Sé que ese momento en las nubes te dejó sin aliento, y créeme, lo que viene a continuación te va a erizar la piel aún más.
Julián cerró la compuerta del helicóptero con un estruendo metálico que resonó en sus oídos como el golpe de un mazo de juez. El viento helado de los Andes, que apenas unos segundos antes azotaba sus rostros, quedó silenciado por el vidrio reforzado.
Allá abajo, entre el manto de nubes blancas y el verde infinito de la selva, la figura de su abuelo, Don Aurelio, se perdía en la inmensidad. Había caído sin un grito, con la dignidad de quien ya no tiene nada que perder, o al menos eso era lo que Mateo quería creer para calmar el temblor de sus manos.
—Se acabó, Mateo —susurró Julián, limpiándose una gota de sudor frío de la frente—. Se acabó la miseria. Se acabaron los regaños. Se acabaron las migajas.
Mateo no respondió de inmediato. Sus ojos seguían fijos en el suelo de la cabina, donde todavía quedaba una de las bufandas de seda del abuelo. La tomó con dedos temblorosos. El aroma a tabaco de pipa y colonia antigua inundó sus sentidos, recordándole las tardes de infancia en la hacienda.
—¿Crees que sufrió? —preguntó Mateo con la voz quebrada.
Julián soltó una carcajada seca, carente de cualquier rastro de humanidad. Se acercó al minibar de la aeronave y sacó una botella de champaña Cristal que Don Aurelio guardaba para «una ocasión especial».
—A esa altura, el impacto es instantáneo, hermanito. No sintió nada. Ahora, deja de llorar por un viejo que nos trataba como si fuéramos sus empleados y no su propia sangre.
El descorche del espumante sonó como un disparo de celebración. Las burbujas subían en las copas de cristal, reflejando el sol de la tarde que se filtraba por las ventanillas. El piloto, un hombre de confianza que habían sobornado con una cifra astronómica, ni siquiera volvió la cabeza. Tenía órdenes claras: silencio absoluto y destino directo a la capital.
Julián se recostó en el asiento de cuero italiano, saboreando el licor. En su mente, ya estaba repartiendo los millones. La mansión en las Bahamas, el jet privado, las inversiones en la bolsa. Don Aurelio era un «halcón» de los negocios, un hombre que había levantado un imperio desde la nada, pero que se había vuelto tacaño con los años.
—¿Sabes qué es lo mejor? —dijo Julián, mirando a su hermano menor—. El testamento dice claramente que, en caso de desaparición o accidente sin cuerpo recuperable en 48 horas, nosotros asumimos la administración total de los activos.
Mateo asintió, aunque el nudo en su garganta no lo dejaba disfrutar del trago. Se sentía sucio. Recordó la mirada del abuelo antes de que lo empujaran. No había miedo en sus ojos. Había algo más. Una especie de… ¿lástima?
—Él sabía que queríamos su dinero —murmuró Mateo—. Siempre lo supo.
—Claro que lo sabía —respondió Julián con desdén—. Por eso nos hacía trabajar desde abajo. Por eso me puso a limpiar establos a los dieciocho años mientras mis amigos estaban en Ibiza. El viejo quería «forjar nuestro carácter». Pues bien, hoy demostramos que tenemos el carácter suficiente para tomar lo que es nuestro.
El vuelo de regreso duró dos horas que parecieron una eternidad. Cada turbulencia hacía que Mateo saltara en su asiento, imaginando que el espíritu del abuelo golpeaba el fuselaje. Julián, en cambio, estaba en su elemento. Ya estaba enviando mensajes de texto, citando a los abogados para una reunión de emergencia esa misma noche.
Cuando aterrizaron en el helipuerto privado del edificio corporativo, el aire de la ciudad se sentía diferente. Sabía a poder. Sabía a victoria. Bajaron de la aeronave con paso firme, fingiendo una tristeza ensayada ante el personal de seguridad que los esperaba.
—Hubo un accidente… —comenzó Julián, forzando una lágrima—. El abuelo… se acercó demasiado a la puerta… una ráfaga de viento… no pudimos hacer nada.
Los guardias bajaron la cabeza en señal de respeto. Don Aurelio era una leyenda. Nadie sospecharía de sus dos únicos nietos, los «niños de sus ojos», los herederos de toda una vida de esfuerzo.
Entraron al lujoso ático de la torre. Todo estaba tal cual lo había dejado el anciano esa mañana. Su escritorio de caoba, su colección de relojes antiguos, el retrato al óleo de su difunta esposa. Julián caminó directo a la caja fuerte oculta tras el cuadro.
—Aquí debe estar el testamento original —dijo con codicia—. El abogado dijo que había una cláusula de última hora que solo podíamos ver si él faltaba.
Pero al intentar marcar la clave, Julián notó algo extraño. La pantalla digital de la caja fuerte no pedía números. Tenía un mensaje parpadeante en letras rojas que le heló la sangre:
«EL VUELO AÚN NO HA TERMINADO».
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