus «juegos» privados, lo había adquirido meses después, cambiándole el nombre y tratando de borrarle la memoria a base de golpes y aislamiento.
—Te encontré, Lucero —sollozó Elena, hundiendo su rostro en el cuello del animal—. Mírate lo que te han hecho… perdóname.
El toro soltó un mugido suave, casi imperceptible, y frotó su cabeza contra el hombro de la joven, buscando el calor que recordaba de su infancia. El «Carnicero» ya no existía; allí solo estaban una niña y su hermano de cuatro patas.
—¡Esto es un fraude! —chilló Don Rodrigo, rojo de ira—. ¡Ese animal está defectuoso! ¡Traigan a los otros toros! ¡Suelten a los perros! ¡No voy a pagar una fortuna por ver a una campesina abrazando a una vaca!
El millonario bajó del palco a tropezones, seguido por sus guardaespaldas. Estaba fuera de sí. Su orgullo estaba herido. Había planeado una tarde de dominio y humillación, y en su lugar, estaba recibiendo una lección de humanidad que no estaba dispuesto a aceptar.
—¡Quítate de ahí, estúpida! —gritó Don Rodrigo, entrando al callejón de la plaza—. ¡Ese toro es mío! ¡Yo pagué por él y yo decido cuándo se muere!
Elena se giró, sin soltar al animal. Su mirada, antes llena de humildad, ahora ardía con un fuego que hizo que incluso los guardaespaldas de Don Rodrigo vacilaran.
—Usted podrá haber pagado por su cuerpo, señor —dijo Elena con una voz firme que resonó en cada rincón del lugar—, pero su alma nunca le perteneció. Usted no sabe lo que es el amor, porque cree que todo tiene un precio. Pero Lucero recuerda. Los animales no olvidan a quien los trató con bondad.
Don Rodrigo soltó una carcajada histérica y sacó un arma corta que llevaba oculta en la cintura.
—¿Ah, sí? Pues vamos a ver si el «amor» puede detener una bala. Si no me das el espectáculo que quiero, crearé uno nuevo. Primero mataré al animal y luego veremos qué haces tú sin tu «amiguito».
La multitud en el palco se quedó muda. Esto ya no era un juego pesado; era un crimen a plena luz del día. Algunos de los invitados empezaron a sacar sus teléfonos, grabando discretamente lo que ocurría. Sabían que Don Rodrigo era poderoso, pero esto era crueldad pura.
Elena se interpuso entre el cañón del arma y el toro. Lucero, sintiendo la tensión en su dueña, volvió a tensar los músculos. Sus ojos se inyectaron en sangre una vez más, pero esta vez su furia no era ciega. Estaba protegiendo a la única persona que lo había amado.
—Dispare si quiere —dijo Elena, sin un ápice de duda—. Pero si lo hace, todo el mundo sabrá que el gran Don Rodrigo le tiene miedo a una mujer y a un toro que se aman. Que su única forma de ganar es apretando un gatillo.
Don Rodrigo temblaba de rabia. El dedo le sudaba sobre el disparador. Estaba a punto de cometer un error irreparable cuando uno de sus socios más cercanos, un hombre mayor y respetado en la región, saltó a la arena.
—Baja el arma, Rodrigo —dijo el hombre con tono gélido—. Esto ya fue demasiado lejos. Si disparas, no habrá dinero suficiente en el mundo para evitar que pases el resto de tus días en la cárcel. Todos aquí estamos grabando.
El millonario miró a su alrededor. Vio las cámaras de los celulares apuntándole. Vio la desaprobación en los rostros de sus propios amigos. Vio a la joven que, a pesar de no tener nada, era más rica que él en ese momento.
—¡Fuera de mi propiedad! —rugió Don Rodrigo, bajando el arma pero sin guardar su odio—. ¡Lárgate con tu animal mugriento! ¡Y olvídate del dinero! ¡Tu hermano se va a morir y será tu culpa por no cumplir tu parte!
Elena sintió un pinchazo en el corazón al recordar a su hermano. Por un momento, la duda la asaltó. ¿Había condenado a su hermano para salvar a Lucero?
Pero entonces, ocurrió algo que nadie esperaba. El socio de Don Rodrigo, el hombre que lo había detenido, se acercó a Elena.
—No te preocupes por el dinero, hija —dijo el hombre, sacando una chequera—. Lo que acabo de ver vale más que cualquier corrida. Tu hermano tendrá su operación. Yo mismo me encargaré de los gastos.
Don Rodrigo se quedó mudo. Sus propios aliados le estaban dando la espalda. Pero la historia no terminó ahí. El destino, ese que a veces parece dormir pero nunca olvida, tenía guardada una última jugada para esa tarde.
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