Sabía que no te conformarías con solo mirar desde lejos; te quedaste para ver el fondo de esta historia. Continuemos.
«¿De verdad crees que ese animal va a recordar tu olor después de tres años de encierro y hambre, muchacho?», la voz de Don Aurelio retumbó en las paredes de mármol del anfiteatro privado, cargada de un veneno que solo el dinero infinito puede comprar.
Mateo no respondió.
Tenía la pierna izquierda vendada con un trapo sucio que ya empezaba a teñirse de rojo.
El dolor era un latido constante, una punzada que le recordaba que estaba vivo, pero apenas.
Sus ojos, sin embargo, no estaban puestos en el millonario que lo observaba desde el palco de seguridad.
Sus ojos estaban fijos en la pesada reja de acero que comenzaba a rechinar hacia arriba.
El sonido del metal contra el metal era el preludio de un funeral.
O de un milagro.
«¡El tiempo empieza a correr en cuanto esa bestia ponga una pata en la arena!», gritó Aurelio, ajustándose el nudo de su corbata de seda mientras sostenía un cronómetro de oro puro.
«Si sobrevives sesenta segundos, los veinte millones son tuyos. Si no… bueno, al menos habrás servido de cena para un rey».
Mateo dio un paso al frente, ignorando el pinchazo de dolor en su rodilla.
El aire en la arena olía a polvo seco, a carne vieja y a ese miedo metálico que emana de los hombres cuando saben que están a punto de ser devorados.
Hacía tres años que Mateo no sentía ese aroma, pero lo conocía bien.
Era el aroma del zoológico clandestino de donde Aurelio le había arrebatado lo único que amaba.
De pronto, un rugido sordo hizo vibrar el suelo bajo sus pies.
No era un rugido de caza, era un rugido de puro sufrimiento, de una soledad que se había vuelto locura.
De las sombras de la jaula emergió él.
César.
Pero ya no era el cachorro juguetón que dormía en el regazo de Mateo mientras este le curaba las heridas de la sarna.
Ahora era una mole de doscientos cincuenta kilos de músculo, cicatrices y odio.
Su melena estaba enredada, sucia, y sus costillas se marcaban bajo la piel dorada, señal de que Aurelio lo había mantenido al límite para asegurar el espectáculo.
«César…», susurró Mateo, con la voz quebrada por la emoción y el terror.
El león se detuvo en seco.
Sus ojos amarillos, inyectados en sangre, se clavaron en la figura del joven malherido.
Para la bestia, Mateo no era un amigo.
Era una presa que cojeaba.
Una presa fácil que olía a sangre fresca por la herida de su pierna.
Don Aurelio soltó una carcajada desde arriba, disfrutando de la tensión que se podía cortar con un cuchillo.
«¡Míralo bien, Mateo! ¡Ese es el monstruo que criaste! ¿Crees que le importa tu nostalgia? ¡Esa bestia solo quiere tus tripas!», gritaba el millonario, mientras los otros invitados, hombres de negocios con copas de cristal en la mano, se asomaban con morbo.
César bajó la cabeza, pegando el pecho al suelo en una posición de ataque que Mateo conocía demasiado bien.
El león empezó a emitir un gruñido gutural que hacía que los cristales del palco vibraran.
Era el sonido de la muerte acercándose paso a paso.
Mateo extendió su mano, con la palma abierta, un gesto que en otro tiempo significaba «paz».
Pero en este lugar, rodeado de muros de hormigón y ojos crueles, parecía el gesto de un suicida.
«César, por favor… mírame. Soy yo», intentó decir, pero el rugido del león ahogó sus palabras.
El animal dio el primer salto, acortando la distancia a una velocidad asombrosa para su tamaño.
Mateo cerró los ojos por un segundo, esperando el impacto que acabaría con todo.
Su corazón latía tan fuerte que sentía que iba a estallar antes de que las garras lo tocaran.
Recordó el olor a leche del cachorro que encontró abandonado en la selva.
Recordó cómo le daba de comer con un biberón improvisado mientras el mundo afuera se caía a pedazos.
Pero ahora, ese cachorro era una máquina de matar de mil libras que estaba a solo tres metros de distancia.
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