El hombre que abrió no me dio recompensa. Me dio trabajo. Dijo que llevaba años buscando a alguien que devolviera algo sin que se lo pidieran, y que ya había perdido la esperanza de encontrarlo.
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Empecé barriendo su taller. A los seis meses manejaba el inventario. A los dos años, cuando se enfermó, me dejó a cargo. La gente decía que había tenido suerte. Yo sabía que la suerte había sido bajarme del autobús.
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