Sé que te quedaste con el corazón en la mano viendo aquel primer encuentro en el patio, pero lo que estás por descubrir es lo que las cámaras de seguridad no se atrevieron a mostrar por completo. Aquí comienza la verdadera batalla.
¿Alguna vez has sentido que el aire se vuelve tan pesado que casi puedes masticarlo?
Eso era exactamente lo que se respiraba en el patio central de «La Cumbre», la prisión de máxima seguridad donde los hombres más peligrosos del continente se vuelven sombras.
El sol caía como un mazo de fuego sobre el asfalto agrietado.
Allí estaba ella.
Elena, una mujer que apenas alcanzaba el hombro de cualquier guardia, caminaba con una parsimonia que resultaba casi insultante para el entorno.
Su figura menuda resaltaba contra el gris del cemento y el naranja desgastado de los uniformes de los reclusos.
Frente a ella, la mole humana conocida como «El Toro» ya se había levantado de su banco de piedra.
Toro no era solo un hombre; era una montaña de músculos tallada por el odio y los años de encierro.
Sus brazos, del grosor del torso de Elena, estaban cubiertos por una maraña de tatuajes negros que contaban historias de calles violentas y noches sin retorno.
Una cicatriz profunda le cruzaba el ojo izquierdo, dándole una expresión de furia permanente.
El gigante dio un paso al frente.
El suelo pareció vibrar bajo sus botas desgastadas.
A su alrededor, más de doscientos reclusos habían formado un círculo perfecto, un coliseo de concreto donde la ley del más fuerte era la única que contaba.
Los guardias, desde las torres de vigilancia, apretaban sus fusiles con nudillos blancos.
Tenían órdenes estrictas: no intervenir a menos que la sangre empezara a correr.
Toro soltó una carcajada que sonó como el crujir de piedras en una cantera.
—¿Esto es lo que nos mandan ahora? —bramó él, buscando la aprobación de su audiencia—. ¿Una muñequita de porcelana para decirnos cómo sentirnos?
La multitud de hombres estalló en burlas y chiflidos.
Elena no se inmutó.
Ni una pestaña se movió en su rostro sereno.
Ella mantenía los brazos a los lados, relajados, mientras sus ojos color avellana sostenían la mirada asesina del gigante.
Toro se acercó tanto que la punta de sus botas tocaba los zapatos de Elena.
Se inclinó, invadiendo su espacio personal de una manera agresiva, dejando que su aliento pesado y caliente golpeara el rostro de la mujer.
—Aquí no mandan tus títulos, ni tus libros —susurró él con una voz ronca que ponía los pelos de punta—. Aquí mando yo. Y hoy, vas a aprender a tener miedo.
Elena dio un pequeño suspiro, casi imperceptible.
No era un suspiro de miedo, sino de alguien que observa a un niño haciendo un berrinche.
—Miedo es lo único que conoces, ¿verdad, Rodrigo? —respondió ella, usando su nombre de pila, algo que nadie se atrevía a hacer en ese lugar.
El silencio que siguió fue absoluto.
Era un silencio peligroso, de esos que preceden a las tormentas que lo destruyen todo.
Toro apretó los dientes con tanta fuerza que se escuchó un crujido.
Su mano derecha, una masa de nudillos curtidos, se cerró en un puño que parecía capaz de atravesar una pared de ladrillos.
—No me llames así —gruñó él, elevando la voz—. Ese hombre murió hace mucho tiempo.
Elena dio un paso hacia adelante. Sí, hacia adelante.
En lugar de retroceder ante la amenaza física, acortó la distancia que quedaba.
—Ese hombre está escondido detrás de todos esos tatuajes y de esa fachada de bestia —dijo ella con una voz suave pero que se escuchó en cada rincón del patio—. Y está aterrado de que alguien, por fin, lo vea de verdad.
Toro levantó el puño, llevándolo hacia atrás como si fuera a descargar toda su furia sobre la pequeña mujer.
Los reclusos contuvieron el aliento.
Algunos incluso desviaron la mirada, esperando el sonido del impacto.
Pero Elena no cerró los ojos.
No se cubrió el rostro.
Se quedó allí, firme como una roca en medio de un huracán, mirando directamente al abismo que eran los ojos de aquel hombre.
El tiempo pareció detenerse en ese instante eterno.
La sombra del gigante cubría por completo a la mujer, como si la oscuridad estuviera a punto de tragarse a la luz.
Toro temblaba, pero no de frío, sino de una rabia contenida que estaba a punto de estallar de la forma más violenta posible.
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