Continuamos con la historia donde la dejamos, con Don Samuel esperando en su auto mientras el destino de la tienda se sellaba…
Dentro de «Elite Tactical Solutions», el ambiente era de total normalidad. Lucas estaba puliendo un mostrador con un paño de microfibra, admirando su propio reflejo en el cristal.
—¿Viste la cara del viejo? —preguntó Marcos, mientras reponía unas fundas de pistola en la pared—. De verdad pensó que le iba a vender el equipo satelital. Esos aparatos son para gente que hace operaciones de verdad, no para jubilados que se pierden yendo al parque.
—Es el problema de este país —respondió Lucas, dándose aires de importancia—. Cualquiera cree que tiene derecho a entrar en un establecimiento de prestigio. Hay niveles, Marcos. Y ese viejo estaba en el subsuelo.
De repente, un sonido sordo empezó a vibrar en los cristales de la tienda. Era un zumbido rítmico, un latido que parecía venir del asfalto mismo.
Lucas frunció el ceño. Se acercó a la vitrina principal y miró hacia la calle. Al principio no vio nada inusual, solo el tráfico habitual. Pero entonces, el sonido se intensificó.
Desde la esquina norte, tres camionetas negras, blindadas y sin placas, aparecieron en formación perfecta. Eran modelos que ni siquiera estaban a la venta para el público general, vehículos que Lucas solo había visto en revistas especializadas de defensa.
—¿Qué demonios es eso? —murmuró Marcos, acercándose a su jefe.
Las camionetas se detuvieron bruscamente frente a la tienda, bloqueando el tráfico. De ellas descendieron ocho hombres vestidos con uniformes tácticos negros, sin insignias visibles, pero con una presencia que hacía que el equipo que vendían en la tienda pareciera de juguete.
Llevaban armas largas en posición de guardia baja y movimientos coordinados que gritaban entrenamiento de fuerzas especiales.
Lucas sintió que las piernas le flaqueaban. ¿Era un asalto? ¿Un operativo del gobierno? Su corazón empezó a latir con una fuerza violenta contra sus costillas.
—Marcos, llama a la policía —susurró Lucas, aunque sus manos estaban demasiado sudadas para alcanzar su propio teléfono.
Pero no hubo necesidad. Los hombres no entraron disparando. En lugar de eso, formaron un pasillo humano desde la puerta de la tienda hasta el viejo auto descuidado donde Don Samuel estaba sentado.
Uno de los hombres, el que parecía ser el líder, se acercó a la puerta del auto viejo y la abrió con una reverencia respetuosa.
Don Samuel salió del vehículo. Pero ya no era el anciano encorvado que había salido de la tienda minutos antes. Se había quitado la chaqueta de lana, revelando una camisa militar impecablemente planchada, y su postura era tan recta como la de un roble centenario.
El líder del equipo se cuadró y realizó un saludo militar perfecto.
—Señor, el perímetro está asegurado. Los documentos están listos y el representante legal está en la tercera unidad.
Don Samuel asintió con un gesto breve y empezó a caminar hacia la tienda. Cada paso que daba sobre el pavimento resonaba con la autoridad de un hombre que había comandado ejércitos antes de que Lucas y Marcos supieran siquiera anudarse los zapatos.
Cuando Don Samuel cruzó el umbral de la puerta, el timbre de la entrada sonó de nuevo, pero esta vez el sonido pareció una campana de juicio final.
Lucas y Marcos estaban petrificados detrás del mostrador. El aire acondicionado de la tienda, que antes parecía perfecto, ahora se sentía gélido.
Don Samuel se acercó al mostrador, apoyando sus manos sobre el cristal que Lucas acababa de limpiar.
—Me preguntabas hace un momento para qué quería el comunicador satelital —dijo Don Samuel, su voz ahora profunda, resonante, llenando cada rincón del local—. Lo quería para coordinar la logística de mi fundación, que entrega suministros médicos en zonas de guerra donde no hay señal de celular. Zonas donde hombres de verdad arriesgan su vida, no como ustedes, que juegan a los soldaditos en una tienda con aire acondicionado.
Lucas intentó hablar, pero solo un graznido inaudible salió de su garganta. Su arrogancia se había evaporado, reemplazada por un terror primario.
—Señor… yo… no sabíamos… —balbuceó Marcos, cuyas manos temblaban tanto que tiró una caja de municiones al suelo.
—Ese es el problema —intervino un hombre de traje oscuro que acababa de entrar detrás de Don Samuel, cargando un maletín de cuero—. Ustedes no saben nada. No saben que el General Samuel Valenzuela no solo es el veterano más condecorado de la división de inteligencia, sino que es el accionista mayoritario del grupo que es dueño de este local y de la franquicia «Elite Tactical» a nivel nacional.
El silencio que siguió a esas palabras fue tan pesado que parecía que el oxígeno se había acabado en la tienda.
Lucas sintió que el mundo le daba vueltas. El «viejo vagabundo» que había humillado era, en realidad, su jefe máximo. El hombre que firmaba, indirectamente, sus cheques de pago. El hombre que podía borrar su carrera profesional con un solo chasquido de dedos.
Don Samuel miró a su alrededor, observando el equipo costoso.
—Este lugar tiene lo mejor de lo mejor en tecnología —dijo el General con tristeza—. Pero está vacío. No hay honor aquí. No hay respeto por los que vinieron antes. Solo hay vanidad y desprecio por el que parece débil.
Don Samuel se giró hacia el hombre del traje.
—¿Está todo listo, licenciado?
—Sí, General. Aquí está el acta de rescisión inmediata de los contratos laborales por conducta inapropiada y daño a la imagen de la corporación. Solo falta su firma.
Lucas cayó de rodillas, literalmente. Las lágrimas empezaron a correr por sus mejillas, manchando su uniforme táctico de «élite».
—Por favor, General… tengo una familia, deudas… fue un error, solo una broma… —suplicaba Lucas, todo rastro de su anterior superioridad desaparecido.
Don Samuel lo miró con una mezcla de lástima y severidad.
—La humildad no se enseña con palabras, muchacho. Se enseña con consecuencias.
El General tomó la pluma estilográfica que le ofrecía el abogado. Pero justo antes de firmar, se detuvo y miró fijamente a la vitrina donde estaba el comunicador satelital.
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